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EL CAMBIO QUE VIENE: ¿PARA QUÉ?

EL CAMBIO QUE VIENE: ¿PARA QUÉ?

Ene 21, 2017

México avanza a velocidad vertiginosa hacia el cambio. Los esfuerzos oficiales por adecuar las estructuras políticas, de acomodar la política pública, llevar los programas de gobierno acordes a la demanda que establece el entorno internacional y a la necesidad nacional de ajuste y modificación, no han sido bien recibidos por nuestra sociedad, recelosa y repelente a las afectaciones económicas, temerosa de que se repitan crisis económicas como las padecidas en los últimos 20 años del siglo XX.

La velocidad social es mayor a la velocidad de la burocracia y a la de los partidos políticos y su clase dorada. La necesidad de cambiar es inminente e inaplazable. En medio de esta embestida ciudadana de quitar lo que les parece nocivo, poco confiable, despreciable, recordemos la responsabilidad de proponer con qué será sustituido, qué remplazará lo eliminado, qué sigue y con qué rumbo deberemos orientar la visión de país que anhelamos tener.

No, no se trata de tener miedo al cambio. Parafraseando a Octavio Paz, “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio”. El cambio es ley de vida. Cualquiera que solo vea hacia el pasado o se pasme mirando solo el presente, se perderá del futuro, que arribará sin él.

 

No puedo evitar cuestionar a los miles de activistas, manifestantes y promotores políticos que irracionalmente atacan y pretenden demoler a la autoridad de nuestro Presidente de México. Son los mismos que lograron ya deshacer la confianza no solamente en la persona del Presidente, quien dicho sea de paso, goza del privilegio de ser presidente por un tiempo determinado, y que su periodo constitucional ha entrado de manera ordinaria en su última etapa. Enrique Peña Nieto se va a ir y dejará la presidencia de cualquier forma. ¿Anticipar su salida traería algún beneficio inmediato, más allá de la lapidación de una turba incendiaria y del desahogo de la frustración personal, partidista o colectiva de sus acérrimos opositores?

Los promotores del caos me recuerdan al conejo de Alicia en el país de las maravillas, aquel que corría a toda velocidad, sin detenerse a pensar, gritando que iba tarde, muy tarde… aunque no sabía adónde iba, y no tenía fijado un destino seguro. Todos los cambios deben hacerse intentando mejorar, pero no se debe cambiar por cambiar, pues el desgaste es grande y con negativos resultados, si por rápido cambiar, retrocedemos o perdemos valores, dañamos cimientos o lastimamos la esencia, en este caso de nuestra civilidad, de nuestra nación, de nuestra patria, e incluso de nuestra propia economía familiar.

Avanzar sin sentido para demoler al presidente es tarea inútil. En este tiempo, los mexicanos debiéramos estar llamados a la unidad, a hacer frente común ante los ataques previsibles de Estados Unidos y el fatídico Trump, que se avizora como un gran rival, un acérrimo enemigo de los mexicanos. El tiempo electoral no debe anticiparse. Los mexicanos hemos luchado bastante por reducir los tiempos de campaña, sabedores de los costos económicos, de la tensión social, de los problemas que provocan las campañas largas. Debemos dar tiempo a cada cosa y evitar obtener victorias pírricas. Nadie está preparado para enfrentar la caída del presidente antes de la finalización de su mandato. Ni siquiera los agoreros de la catástrofe, ni los emotivos partidarios de la oposición.

Es necesario aclarar que las decisiones impopulares que se han tomado en los últimos años, las reformas estructurales, las políticas públicas, han dejado de ser decisiones unipersonales. Esos tiempos se han ido ya para bien. El presidencialismo que imperó en nuestro país hace años, cada vez se convierte más en anécdota y en recuerdo, quizá hasta nostálgico para algunos. La presión internacional, los acuerdos entre los diferentes grupos parlamentarios, la planeación estratégica, los indicadores macroeconómicos, hacen que las grandes decisiones se deban de tomar, casi sin importar el color, ideología o carisma de quien ocupe la silla presidencial.

Los grandes problemas de este país no se resuelven solamente si cambiamos al presidente, o si el presidente incrementa su talento, capacidad, carisma o mejora su forma de comunicar con el pueblo. El fondo de los problemas es mucho más grave que eso. El pueblo quisiera ver sangre como en el coliseo romano, incluso pretende ver, metafóricamente, cabezas rodar. Los culpables favoritos del pueblo enojado, siempre han sido y hoy son, los gobernantes en turno.

Inteligente sería aprovechar el tiempo en planear revisando a profundidad los caminos del cambio progresista. Acumular conocimientos, acrisolar intenciones, discutir y construir proyectos de cambio estudiadas que permitieran trazar una ruta crítica a seguir, para encauzar el malestar, la energía, la sed de cambio de una sociedad enardecida. Al final, debiéramos entender que cambiar a las personas, sin modificar las reglas del juego, reducir a cenizas el proyecto en uso para imponer uno nuevo, partiendo de cero, es una pérdida de tiempo y un desperdicio con tintes desastrosos.

La revolución armada no es la vía. El recurrir a la violencia es la muestra más burda de la incapacidad intelectual de los colectivos que comienzan a aparecer, escudados en la buena intención y en el malestar ciudadano. Insultar, humillar, denostar, vapulear a los gobernantes, no es más que una válvula de fuga, que puede convertirse en delito, que puede salirse de control y conllevar a escenarios que no hemos vivido en México. No deseamos caer en esa trampa, pues perderíamos libertad, seguridad, paz, armonía, calidad de vida, poder adquisitivo y la oportunidad de proyectarnos ante la crisis, a escenarios de oportunidad para fortalecernos desde adentro, cambiar no solo las caras, sino las ideas, las formas y las instituciones, de manera que se actualicen y sirvan, en vez de destruirlas y agotarlas sin capacidad de remplazo.

Es vigente la sentencia del novelista ruso Alexei Tolstoi acerca de que todos piensan en cambiar al mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. En principio, cambiemos, pero definamos con inteligencia el rumbo, tracemos la ruta y acompañémonos los mexicanos en el duro camino, para obtener victorias colectivas.

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@carlosanguianoz en Twitter