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ALDEA GLOBAL | 70 años de la ONU

ALDEA GLOBAL | 70 años de la ONU

Oct 31, 2015

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) cumplió siete décadas de existir. Son años de claroscuros que han permitido solidificar el régimen internacional más importante del orden mundial. Para que cumpla la promesa de «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra», es necesario discutir su funcionamiento y la pertinencia de reformas que le permitan enfrentar los retos del siglo XXI.

La promesa de evitar el flagelo de la guerra, cristalizada en el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas (Carta), es el principal objetivo de la ONU. Es el constante recordatorio del fracaso de la Sociedad de Naciones. El día que Polonia cayó, ese día estuvo condenada a morir la primera organización multilateral. Los motivos del fracaso fueron diversos, desde una membresía limitada que no reflejaba el balance de poder después de la Primera Guerra Mundial hasta la inoperancia de los organismos creados para salvaguardar la paz. El reto de la ONU está en que los Estados miembros entiendan los retos del siglo XXI y le permitan ser un recurso eficaz para enfrentar los retos, un foro para deliberar las soluciones y un actor para buscar la cooperación.

Las amenazas a la promesa han cambiado. Una guerra total es poco probable. Las amenazas se diluyen al igual que las superpotencias —hoy los retos demandan una responsabilidad compartida de la comunidad internacional. La ONU tiene en su universalidad su principal activo y hoy su principal problema: la diversidad de los actores y sus intereses dificulta la cooperación.

Son múltiples los aspectos que podríamos abordar, pero me voy a limitar a dos puntos que son frecuentes en todo debate de reforma. Primero, la reforma a la Carta. Este punto ha sido controversial porque es el principal instrumento jurídico internacional y creador de la ONU. Cualquier replanteamiento tendrá que pasar por una reforma a la Carta. A pesar de ser un tratado internacional, tiene cualidades que la hacen c_uasi constitucional. No es una fuente creadora de las funciones del poder, sino constitución de la comunidad internacional y su proceso de interacción. Thomas Franck, uno de los abogados internacionalistas más ilustres del siglo XX, señalaba que existían cuatro elementos que le asemejaban a una constitución. El primero de ellos es su perpetuidad. La Carta no cuenta con un mecanismo de retiro. Los Estados miembros no pueden retirarse y, aunque cuentan con mecanismos de expulsión o suspensión, no hay una enorme evidencia de su uso. (De los casos emblemáticos está la antigua Yugoslavia y Sudáfrica durante el apartheid_.) La segunda de ellas es la rigidez. Esta característica presente en diversas constituciones —entre ellas, la mexicana—, demanda un proceso complejo y políticamente costoso que requiere de dos terceras partes de los miembros de la Asamblea General (AGONU) y dos terceras partes de ratificaciones de los Estados miembros, sin veto de los cinco miembros permanentes del CSONU. Esto es causa de que únicamente haya sido reformada en tres ocasiones entre los años 1963 a 1973. Las reformas fueron para ampliar el número de miembros no permanentes del CSONU y la votación requerida para aprobar resoluciones y, en dos ocasiones la membresía del Consejo Económico y Social de 18 a 27 y de 27 a 54. La tercera característica es su jerarquía. El artículo 103 de la Carta señala la supremacía jurídica. Cualquier obligación que entre en conflicto con una disposición de la Carta, tendrá una jerarquía inferior a ella. La cuarta es su autonomía institucional. A pesar de que la Carta no crea instituciones supranacionales, existen las funciones deliberativas con la AGONU, judiciales con la Corte Internacional de Justicia (CIJ), y ejecutivas con el CSONU. El último es el principal objeto de discusión y el que debe ser analizado con mayor detenimiento.

Segundo, la reforma al CSONU. La reforma está planteada en dos aspectos: su membresía y su funcionamiento. En cuanto a la membresía, el CSONU está integrado por cinco miembros permanentes (China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia) y diez miembros no permanentes electos por periodos de dos años. Originalmente eran seis miembros no permanentes y se amplió el número para disminuir el déficit democrático. Actualmente se tienen diversas propuestas de reformas y principalmente se centran en dos fórmulas. La primera fórmula incrementa el número de miembros permanentes a 11 —seis más— y de miembros no permanentes a 13, para un total de 24 integrantes del CSONU. La lógica de esta propuesta es reducir aún más el déficit democrático y compartir la responsabilidad de mantener la paz. Con esta propuesta, la actual sobrerrepresentación de Europa con tres miembros permanentes, estaría nivelada por dos miembros de África que hoy no cuenta con ningún miembro permanente, dos más de Asia-Pacífico, uno más de América y uno más de Europa. Entre los Estados que se candidatean para esta propuesta están Alemania, Japón, Sudáfrica y Brasil. Nuestro país, por obvias razones contra Brasil, se opone a este modelo. La segunda fórmula incrementa el número de miembros no permanentes pero replanteando su vigencia: en lugar de dos años, habría ocho asientos con un periodo de cuatros años con reelección y 11 asientos con un periodo de dos años sin reelección. El punto central de estas dos principales propuestas está en repartir el costo de mantener la paz y seguridad internacionales. Un asiento en el CSONU implica adoptar posiciones y sus costos.

En cuanto al funcionamiento del CSONU es necesario analizar el uso del veto, particularmente en casos de crisis humanitarias. En 2001 el reporte Responsabilidad de Proteger afirmó la necesidad de un «código de ética» en el uso del veto para evitar las crisis humanitarias de los noventas: Somalia, Ruanda, Bosnia y Kosovo. Durante casi dos décadas parecía que las palabras de George H. W. Bush serían verdad: pasamos de la ley de la selva al Estado de Derecho. Sin embargo, en los últimos años hemos sido testigos del impasse con Siria y el resultado de sus cuatro años de guerra civil. Pensar que el P5 va a permitir diluir su derecho de veto es absurdo y un código de ética suena romántico cuando el realismo se impone, pero definitivamente es necesario un replanteamiento porque en este punto en particular Siria muestra el franco retroceso.

A pesar que la ONU está lejos de ser perfecta, es lo posible para la comunidad internacional. Mientras no sea asequible obtener otra organización con al menos la misma membresía, legalidad, legitimidad y presupuesto, su reforma debe ser prioritaria para llevar la agenda del desarrollo del Siglo XXI a un mejor puerto.