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Las razones del presidente Trump: Estados Desunidos de América

Las razones del presidente Trump: Estados Desunidos de América

Nov 12, 2016

Los Estados Unidos de América abrevan de dos fuentes ideológicas: una cristiana fundamentalista y otra liberal. Los dólares con su leyenda «In God we trust» (en Dios confiamos) acompañado de simbología masónica tales como la pirámide y el «ojo que todo lo ve», son testimonio de esta dualidad.

Hay una tradición federalista, que defiende la soberanía de los estados y quiere reducir los alcances del gobierno central, que reclama el derecho a portar armas para la defensa del patrimonio y recela de la intervención del gobierno; y otra tradición que cree en el excepcionalismo norteamericano, en un gobierno fuerte que tiene la obligación de pelear por causas justas en el país y en el mundo.

La guerra civil que en el siglo XIX enfrentó al norte industrial y al sur agrario por la esclavitud de los afroamericanos, es el ejemplo más contundente de ese país dividido, cuya herida aún no sana, como quedó en claro, por ejemplo, durante el reciente debate nacional en torno al uso de la bandera confederada por parte de algunos estados sureños, y sobre todo, como precisamente lo evidencia el tono de la apenas concluida contienda electoral, no exenta de racismo (y misoginia).

Desde los años sesenta, Norteamérica ha sido además teatro de una guerra cultural: los valores de la contracultura (feminismo, lucha contra la discriminación racial, respeto a la diversidad sexual), versus el conservadurismo religioso (defensa del matrimonio heterosexual y valores familiares tradicionales); los ochenta de Ronald Reagan contra los noventa de Bill Clinton; una agenda sociocultural liberal y otra conservadora.

Hay además otro eje de división: la élite financiera y corporativa, los ganadores de la globalización que residen en los grandes centros urbanos y sobre todo en California y Nueva York; y los olvidados por ella, norteamericanos que viven en las ciudades pequeñas y semirrurales, por una parte, así como quienes perdieron sus empleos en la industria de la construcción cuando las armadoras industriales emigraron a países como México en busca de mano de obra barata.

UN GOBIERNO FEDERAL: DOS NACIONES.

Coexisten entonces dos naciones dentro de los Estados Unidos. La geografía azul y roja de demócratas y republicanos respectivamente, es prueba de ello. Una nación —digamos la azul— ha legalizado el uso recreativo de la marihuana y el matrimonio homosexual, abraza la diversidad cultural y eligió al primer presidente afroamericano de la historia estadounidense. Hillary Clinton, además representante del_establishment_ político y financiero estadounidense y global, ella misma la personificación de la corrección política y una carrera muy solvente, fue candidata de esta nación.

La otra nación —roja— ve con temor cómo se convierte en minoría racial frente al crecimiento demográfico de los latinos; no termina por aceptar la normalización de la homosexualidad en medios de comunicación y centros comerciales; ve con extrañeza el crecimiento de la población musulmana dentro de sus fronteras. Su candidato fue un Donald Trump inmoral, obsceno, enemigo público número uno de la comunidad internacional y de las cadenas noticiosas —excepto Fox News— y medios impresos, al que su propio partido le regateó el apoyo y que al final no necesitó. Un outsider para todos los que se sienten tal en su país, en ese Great America añorado.

La polarización partidista de la sociedad no es un fenómeno nuevo en EE.UU. Antes de Trump y de Hillary las costas ya eran demócratas y el medio oeste republicano. California y Nueva York azules; Texas rojo; Florida oscilante entre uno y otro color. Gore vs. Bush en 2000 y Bush vs. Kerry en 2004 dividieron el voto del país en partes prácticamente iguales. Han sido un puñado de estados —«swingers»— los decisivos en cada elección. Florida en 2000. Ohio en 2004, las que han roto el empate.

ECOS DE LA CRISIS FINANCIERA DE 2008

Y EL REPUDIO A LA GLOBALIZACIÓN

La radicalización dentro de los partidos es también un signo de los tiempos que corren: entre el Tea Party que obligó a los dirigentes republicanos a radicalizar hacia la derecha su discurso, y el Occupy Wall Street que precedió la insurgencia de Bernie Sanders en el Partido Demócrata, se refleja un mismo síntoma: el profundo descontento hacia la clase política tradicional, tanto de derecha como de izquierda, y la radicalización de las posiciones, que, como todo extremo, también en este caso se unen en el repudio a la globalización financiera y corporativa. En este aspecto, el discurso del socialista demócrata Bernie Sanders y el del magnate republicano Donald Trump es prácticamente intercambiable.

Al final eso fue lo que llevó a Trump a ganar la presidencia de Estados Unidos. Más allá de la división política-cultural-socioeconómica que parte por la mitad a la población norteamericana, y que precede por décadas a las campañas y las candidaturas mismas de Hillary y Trump, lo que ocurrió el martes 8 de noviembre tiene una explicación relativamente sencilla.

El triunfo de Donald Trump se debe al voto en los estados del llamado «cinturón industrial» del Medio Este Norteamericano, cuya principal actividad económica durante los años setenta y ochenta era la industria pesada, y que como resultado de las políticas de la globalización impulsadas desde que Bill Clinton firmara el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá, han perdido su tradicional fuente de empleo.

Ese fue el voto decisivo. No el del racismo, que se neutraliza con el voto liberal. No fue el voto de la xenofobia, con su antídoto latino. No fue la misoginia, con el feminismo contrapuesto. No. Esa polarización precedió a Trump y la padeció Obama. Las protestas de millenials contra la elección de Trump son la otra cara del movimiento que le negaba a Obama la ciudadanía americana y lo acusaba de ser un musulmán de closet. Un punto muerto sin salida pronta.

El factor determinante, el peso que terminó por cargar la balanza, fue el voto de castigo a las políticas comerciales que han castigado a los trabajadores de Ohio, Pensilvania, Wisconsin y Michigan. Un cuarteto de estados que votaron por Obama en 2008 y en 2012, y que esta vez lo hicieron por Donald Trump. Tres de ellos (Wisconsin, Michigan y Pensilvania), habían votado por el candidato demócrata invariablemente las últimas seis elecciones.

Globalización y tratados de libre comercio, renegociar el de México y Canadá pero también el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica que apenas fue firmado en febrero de este año y que incluye, además de Estados Unidos, a otros 11 países: Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam, Canadá, y los latinoamericanos México, Perú y Chile. Ese es el mandato para Trump.

Lo que decidió la elección del presidente del país más poderoso del mundo fue el rechazo a la globalización económica por parte de una mayoría de la población de cuatro estados de la Unión Americana.

Epílogo de una elección histórica

La política se mueve en péndulo. Después de elegir a Barack Obama —hijo de padre keniano—, dar el siguiente paso en la agenda progresista norteamericana, es decir, elegir a la primera mujer presidente, tal vez era demasiado. Tampoco se trata de supuestas limitaciones de Hillary Clinton como candidata, pues ella fue en su momento histórico la única mujer con las condiciones para competir por la Casa Blanca, gracias a su sobresaliente trayectoria. Ella se abrió camino hasta la última frontera del cargo con mayor poder en el mundo y eso no puede regateársele desde la comodidad de la propia intrascendencia. Trump mismo ha sido un fenómeno de esta era de la posposmodernidad. Pero en el fondo, más allá de los protagonistas de hoy, subyace un país históricamente dividido, un territorio compartido por dos naciones, que, y ello es lo más asombroso, ha encontrado en la democracia el espacio común de convivencia entre tanta polarización. La democracia funciona. Y los Estados Unidos de América siguen sorprendiendo al mundo.

Twitter: @luiscisnerosq