Portal informativo de análisis político y social

Los tecnócratas se imponen a los políticos: Meade, el candidato del establishment

Los tecnócratas se imponen a los políticos: Meade, el candidato del establishment

Dic 3, 2017

Luis Cisneros Quirarte //

El PRI tiene su propia liturgia, dijo, sin ningún equívoco y con una precisión en el lenguaje que no siempre le caracteriza, Enrique Peña Nieto, a propósito de la expectativa que desde hace varias semanas se suscitó por conocer al candidato presidencial del PRI: se refería, por supuesto, al rito del dedazo.

En efecto, la liturgia alude al conjunto de actos rituales de carácter religioso, como aquel de transubstanciación eucarística, culmen de la misa católica, en que el pan y vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Así, de entre los presidenciables, que lo son por su cercanía al presidente en turno y su revestimiento cardenalicio como secretarios de Estado, surgen varios perdedores, y sólo uno será el que herede los atributos cuasi mágicos de quien lo ha elegido, sí, a dedo, y en el caso que nos ocupa, para enfrentar al falso mesías, y regresar a (o mejor dicho, conservar) la tierra prometida.

Y pido se me perdone el uso del lenguaje religioso para referirme a un suceso en demasía terrenal y que tan poco tiene que ver con las cosas del cielo; excúseme, pues después de todo, para los hombres del poder, nada es tan importante como el poder mismo.

Y en México, durante las décadas de hegemonía priísta, el poder se concentró en una sola persona, el presidente de la República, que invariablemente era del PRI. Así que entonces, el momento más sagrado, más trascendente del sexenio, era el momento exacto en que el presidente de México le revelaba a su pueblo expectante el nombre y rostro de quien habría de gobernarlos los siguientes seis años.

Claro que, al menos desde 1988, pero sobre todo a partir del 2000, ser el candidato del PRI ya no es lo mismo que ser presidente; sin embargo, la gravitas del ritual, aunque disminuida, permanece.

LOS PROTAGONISTAS Y LOS ACTORES DE REPARTO

El dedazo es, entonces, una institución mexicana, y es una aportación del PRI y nuestra política a la lengua española consignada por la Real Academia. Enrique Peña, el único presidente priísta del siglo XXI, ha restaurado esta institución que se remonta a Lázaro Cárdenas, y que cayó en desuso ante la incapacidad de Vicente Fox y Felipe Calderón de impulsar a Santiago Creel y a Ernesto Cordero ni siquiera como los abanderados de su partido, y antes que ellos, Ernesto Zedillo, que sí hizo valer su dedazo al menos en el PRI a través de un mecanismo más o menos democrático con Francisco Labastida.

Peña es un priísta de cepa: un producto de Atlacomulco en su maridaje con el salinismo, que hizo además alianza con el más discreto pero no por eso menos presente zedillismo, para ejercer una presidencia vertical como no la hubo en los dos sexenios panistas. De allí la teatralidad del suceso.

Ya Peña había demostrado ser un ortodoxo, como cuando eligió a su sucesor en el Estado de México. El favorito, el cercano, era su primo Alfredo Del Mazo. El riesgo de una escisión priísta nos enseñó al Peña pragmático, que prefirió designar a Eruviel Ávila aquel 2011 -estaba en juego precisamente la candidatura presidencial priísta-; seis años después nuevamente Peña escoge a dedazo en su tierra natal, recompensando la paciencia de su primo entonces relegado.

Desde el primer día fueron tres: Aurelio Nuño, el hijo amado, el discípulo más querido (disculpas otra vez), quien formalmente se convirtió en presidenciable en el instante en que Peña lo llevó de su secretaría particular a Educación, pero que desde el principio estuvo en el ánimo presidencial; el hermano era Luis Videgaray, el tecnócrata ambicioso, estratega brillante, y para mayor virtud, mexiquense, además de salinista temprano por la vía de Pedro Aspe; Miguel Osorio era el primo segundo, el del priísmo de Hidalgo, aliados históricos de Atlacomulco desde la era de Hank, el patriarca.

Los tres, el círculo, el núcleo duro, los hombres del presidente. En una dinámica de equilibrio perfecto. Osorio el duro, el técnico Videgaray, y entre ellos, Nuño, el de la llave que conduce al presidente. Lograron las reformas estructurales (o neoliberales, en el lenguaje de izquierda) que ni Zedillo, ni Fox, ni Calderón lograron. Y después, la debacle: la Casa Blanca y Ayotzinapa. Videgaray se cae por su escándalo particular (la casa en Malinalco comprada a grupo Higa con sospechosas facilidades) y sobre todo, por el episodio Trump.

