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Pragmatismo político desplaza valores e ideología

Pragmatismo político desplaza valores e ideología

Oct 23, 2016

La política ha perdido valores, esencia y principios ideológicos. Vivimos tiempos de cambio, donde la sociedad avanza a velocidades inalcanzables por los fanáticos de la tradición de corte conservador. Lo nuevo desplaza las formas de ejercer el poder de antaño, refrescando el acceso de nueva y mayor cantidad de personas a las esferas del poder.

Sin duda alguna, el poder sigue siendo ejercido por 3 grupos sociales: 1. Quienes lo tienen, e intentan retenerlo; 2. Quienes no lo tienen y aspiran a obtenerlo —muchas veces supeditados o pretendiendo ser tomados en cuenta por los del primer grupo— y 3. Quienes son apáticos y renuentes a involucrarse conscientemente en política, gobierno, ciudadanía activa y comunidad.

Los cambios han revolucionado la forma en que nos vinculamos con el poder, ampliado las puertas de acceso para ingresar a espacios de toma de decisión y hasta colocado en horizontal la cancha para que múltiples jugadores disputen e incluso logren arrebatarles porciones de su poder a los factores reales, que dominan el juego pero cada vez se tornan más vulnerables a la presión social, al escrutinio público, a la rebelión de los aspirantes a poderosos, debido a que se han relajado las ideologías, se han transparentado los mecanismos de acceso democrático a cargos de elección, de dirigencia partidista, se ha revelado el juego político por lo que los gobernantes deben dar cuenta de sus actos y son acotados para que puedan ejercer cada vez menos decisiones discrecionales.

Las redes y los medios sociales de comunicación, además del acceso tecnológico masivo, ha dado información estratégica, canales de comunicación e información masiva a activistas, agitadores y líderes emergentes, que han prescindido de los rituales cortesanos, insubordinándose a los jefes tradicionales de grupo político, evitando formarse en las filas de espera que regulaban las cabezas de grupo del poder formal, tomando vías libres de acceso para propagar ideas, mensajes, críticas y cuestionamientos, que han debilitado la fuerza de la clase política tradicional y han exhibido que el antiguo modelo ha quedado rezagado, tiene fisuras y hoyos por las que se pueden colar nuevos dirigentes, nuevos liderazgos, que no acatan la forma clásica y renuevan estilos y directrices para proseguir avanzando hasta el núcleo mismo del poder real.

Son los factótum, quienes al ver que sus operadores han mostrado incapacidad de contener el embate de los nuevos aspirantes al poder, quienes en su afán de supervivencia, bajo la premisa de que el poder debe retenerse a cualquier precio, han recurrido al pragmatismo, que en política equivale a actuar prescindiendo de principios, valores e ideologías, haciendo lo que parece más adecuado de acuerdo a cómo se presentan las circunstancias de cada momento. Y son los viejos políticos que no alcanzaron éxito antes y los nuevos actores, hambrientos de triunfo a cualquier precio, quienes hacen del pragmatismo una vileza inmoral, una práctica degenerada de la política.

 

VICTORIAS PÍRRICAS, EUFORIAS EFÍMERAS

El pragmatismo imperante debilita la autoridad del poderoso, es una quimera que da beneficios inmediatos, pero a costa de la traición, de la pérdida de identidad, de faltar a la ética, de recurrir a la corrupción, al abuso de la confianza y de la buena fe de otras personas, traicionando a la amistad, mintiendo, usando a la gente, devastando a la lealtad, a los amigos, a los partidos, a los equipos políticos, a los aliados y a las estructuras jerárquicas del poder.

La facilidad con la que algunos políticos renuncian a su militancia partidista y brincan a otro, aunque ideológicamente antagónico, en aras de emprender una candidatura y preservar el ingreso económico aunado a la falta de lealtad y gratitud a quienes les dieron oportunidades y formación política en el inicio de su trayectoria los vuelve traidores, así como las alianzas oportunistas electorales entre partidos históricamente rivales, con el afán exclusivo de ganar por ganar, han deteriorado severamente el prestigio de los políticos y han sacrificado la credibilidad de los partidos políticos.

En la política, como en la mayoría de las actividades humanas, ganar y perder es algo previsible. No es para dar orgullo que los seres humanos sean débiles de convicciones, flacos de ideales, incapaces de soportar las derrotas y hábiles para «adaptarse» al entorno, acomodándose de manera mezquina en favor del ganador, negando a sus amigos, renunciando a valores superiores y entregándose al afán de alcanzar el poder aunque en el camino a seguir se recurra a la rapiña, a la sumisión, a renunciar a los ideales, a traicionar a los demás, y sobre todo, a traicionarse a sí mismo.

Ganar todo y ganar siempre, son premisas falsas e inalcanzables. Quienes lo intentan, pretenden desafiar al poder y sus formas, rebelarse e imponerse por encima de los demás, empleando para ello artimañas que, a la larga, se revertirán contra ellos mismos. La liviana lealtad, el cinismo y la desvergüenza de los personajes facileros, incide en forma negativa en el tejido social, provocando rechazo, apatía y animadversión.

El pragmatismo no produce beneficio colectivo ni mejora social, sino victorias personales, pírricas la mayoría, que afectan la unidad social y deterioran la de por sí muy disminuida credibilidad de la gente en la política, en el gobierno y en los operadores visibles. Aunque algunos poderosos y algunos oportunistas logren obtener victorias inmediatas, corren el riesgo de convertirse pronto en víctimas de su mismo círculo vicioso, invadido de traición, en el corto plazo.

Por Carlos Anguiano@carlosanguianoz en Twitter

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