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Análisis: La credibilidad de las encuestas; la tarea de interpretar a la opinión pública

Análisis: La credibilidad de las encuestas; la tarea de interpretar a la opinión pública

Mar 30, 2017

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Por Carlos Anguiano // 

Lo que se llama «opinión pública» está estrechamente vinculado con la hegemonía política, o sea que es el punto de contacto entre la «sociedad civil» y la «sociedad política»», entre el consenso y la fuerza. Apunta Antonio Gramsci que el Estado, cuando quiere iniciar una acción poco popular, crea preventivamente la opinión pública adecuada, esto es, organiza y centraliza ciertos elementos de la sociedad civil.

Tarea complicada es conocer la opinión pública oportunamente, medirla, procesarla en términos políticos y usarla convertida en producto comunicacional, con el fin de conquistar o retener el poder. Las encuestas políticas se crearon con el fin de conocer las necesidades de los votantes. Con el tiempo, se convirtieron en indicador persuasivo e instrumento de confianza en las contiendas electorales. Este último aspecto, frente al alto consumo y uso de parte de los candidatos políticos, asumió un costo particular: la escasa credibilidad de las encuestas, provengan de donde provengan. Esta situación está ligada y correlacionada a que el político es considerado un producto y las herramientas que este emplea persiguen objetivos particulares y no sociales.

La carrera de las encuestas ha empezado ya a revelar datos que analizan y diagnostican aprobación de gobierno, intención del voto, niveles de conocimiento, expectativas y aspiraciones ciudadanas y prospecciones de escenarios futuros.

En un mar de desconcierto, con dudas serias generalizadas en relación a la confianza, la certeza de los datos y los hallazgos que arrojan los estudios demoscópicos, la utilización de encuestas atraviesa por críticas, señalamientos, objeciones y rechazos. La calidad de las empresas encuestadoras, la validez de las muestras, la aplicación correcta de metodologías avanzadas y científicas, intentan nivelar el debate social y devolver credibilidad a la herramienta, necesaria para calcular escenarios, proyectar liderazgos, diseñar estrategias, mensajes y estructurar campañas de posicionamiento y conquista de los electores.

Más allá de quién las realiza, durante los últimos 20 años he observado una línea de hallazgos generalizados en México, digna de ser comentada. En primer lugar, pese a la transición democrática, al regreso al poder del partido que fue hegemónico durante el siglo XX, de la alternancia en los gobiernos locales a nivel estatal y municipal, a la pluralidad en los congresos federal y locales, a pesar de que las elecciones han logrado ser confiables, creíbles, legales, hay una ancha banda de la ciudadanía que ha manifestado anhelo de cambio y durante este periodo lo han seguido deseando, es decir, la expectativa ciudadana no ha sido alcanzada y los partidos políticos, sus candidatos y gobernantes no han logrado complacer dicha expectativa.

En segundo lugar, se observa la tremenda dificultad que significa el poder subir en las encuestas, sobre todo en la intención del voto por candidato, así como en el nivel de conocimiento de los actores políticos. Los nuevos políticos en el escenario enfrentan cuesta arriba el acceso a medios de comunicación, la densa legislación electoral, la imposibilidad de hacer proselitismo abierto en cualquier tiempo, y la permanencia en las mediciones de quienes antaño lograron registro en ellas. Salvo casos extraordinarios de corrupción, escándalos sonados o casos singulares que se conviertan en un resbaladero coyuntural atípico, es difícil desbancar en los comparativos a personajes que han permanecido por más de una década en las mediciones, lo cual les da un hándicap positivo y dificulta el acceso a nuevos valores.

En tercer lugar, prevalece una cantidad de indecisos muy vasta, lo cual refleja que la gente espera mejores opciones y ha dejado ir a la tumba al voto leal como cheque en blanco, volviendo aguado al voto duro y permitiendo el imperio del voto switcher, como el gran definidor de las elecciones.

LO QUE EL CIUDADANO TIENE CLARO

En cuarto lugar, los niveles medidos de la profundidad negativa de partidos y candidatos, permiten contemplar un fenómeno interesante que puedo resumir en la siguiente frase: «el ciudadano no sabe qué es lo que quiere con precisión, pero tiene bien determinado qué es lo que no quiere». Por ejemplo, el partido político más grande y triunfador en la historia de México, ha enfrentado dos décadas arrastrando el lastre del voto negativo, obligándolo a realizar sobreesfuerzo para avanzar, puesto que el consumo de energía y recursos que requiere, es por consecuencia mayor al de los demás partidos contrincantes.

En quinto lugar, la mayoría de las mediciones se efectúan en periodo no electoral, como el momento actual de cara a la futura elección presidencial de 2018. Por ello se consideran mediciones meramente hipotéticas al incluir a personajes que podrían, en rigor, considerarse más que alternativas, rellenos, comparsas, señuelos o placebos. La medición en esos términos, aun utilizando técnicas tales como el twin box, arroja datos imprecisos. Para perfeccionarlos se requeriría medir y comparar a personajes en igualdad de calidad y condición, lo cual solamente se alcanza al ser candidatos efectivos registrados para competir en el proceso electoral.

La planeación, la realización, así como la lectura crítica de las encuestas, obliga a realizar el análisis de profundidad de su método de aplicación, a supervisar a detalle el proceso de levantamiento en campo para evitar desviaciones y errores, a mejorar los instrumentos de recabación de datos, para evitar sesgos, para descubrir lo que la gente piensa, para producir herramientas útiles, creíbles, certeras, que se conviertan en el cimiento de la estrategia, en el pilar de la construcción de mensaje, en el diseño de campañas electorales, e incluso en fundamento de las políticas públicas presentes y futuras.

Al final, podemos y debemos creer en las encuestas, en las buenas encuestas, en las encuestas profesionales, en las encuestas independientes y reales. Los hallazgos y resultados encierran una última dificultad: saber interpretarlos y saber ejecutar acciones derivados de ello.

Parafraseando a Rufino Tamayo, la opinión pública debe ser estimulante, pero debe ser también exigente, de tal suerte que los valores que cuenten con simpatía no permanezcan por ese sólo hecho estacionarios, sino que se conviertan en un continuo movimiento de avance.

http://www.inteligenciapolitica.org

@carlosanguianoz en Twitter


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