Portal informativo de análisis político y social

El nuevo eje EEUU-China-Rusia-Arabia Saudita-Israel: Trump, el poder de destruir el mundo o de cambiarlo

El nuevo eje EEUU-China-Rusia-Arabia Saudita-Israel: Trump, el poder de destruir el mundo o de cambiarlo

Ene 14, 2018

Por Luis Cisneros Quirarte //

¿Es Donald Trump el hombre más poderoso del mundo? ¿O en efecto, según se postula en el artículo firmado por Douglas Smith en el número anterior de Conciencia, personajes como Vladimir Putin, Xi Jinping y Angela Merkel, mandatarios de Rusia, China y Alemania respectivamente, han desplazado al presidente norteamericano de tal posición?

Los argumentos planteados por el articulista son perfectamente válidos: a partir de la supuesta retirada del gobierno de Trump del Nuevo Orden Mundial (el surgido tras el fin de la guerra fría), los vacíos dejados por los Estados Unidos habrían sido llenados por China, Alemania y Rusia. Revisemos los dos postulados.

En efecto, durante los primeros meses de la administración Trump, EEUU se distanció de la OTAN (de allí la ascendencia de Merkel como líder del mundo libre, enfrentada al histórico expansionismo ruso -antes soviético); se ausentó del Foro Económico Mundial de Davos (lo que permitió a Jinping ser investido como el defensor del libre mercado y la globalización); y, por supuesto, la intromisión rusa en las elecciones norteamericanas que habría favorecido a Trump, en detrimento de una Hillary Clinton que como Secretaria de Estado de Obama habría hecho lo propio apoyando a los opositores de Putin en las elecciones rusas de 2012, sin éxito, sería la mejor prueba de que es Putin el hombre más poderoso del mundo.

Sin duda, no pueden ignorarse los problemas políticos y legales que enfrenta Trump derivados del RusiaGate, esto es, la trama de la posible conjura entre su círculo más cercano y agentes rusos para derrotar a Clinton; pero en todo caso, perjudican también a Putin, pues ha hecho absolutamente inviable el levantamiento de las sanciones económicas que Obama impuso a Rusia en represalia por la anexión de Crimea en 2014, y que acaso fuera la apuesta del gobierno ruso en su pretensión de apoyar a Trump, mientras que para que este sea procesado y destituido, se requiere de una mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado que el Partido Demócrata no tendrá en el futuro inmediato.

Por otra parte, es cierto que Rusia ha logrado integrar un aparato de propaganda que se vale de la apertura de las redes sociales para intervenir en los procesos electorales, sucesivamente en Ucrania, Francia, Alemania, el Reino Unido y recientemente en España a propósito del reto independentista catalán (o en México). Pero seguramente pesó más la economía de los estados de Ohio, Michigan y Wisconsin, que fueron los que le dieron los votos electorales decisivos a Trump, que la contratación masiva de publicidad en facebook o la granja de usuarios fantasma en Twitter de los ciber-agentes rusos, o incluso que el hackeo de correspondencia embarazosa entre los mandos de la campaña de Clinton.

2017 fue, indiscutiblemente, el año en que el mundo entero giró alrededor de Donald Trump. No hay ningún personaje en la tierra, llámese político, artista, deportista o celebridad, que semana a semana despierte el interés y atracción (o repulsión, si se quiere, pero una repulsión que no puede dejar de mirar) que Trump. Desde que se postuló como precandidato republicano prometiendo la construcción del muro para proteger de violadores mexicanos a los Estados Unidos, hasta lo dicho esta semana en una reunión con congresistas, refiriéndose a la migración indeseable como la que proviene de países cuya traducción bien pudiera ser “mierderos”, Trump ha hecho de todos nosotros voyeuristas insaciables de su reality show. Podrá argumentarse que ese es un poder “blando”, sin consecuencias, más allá de las culturales o incluso de entretenimiento. Pero el grotesco espectáculo oculta el fondo del profundo reacomodo de las placas tectónicas de la geopolítica que hoy, inadvertidamente para muchos, vivimos.

LA GEOPOLÍTICA DE TRUMP

Hagamos abstracción de los efectos divisivos y nocivos que el ascenso de Trump ha traído consigo, como el resurgimiento del racismo y la violencia política, no solamente en Estados Unidos, sino en la vieja Europa. Ignoremos que ha hecho de twitter una plataforma con una influencia que ningún usuario tiene, y por supuesto ningún gobernante, con la capacidad de provocar que el planeta contenga el aliento como cuando retó a un duelo de ojivas nucleares al dirigente norcoreano Kim Jong-un. Hagamos también a un lado que en menos de un año pasó de su primera derrota legislativa cuando los republicanos no lograron desmantelar el régimen sanitario de Obama, a promulgar la mayor reducción de impuestos a los grandes capitales en la historia norteamericana, e incluso, a condicionar la ampliación de la amnistía a los dreamers, o migrantes de segunda generación, a que los demócratas en el congreso aprueben la asignación de presupuesto para la construcción de su famoso muro. Obviemos el proceso en curso de renegociación del TLCAN, que tanto nos incumbe.

