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Del Magister Dixit a la opinión pública desbordada

Del Magister Dixit a la opinión pública desbordada

Oct 30, 2016

Aunque existe desde el nacimiento de la sociedad, como consecuencia de la comunicación establecida entre los hombres, modificada por la existencia y aparición de nuevos canales de comunicación y el acceso universal a cantidades inusitadas de información, la opinión pública se ha transformado radicalmente.

Siempre ha existido la opinión popular, clandestina, velada o abierta, en apoyo o en rechazo de los mandatos, órdenes y decisiones de quien gobierna, en cualquier lugar y en cualquier tiempo. Sin embargo, el impacto e importancia de las opiniones del pueblo, hasta hace relativamente pocos años, se demeritaban, su alcance era corto y sus efectos controlados por el soberano, el gobernante o el poderoso, pues muy pocos tenían y ejercían control prácticamente absoluto sobre los canales masivos de comunicación, restringían el acceso a datos e información que se reservaba ajena a la consulta pública y por si fuera poco, recurrían a la imposición del argumento de autoridad o magister dixit, que es una forma de falacia que consiste en defender algo como verdadero porque quien es citado en el argumento tiene autoridad o poder incuestionable. Los pitagóricos utilizaban este tipo de argumento para apoyar su conocimiento: si alguien les preguntaba «por qué», respondían «el maestro lo ha dicho» (en latín, magister dixit) o porque «él mismo lo ha dicho» (en latín, ipse dixit).

Creer sin posibilidad de cuestionar ni replicar, acatar por imposición, ser sujetos de censura, blindaje de la información, son formas que la sociedad moderna ha ido erradicando. El acceso a la información pública, la transparencia gubernamental, el impulso a la democratización y a la participación ciudadana, el uso creciente del internet y la dinámica transformadora de la sociedad, ha derrocado el imperio del poderoso y demolido su argumentación, al grado de cuestionar la veracidad de las autoridades, con altas dosis de rebelión, rechazo a priori, recurriendo a la objeción sistemática y a la descalificación, lo que nos coloca ante la otra cara de la moneda: el imperio vigente de la opinión pública desenfrenada.

Opinar de todo, superficialmente, con información vaga e incompleta, cuestionar por molestar, rechazar al gobernante, al político, al poderoso, cuestionándolo con rechazo, exagerando en mermar su autoridad y lacerar su credibilidad y reputación, es una degeneración cada vez más frecuente y extendida en nuestra sociedad.

La cuestión pública es contraria al ámbito privado. Y hoy los hombres públicos, líderes en diferentes ámbitos del entramado social, ven atacada su privacidad de manera invasiva e ilimitada. Quien aspira a obtener o ejercer el poder, es una diana que lo hace visible y blanco de lanzamiento de dardos que provienen en su mayoría de enemigos fortuitos, gratuitos y desconocidos, amparados en la libertad de pensar y expresar, solapados por la masa estimulada a derrocar al magister dixit y a desobedecer irracionalmente a la autoridad, desconocida, desobedecida, confrontada, descalificada, desacreditada y cada vez más débil.

El abuso y la degeneración de la opinión pública, surge de la posibilidad real de cuestionar, alegar, y manifestarse de la gente, pero partiendo de información no corroborada, de análisis poco profundos y de fuentes de información poco confiables, no objetivas, en ocasiones impregnadas de esfuerzos de persuasión colocados estratégicamente en información de acceso público apócrifo, bajo perfiles falsos en redes sociales, viajando como propaganda, diseñados para permear desde lo informal y llegar «desde abajo» para manipular, dirigir, encaminar e influir sobre la conducta de la masa inquieta, que es presa fácil de la información no confiable, ansiosa de opinar de todo, llegando al extremo de denostar a gobernantes y autoridades de manera irracional, alcanzando la desobediencia civil, incluso hasta la ilegalidad.

Las libertades de pensamiento, creencia, expresión, prensa y asociación, deben ser defendidas y respetadas. Son aciertos indudables de nuestro avance social. Siendo beneficios recientes a los que no debemos renunciar, debemos aprender a utilizarlos con responsabilidad, de manera proactiva, otorgándoles valor positivo, para construir, para fortalecer a las instituciones del estado, que son públicas y son de todos, pero que si todos las dirigiéramos, la anarquía y el caos imperante impedirían su funcionamiento.

El temor de los gobernantes al escarnio popular es un límite útil que impide que abusen del poder formal que temporalmente ejercen. Pero en sentido negativo, ha generado inmovilidad, miedo a tomar decisiones, tardanza en ejecutar disposiciones legales y decidir con base en el populismo, intentando darle gusto a todos, lo cual es imposible, y en el peor de los casos, en realizar actos de gobierno presionados por unos cuantos, ruidosos y notorios, aunque no siempre, impulsores de medidas que beneficien a la colectividad.

Gobernar en el auge y crecimiento de la opinión pública es una oportunidad de desarrollo social. La gobernanza exige escuchar, socializar, atender y convencer a la sociedad de que lo que se hace, se hace por las razones correctas, en apego a la ley y para servir a la comunidad.

Los ciudadanos debemos navegar por la opinión pública procurando alejarnos de prejuicios, revisando la veracidad de la información que tenemos, respetando a los demás, evitando invadir la vida privada de los demás y encauzando la energía social para construir y fortalecer, para aportar e innovar, para cimentar una nueva relación entre gobernante y gobernados más horizontal, basada en la comunicación permanente, en la transparencia y en la rendición de cuentas, para que la gente vuelva a confiar y le dé crédito a su gobierno, trabajando en esfuerzos corresponsables y conjuntos, para el bien de todos.

Por Carlos Anguiano Zamudio
www.inteligenciapolitica.org
@carlosanguianoz en Twitter