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ANÁLISIS: Juicio moral con tintes políticos

ANÁLISIS: Juicio moral con tintes políticos

Mar 4, 2017

Por Carlos Anguiano

La sociedad está cambiando. La gente, inquieta, empezó por darse cuenta de qué es lo que no quiere, aunque no tiene claridad acerca de qué es lo que sí quiere.  De hecho, elige ocultar al máximo sus anhelos, sus pretensiones, evadiendo los intentos de medición que los políticos intentan. Por eso han fallado —se han desviado, en términos de los encuestadores— y por eso el voto oculto se ha convertido en la gran incógnita que define elecciones hasta el día de la votación, causando sorpresas y angustias, complicando la vida de los políticos y de sus estrategas de campaña.

Riesgos de la democracia, que es considerada un conjunto de reglas que establecen quién está autorizado para tomar decisiones colectivas y bajo qué procedimientos. El régimen democrático se caracteriza por darle el poder a un número muy elevado de miembros del grupo. El extremo de la democracia es la omnicracia, idea límite que denomina al poder de todos. Significa que todas las personas están representadas. Aun quienes no tienen mayoría de edad, quienes no pueden votar o quienes pudiendo hacerlo, se abstienen.

En la vida real, las redes sociales son el caso práctico más visible de la omnicracia. Cualquier usuario tiene poder de calificar, descalificar, agrupar o disgregar, juntarse o repelerse con otras personas de su comunidad. El poder que ejercen surge de utilizar y poner en práctica sus derechos de libertad de opinión, de asociación, de reunión, libertades necesarias para el correcto funcionamiento de la democracia.

En nuestra sociedad actual, la reducción del espacio privado para quienes se dedican a la política es una tendencia ampliamente aceptada. La vida privada se ve violentada y el escrutinio popular de la totalidad de sus actos es práctica normal e incluso prácticamente inevitable. 

Releyendo a Jeremy Bentham, encontré una línea de comprensión del por qué sucede esto, partiendo de la filosofía que difundió junto con John Stuart Mill, llamada utilitarismo, que considera que las normas de moral están determinadas por su utilidad. Esto significa que este sistema ético determina la moral basándose en el resultado final. Mientras que la ética cristiana está basada en reglas, el utilitarismo está basado en resultados. Bentham desarrolló su sistema ético alrededor de la idea del placer. Según él, las acciones más Morales son las que maximizan el placer y minimizan el dolor. En el cálculo utilitario, una acción sería moral si produce mayor cantidad de placer y menor cantidad de dolor. También privilegia al bien común por encima de los bienes individuales, y lo resume bajo la fórmula de la felicidad del mayor número.

En sentido amplio, son más los gobernados que los gobernadores. Quizá por ello las personas disfrutan cuando al político le va mal. Tal vez ahí está la explicación de por qué el ánimo de revancha, el rencor a flor de piel, el desgano apático a participar en política y por qué el sarcasmo, la ironía, la sátira política, son formas apreciadas del entretenimiento y la conversación cotidiana.

Evaluar el desempeño de los gobernantes se ha vuelto una práctica poco objetiva, basada en la desconfianza ante las cifras oficiales, cargada de emotividad, de juicios ontológicos, de castigo a sus conductas cuando son socialmente inaceptables. El juicio popular es severo, es implacable ante la falla del político. Se vuelve una oportunidad de sacar la frustración y devolver el malestar a los políticos.  

Los actos de los gobernantes dan pie a su calificación, más aún que los actos de gobierno.  Esto es, la gente pondera el desempeño con base en la creación de personajes, más que a la eficacia en la administración pública. El gobernante por ello se ve obligado a darle un sobrevalor a la opinión pública y descuidar lo que es conveniente para la ciudad, el estado o la nación, según sea el caso.

De sobra es conocido lo estrecho y mínimo que es el mundo privado de los políticos, al igual que el de los artistas, deportistas y famosos. Al ser figuras públicas, la sociedad les concede status de ejemplos a imitar, modelos a seguir, dignos de reconocimiento, aplauso y también de reclamo. Verdaderamente ser político en nuestro tiempo no es exactamente la actividad más prestigiosa que existe. Más bien es la que demanda más, pues la sociedad, cansada de anteriores experiencias, exige resultados, es impaciente e intolerante con los errores, severa en la crítica e implacable en las burlas y el escarnio oportunista. 

La popularidad del político se funda en su imagen, su carisma, su diagnóstico moral, en la aceptación de su imagen. La piel sensible de la sociedad impera sobre la decisión popular y tiñe a nuestra democracia de un vicio de origen, cuando define elecciones sobre juicios morales partiendo de conductas privadas y actos personales que no tienen que ver con la calidad o eficiencia del gobierno. Al final, los políticos son seres humanos, normales, con virtudes y vicios, que la gente imagina como mejores que lo ordinario, y les impone obligaciones de ser lo que la gente primero imagina y luego exige que sean, a un grado de perfección complicada de entender, difícil de lograr.  Al mínimo error, la gente se desencanta y el político de su preferencia cae desde lo alto de una falsa torre sin cimientos, donde la gente coloca a sus favoritos, condenados a caer como los predecesores en un tiempo corto. 

Como apasionado de la conducta humana, creo que ofender a la sociedad es elemento fundamental del voto oculto. La condena de los escándalos no repercute de inmediato. Sus consecuencias se incubarán en el baúl del voto oculto, aquel donde la sociedad guarda sus afrentas con discreción para que no se puedan medir sus verdaderos sentires, hasta que causan más daño, es decir, hasta el día del minijuicio final, coloquialmente llamado elección, en el momento en que más duele al político: al cruzar la boleta electoral.

http://www.inteligenciapolitica.org

@carlosanguianoz en Twitter