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ALDEA GLOBAL: El Muro de Berlín

ALDEA GLOBAL: El Muro de Berlín

Nov 15, 2014

La caída del muro es un hecho simbólico porque fue un acto de reconciliación entre hermanos que respiraban vientos de cambio. Con motivo del 25 aniversario, los alemanes instalaron la frontera de luz que simboliza, entre otras cosas, que donde había división, hay luz que nos hace recordar lo que fue y lo que no debe volver a ser.

En este mes se cumplió un cuarto de siglo desde la caída del Muro de Berlín. El hecho permitió trascender desde un modelo agotado y cerrado para dar luz a la libertad. Sin embargo, la eliminación de barreras físicas no implica la destrucción de barreras ideológicas que se resisten a ser superadas.

Para entender la relevancia histórica del muro es importante detenerse en el contexto alemán, en un sentido general y, en Berlín. Por un lado, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, las potencias aliadas dividieron Alemania en cuatro partes, correspondientes a Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia. Esta división dio como resultado la construcción de dos entidades con una cosmovisión política distinta: la República Democrática Alemana (Este u Oriental) y la República Federal Alemana (Oeste u Occidental). Por el otro, Berlín era la capital alemana desde su unificación en el siglo XIX hasta el final de la segunda guerra mundial.

La ciudad está ubicada al este de Alemania y está situada en lo que alguna vez fue la parte comunista. Sin embargo, a pesar de estar geográficamente del lado soviético, la ciudad poseía un estatus especial; es decir, las mismas cuatro potencias que dividieron a Alemania en dos, harían lo propio con la ciudad más importante creando un Berlín occidental y otro oriental.

A pesar de la partición de la ciudad, inicialmente no fue necesario un muro para delimitar lo correspondiente a los aliados. Cada una de las partes estaba conforme con el estatus especial que poseía la ciudad y se le permitía a Occidente (no únicamente la Alemania, sino al resto de los aliados norteamericanos) tener vínculos y tránsito de personas, bienes y servicios conectando al Berlín occidental con el resto del mundo afín.

Sin embargo, al elevarse el tono en la Guerra Fría, las autoridades comunistas veían como un gran riesgo para su seguridad y política doméstica, considerando que la ciudad estaba geográficamente ubicada en su «parte del pastel», impuso prohibiciones económicas que se tradujeron en un bloqueo que puso en grave riesgo la viabilidad del Berlín Occidental. Estados Unidos tuvo en un momento que proveer de recursos básicos vía aérea por la imposibilidad de tener acceso a la ciudad. Como consecuencia, en 1961 decidió la Alemania oriental comenzar la construcción de 145 kilómetros de muro a una altura de 3.60 metros. El muro circundó al Berlín occidental, impidiendo cualquier movimiento que no tuviera el escrutinio soviético.

Dos años después, ante la complejidad de la construcción del muro, John F. Kennedy visitó Berlín occidental y pronunció uno de los discursos más importantes durante la Guerra Fría y dijo: en un momento, decirse ciudadano romano era el mayor orgullo, hoy es decir, soy de Berlín. Este discurso, en el contexto de la crisis de los misiles fue sumamente relevante para fortalecer una parte de Berlín que estaba siendo acorralada por el comunismo. Un cuarto de siglo después, Ronald Reagan, estaría pronunciando el discurso que daría pie a la apertura política que tendría como resultado la unificación de Alemania y pondría final a una etapa del mundo comunista en 1989. (Aunque, como anécdota, el muro se terminó de destruir en 1992 y aún están partes del mismo en exposición en Alemania y en otras partes del mundo.)

Esta ciudad nos deja diversas lecciones que hoy podemos evaluar y es importante aprender de ellas. Primero, desde la caída del muro y el modelo comunista, los Estados anteriormente comunistas han tenido resultados mixtos a nivel económico. David Brooks señaló en su columna en el New York Times (The Legacy of Fear, New York Times, 10/Nov/2014) segmentó en categorías a los Estados en su etapa poscomunista. En una primera instancia, señala que hay Estados con una importante caída en su productividad y requieren de 50 a 60 años para recuperar el nivel de ingreso que tenían en 1990 bajo el modelo comunista. Dentro de esta categoría se encuentran Estados como Ucrania que quizá nos permita comprender más el malestar de una parte importante de su población.

En una segunda categoría hay Estados que han logrado un comportamiento mucho más estable (1.9 de crecimiento anual de su PIB), pero aún es bajo si se considera en comparación con la media de la OCDE. Dentro de esta categoría podemos encontrar a Estonia, el país más digitalizado del mundo, casa de Skype, por ejemplo.

Hay una tercera categoría de Estados que han logrado crecer, pero esencialmente por tener recursos naturales, no por su apertura económica. En suma, señala Brooks, únicamente el 10% de la población en Estados anteriormente comunistas de Europa han logrado una transición al modelo capitalista y obtenido resultados benéficos. Ahora es relevante cuestionar que a pesar de la caída del modelo, aún permanece un control e influencia rusa sobre muchos de estos Estados, conteniendo su potencial.

Segundo, la caída del muro no ha eliminado la visión política de control. Si bien la caída del muro implicó un avance político, la realidad es que había una barrera más compleja que limitación física: la ideología. Aunque el muro puso fin una limitante física y dio pie al diálogo, no eliminó las barreras ideológicas que hoy colocan a Estados en riesgo.

Por ejemplo, si analizamos la invasión rusa a Georgia en 2008 o las políticas en el este de Ucrania, vamos a encontrar que son los vestigios del modelo agotado, buscando sobrevivir en el siglo XXI. Ahora, lo más grave de la situación es que los muros no se limitan a una visión exsoviética y occidental, sino que proliferan para dividir. Podemos observar el muro en Israel que, además de tener un uso práctico, es el símbolo del rechazo a un modelo viable de dos Estados que promueva una solución con Palestina. Es decir, si bien la caída fue un símbolo de apertura, la ideología y los muros continúan proliferándose, ocasionando división donde debería haber conciliación.

La caída del muro es un hecho simbólico porque fue un acto de reconciliación entre hermanos que respiraban vientos de cambio. Con motivo del 25 aniversario, los alemanes instalaron la frontera de luz que simboliza, entre otras cosas, que donde había división, hay luz que nos hace recordar lo que fue y lo que no debe volver a ser. Así, debemos apropiarnos del ejemplo de Berlín y agotar el simbolismo de los muros, apostando por los puentes, el diálogo y el respeto entre las naciones.