POLÍTICOS CONTRA TECNÓCRATAS, OTRA VEZ

En otro sentido, era la reedición de la pugna priísta entre tecnócratas (Videgaray) y políticos de carrera (Osorio) de los ochenta y noventa, que Colosio estaba llamado a superar, en su persona, síntesis de ambas tendencias, como lo era también Nuño: ambos, Colosio y Nuño, hechuras por entero de sus respectivos padres, Salinas y Peña. Y tras la caída de Videgaray, entró al relevo, en Hacienda, pero sobre todo como candidato de esa corriente tecnócrata, José Antonio Meade.

Videgaray y Meade fueron compañeros de escuela, en el ITAM, cuna de las políticas públicas “neoliberales” y amigos desde entonces. Estudiaron sus doctorados en universidades de élite norteamericanas, aquel en MIT y éste en Yale. Se formaron al amparo de los salinistas y zedillistas de Harvard y Yale; son los hijos del salinismo, los herederos de la tecnocracia dorada de este país, que a pesar de la alternancia panista, jamás dejó de regir la economía nacional en Hacienda y el Banco de México. El mítico PRI-AN. Que Meade, más que nadie, encarna. El secretario de Energía y de Hacienda en el gabinete panista de Felipe Calderón; el canciller, el secretario de Desarrollo Social y de Hacienda en el gabinete de Peña.

SIEMPRE FUE MEADE

En retrospectiva, resulta obvio. Siempre fue Meade. No solamente por las prendas personales que pueda tener, entre las que la honestidad sería una importantísima dado el enriquecimiento tan explicable que forma parte de las prendas de tantos políticos priístas, digamos Osorio Chong, a quien ante el inminente destape le filtraron un supuesto conflicto de intereses en su natal Hidalgo. Sino también, por la disputa intrapartidista que vive el PAN, que provocó la salida de Margarita Zavala y el encono de los calderonistas del Senado y el propio Calderón contra Ricardo Anaya, el casi con toda seguridad candidato presidencial panista y del Frente Ciudadano que al final resulte. Con su decisión, Peña reviste a su candidato del apoyo del PRI y de un importante sector del PAN, quienes incluso ya han hecho pública su simpatía por su excompañero de gabinete (Cordero, Gil, Lozano). Vaya, hasta ordenó reformar los estatutos del PRI, para permitir que el partido postulara a un candidato presidencial sin militancia priísta. Lo impensable. Probablemente desde entonces la decisión estaba tomada.

Y además, Peña tuvo el tino de llevar el proceso de tal modo que redujo los riesgos de ruptura dentro del PRI entre los aspirantes derrotados. Fue un destape por etapas.

En viernes cenó con todos los finalistas, a quienes la convocatoria misma reveló como tales (Narro, Ávila, Osorio, Nuño, Meade y De la Madrid), y se comprometió con ellos en que, a diferencia de los anteriores destapes, en este caso el presidente sí les haría saber personalmente que no eran ellos los favorecidos, para que no se enteraran por la prensa.

En consecuencia, el sábado Narro reconocía públicamente que las circunstancias no le favorecían. Por la tarde Eruviel Ávila destapaba como precandidatos a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México a Aurelio Nuño y a Narro, efectivamente descartándolos para “la grande” y a él mismo.

Ya solo quedaba Osorio. El domingo por la noche, funcionarios de la Secretaría de Gobernación filtraban a diferentes medios que su jefe les había notificado que él no sería el candidato. Ese domingo se había convocado además a rueda de prensa en Los Pinos al día siguiente, para anunciar la renuncia de Meade a la Secretaría de Hacienda.

El lunes, el ungido recibía el respaldo y las porras entre matracas de la CTM, la CNOP y la CNC para registrarse como candidato del PRI. La cargada tradicional, en que los derrotados felicitan al vencedor, como corresponde a estos tiempos fue por twitter. El supuesto desliz de Videgaray de ensalzar las virtudes de Meade el miércoles previo, y el pretendido regaño presidencial al día siguiente con el ya clásico “no se despisten”, en perspectiva parece un montaje de los hermanos del alma para despejarle el camino a su candidato, de los dos. Después de todo, Peña siempre advirtió “engañar con la verdad”. Nuño puede esperar.

Hay humo blanco. Habemus candidato. A continuación: el aterrizaje del Frente Ciudadano y lo que ocurra con Mancera y el PRD. López Obrador aguarda.

Twitter: @luiscisnerosq