Portal informativo de análisis político y social

EL REINO DESUNIDO

EL REINO DESUNIDO

Jun 26, 2016

Los británicos sacuden al mundo (otra vez).

La cuna de la democracia contemporánea, cuyo parlamento le cortó la cabeza a su Rey casi siglo y medio antes de que la revolución francesa hiciera lo propio, sacudió de nuevo al mundo. El jueves 23 de junio los ciudadanos del Reino Unido, del cual forman parte Irlanda del Norte y la Gran Bretaña (la cual a su vez está conformada por Inglaterra, Escocia y Gales) finalmente acudieron al referéndum convocado por el primer ministro conservador David Cameron, para decidir sobre la permanencia del país en la Unión Europea.

Lo hicieron después de meses de un enconado debate entre «brexiters» y «bremainers», juego de palabras por Britain (Bretaña) y exit (salida) o remain (permanecer).

La campaña dividió al gobernante Partido Conservador: entre quienes siguieron la consigna de su líder Cameron y se pronunciaron por la permanencia, y aquellos que rompieron filas y se sumaron al exalcalde londinense Boris Johnson en la campaña por la ruptura. El líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, también argumentó a favor de la pertenencia a Europa, junto con el Partido Liberal Demócrata, el Partido Nacionalista Escocés, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, Barack Obama, Angela Merkel, celebridades, economistas, premios Nobel y la totalidad del establishment financiero y político nacional e internacional. En contra, además del ala de Conservadores en rebeldía, el líder y fundador del UKIP —Partido por la Independencia del Reino Unido—, Nigel Farage, junto con los extremistas de derecha franceses, austriacos y holandeses, así como Vladimir Putin y Donald Trump. Hace unos días, un simpatizante del UKIP asesinó a la diputada laborista Jo Cox mientras gritaba: «Gran Bretaña primero». Precisamente el grito de guerra de Farage.

El resultado: 51.9 por ciento de los británicos votaron por el brexit, 48.1 por la permanencia.

¿Qué nos dice esto? Que el miedo triunfa sobre la razón, pudiera apuntarse.

Dejemos de lado el frío cálculo político del conservador Boris Johnson, que seguramente verá cumplido su sueño de reemplazar a Cameron como primer ministro. Llamémosle por ahora oportunismo irresponsable.

Londres es hoy una urbe multicultural. Las antiguas referencias de identidad nacionales se pierden en una Europa sin fronteras. Y que además ve con temor la migración desde Siria y el terrorismo de los radicales islámicos, tan reciente y terriblemente presente en París y Bruselas. Esto va más allá del ya viejo discurso contra la globalización y la pérdida de empleos locales. Tiene una connotación racial y religiosa. El resto de Inglaterra no quiere ser Londres, que precisamente hace pocas semanas eligió al primer alcalde musulmán de su historia, Sadiq Khan.

En Londres, el voto por la permanencia fue del 60 por ciento a favor. En Inglaterra el 53 por ciento se decidió por la salida. Ahora en la capital del Reino se habla de buscar negociar por su cuenta la pertenencia a la Unión Europea.

Es también el caso de Escocia. Los escoceses apenas hace dos años sostuvieron su propio referéndum respecto a la pertenencia al Reino Unido. El jueves el 62 por ciento de los votantes escoceses sufragó para seguir en la Unión Europea. Tras conocerse los resultados, la primera ministra, Nicola Sturgeon, ya apuntó hacia un nuevo referéndum para independizarse de la Gran Bretaña. «Es democráticamente inaceptable para Escocia el ser forzada a salirse de la Unión Europea», señaló al día siguiente.

Irlanda del Norte también votó por Europa. El 56 por ciento. El partido nacionalista Sinn Féin, antiguo brazo político del terrorismo separatista del Ejército Republicano Irlandés, se ha pronunciado por su propio referéndum para salir del Reino Unido e integrarse con la Irlanda independiente al sur.

Sólo los galeses votaron junto con los ingleses de las regiones. Escocia e Irlanda del Norte eligieron ser europeos, y ahora resienten lo que para ellos será una imposición de Inglaterra. Lo mismo que el cosmopolita Londres.

El quiebre del Reino no es solo territorial. Es también generacional, entre los europeístas jóvenes y los nacionalistas de mayor edad. El 75 por ciento de los británicos cuya edad oscila entre los dieciocho y veinticuatro años votó por Europa. El 60 por ciento de los mayores de sesenta y cinco optó por la ruptura. Hay resentimiento entre las nuevas generaciones, para quienes su futuro les fue arrebatado.

Cuando David Cameron se comprometió a convocar el referéndum europeo durante la campaña por su reelección hace un año, lo hizo pensando en contrarrestar el crecimiento del UKIP de Farage y ganar los comicios. Lo irónico es que esa promesa la realizó porque las encuestas preveían una elección competida. El resultado fue muy holgado a su favor. Aún así cumplió su palabra. Y los resultados están a la vista. El que se haya visto obligado a presentar este viernes su renuncia con efectos para octubre, es lo de menos. La ironía es agria.

Las consecuencias históricas son imprevisibles, aunque ya apuntan al resquebrajamiento del Reino con las tensiones independentistas renovadas en Escocia e Irlanda del Norte. Por lo pronto, la libra esterlina cae y arrastra consigo a las bolsas de valores del mundo.

El gobierno de su majestad se cortó la cabeza. Gran Bretaña ya no es Europa. La isla del pasado glorioso enfrenta un futuro incierto.

Twitter: @luiscisnerosq