El primer año de Trump ha tenido consecuencias del orden geopolítico (que a ese ámbito de influencia habría que referirlo junto con los otros gobernantes con que se le ha comparado desfavorablemente) como no las podrían provocar China ni Alemania, que son potencias netamente económicas, mientras Rusia y Estados Unidos sí que son poderes militares, con la diferencia -muy importante- de que solamente Estados Unidos es, a un mismo tiempo, potencia militar y económica, y en ambas instancias de poder ampliamente superior a sus rivales más cercanos, a China y Alemania en lo económico, y a Rusia en lo militar. Solamente el arsenal nuclear a disposición del presidente de Estados Unidos debería ser suficiente para considerarlo el hombre más poderoso en el orbe, sin importar su nombre.

Ciertamente Rusia, que junto con Turquía influyó decisivamente en la victoria de su aliado Bashar Al-Assad en Siria, puede considerar al 2017 como un año que le fue muy favorable en la reconfiguración del tablero global. Pero a Trump tampoco en este ámbito le fue nada mal. De hecho, también la milicia norteamericana jugó un rol coordinado con Rusia y Turquía en la erradicación del Estado Islámico y su proclamado califato en enclaves de Siria e Irak, lo que tiene que ver con la buena relación personal entre Trump y sus colegas ruso y turco, Putin y Erdogan.

Trump recuperó a los aliados históricos de los Estados Unidos en el medio oriente, Arabia Saudita e Israel, restaurando en ambos casos la relación que se había resentido durante la administración de Obama, particularmente por su política de negociación con Irán, el rival regional de los dos países. Tuvo incidencia en la sucesión dinástica de Arabia Saudita, y en el activismo saudí para contener la influencia iraní en Yemen, Líbano y Qatar, sin que ello signifique, hasta ahora, el rompimiento del acuerdo de contención nuclear con Irán logrado por Obama. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel revela la profundización de los lazos israelí-norteamericanos. La presión de Arabia Saudita a la autoridad palestina, absolutamente inédita, para que negocie con Israel la solución definitiva del conflicto en Gaza y el aislamiento de Hamas en Cisjordania, tiene implicaciones importantísimas, pues siempre había sido Arabia Saudita el principal defensor de la causa palestina. Y este realineamiento entre Arabia Saudita e Israel, auspiciado seguramente por el gobierno Trump, hace de 2017, el primer año de Trump, el de la reconfiguración de la composición política del medio oriente.

Por otra parte, y no menos relevante, Trump logró reclutar el apoyo de China para negociar con la beligerante Corea del Norte: la reanudación del diálogo entre los norcoreanos y sus vecinos del Sur, hecha pública hace unos días, es sin duda una buena señal. Nada mal para un supuesto aislacionista. Quien por cierto, ha anunciado su participación en la edición de este año del Foro de Davos. Pero, por supuesto, la nueva narrativa es la demencia senil de Trump.

EL NUEVO EJE EEUU-CHINA-RUSIA-ARABIA SAUDITA-ISRAEL

Todo lo anterior nos lleva a la siguiente reflexión. Si bien el postulado de que Estados Unidos y su presidente hayan sido relegados a un lugar secundario en el tablero mundial es cuestionable, lo que sí ocurrió en 2017, es el alejamiento de EEUU de sus aliados europeos, muy señaladamente Inglaterra y Alemania, cada una además con sus propios problemas de migración musulmana y del resurgimiento del nacionalismo nativista. Es un hecho que el eje de poder en el mundo se ha trasladado de EEUU-Unión Europea-China, de connotación sobre todo económica, con Rusia y el fundamentalismo islámico sunita y chiita en los márgenes, a un eje netamente geopolítico de poder EEUU-China-Rusia-Turquía-Arabia Saudita-Israel que, y es muy importante subrayarlo, de ningún modo considera a Europa como un rival por sí. Lo que nos hace pensar en la inminencia del pivote de este eje hacia Europa para su inclusión, con Estados Unidos como puntal, considerablemente disminuido el radicalismo musulmán y una vez resuelto el Brexit y el reposicionamiento de Francia frente a Alemania tras la salida inglesa de la Unión Europea, todo lo cual nos llevará a un orden mundial absolutamente inédito, como en el que de hecho ya estamos, y cuya apreciación se oscurece por el circo mediático y las estridencias de Trump. Que el espectáculo continúe. En tramoyas se está escribiendo la verdadera historia.