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El reality show de Donald Trump

El reality show de Donald Trump

Sep 24, 2016

En los EE.UU. hay estados rojos (republicanos) y estados azules (demócratas). Cada estado, según su población, tiene asignado un determinado número de votos en el colegio electoral. California y la Costa este son demócratas. Texas y los estados centrales son republicanos. Hay unos pocos estados, una decena, que son determinantes para decidir la elección (Ohio, Pensilvania y Florida, por ejemplo).

Por demografía los demócratas parten con más votos electorales que los republicanos de los 270 necesarios para ganar, por lo que Hillary Clinton solo necesita unos pocos de esos estados en disputa, mientras que para Donald Trump la ruta es más compleja. Necesita ganar contundentemente. Por ello Clinton es la favorita para ganar la elección.

Trump además es el villano del cuento. Es un racista, ¿cierto? Los mexicanos particularmente lo odiamos, pero no solamente. Los medios estadounidenses e internacionales observan perplejos el fenómeno Trump, preguntándose cómo pudo ocurrir.

Lo que está sucediendo en Estados Unidos es inédito y es reflejo de cómo un coctel de _mass media_ tradicional orientada al espectáculo, el descontento con la política tradicional y con los políticos de la cual no están exentos los estadounidenses, y las redes sociales como Twitter y Facebook, han encontrado en Donald Trump su síntesis última.

La campaña de Trump hay que verla como un «reality show» transmitido por Twitter y replicado en todas las cadenas noticiosas y periódicos del mundo. Por eso para él no aplican las reglas políticas tradicionales. Va de escándalo en escándalo y lejos de debilitarlo lo fortalece. Tiene al mundo entero observando. Es como el accidente automovilístico que no podemos dejar de ver al pasar. Es la variable desconocida que hace totalmente impredecible el resultado.

Clinton no emociona. Los votantes jóvenes que respaldaban al socialista demócrata Bernie Sanders ven en Hillary Clinton a la encarnación del sistema (el «establishment»), como de hecho lo es.

Trump tiene su base entre quienes se sienten desplazados. Su discurso es populista. El de Clinton acartonado. Ni siquiera los latinos que votaron por Obama respaldan hoy a Clinton. La campaña ha girado en torno a un solo personaje.

Desde que inició el actual ciclo electoral, el escenario mediático ha sido de Trump. A partir del anuncio de su candidatura, logró cobertura gratuita de todas las cadenas de noticias gracias a una exitosa fórmula: su condición de celebridad y su discurso incendiario. Su promesa de construir el muro y su aseveración de que los migrantes mexicanos son violadores, desde el primer día de su campaña le garantizó ser noticia: expresiones tan políticamente incorrectas eran inéditas en un candidato presidencial que era además una celebridad de televisión. Pero la consecuencia perversa de unos medios de comunicación que vieron en una noticia rentable el crecimiento de sus audiencias, fue que este y los sucesivos mensajes de odio se difundieron, y llegaron, sin costo para los bolsillos de Trump, y que así ya no tuvo que pagar publicidad ni estructura territorial, a su público objetivo: ese vasto segmento de población blanca con temor de verse convertida en una minoría frente al crecimiento de la población latina, y preocupada por el multiculturalismo del cual el Islam es una religión en ascenso. El «Make America Great Again» (haz a América «grande» de nuevo), eslogan de campaña de Trump, en realidad significa «Make America White Again» (haz a América «blanca» de nuevo) para muchos de sus seguidores.

Y todo esto fue calculado. No fue efecto de la demencia de Trump. Fue un cálculo estratégico brillante, si bien éticamente cuestionable. Y esa apuesta, junto con el anticarisma de Clinton, está a punto de quebrar el mapa electoral americano.

Trump no va a deportar migrantes, ni construir el muro, ni sacará unilateralmente a EE.UU. del TLC. Los políticos muy rara vez cumplen lo que prometieron en campaña al llegar al gobierno. Sería una de las muy pocas veces que ocurriera. Tampoco declarará una guerra santa contra el Islam ni conducirá al mundo a la tercera guerra mundial de la mano de Vladimir Putin. Donald Trump no está loco. De hecho ha estado jugando con todos nosotros.

Y en el peor de los casos, aun si en efecto es un loco, un nazi, en su caso Trump sería presidente de una república federal, no un emperador. La separación de poderes y su limitación constitucional obedece al temor de los llamados padres fundadores al despotismo. Hay un Legislativo y un Judicial al menos tan poderosos como el Ejecutivo. Además, cuatro años de un mal gobierno y los votantes lo echan de la Casa Blanca.

Y para nosotros, mexicanos, desde mi punto de vista no hará diferencia alguna si gana Clinton o gana Trump. Los intereses estadunidenses –comerciales, militares, políticos- no cambian según el partido que gobierne en Estados Unidos. Bush u Obama, sus diferencias son de política interna, y apenas por matices. La seguridad nacional del país más poderoso del mundo no depende de una persona o una coyuntura electoral. México seguirá siendo un aliado estratégico para Estados Unidos y los paisanos seguirán siendo una fuerza laboral y cultural muy importante al norte del Río Bravo. El futuro de nuestro país, como siempre ha sido, sigue estando en nuestras manos.

@luiscisnerosq