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ALDEA GLOBAL: Las lecciones del 11 de septiembre

ALDEA GLOBAL: Las lecciones del 11 de septiembre

Sep 13, 2014

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El ataque del 9/11 dista de ser el ejemplo naciente del terrorismo, pero tiene particular relevancia por su transición a una nueva fase en la dinámica internacional, tradicionalmente enfocada a Estados, para ahora incluir de forma particular a los actores no estatales y enfrentarlos en lo que se considera la guerra contra el terrorismo.

Se cumplieron 13 años del ataque a las Torres Gemelas o World Trade Center («WTC») en la ciudad de Nueva York. Los lamentables hechos del 11 de septiembre fueron un parteaguas en las relaciones internacionales y ahora retoma una importante vigencia con grupos extremistas como el Estado islámico o ISIS en el norte de Irak y Siria.

La dimensión y naturaleza del ataque del 9/11 evidenció la capacidad de grupos no estatales para ejecutar ataques armados —término de arte en el derecho internacional que deriva en la movilización de recursos militares para generar un efecto de gran escala en cuanto a las pérdidas de vidas humanas. Cabe mencionar que casi tres mil personas fallecieron en el ataque a las Torres Gemelas.

El ataque del 9/11 dista de ser el ejemplo naciente del terrorismo, pero tiene particular relevancia por su transición a una nueva fase en la dinámica internacional, tradicionalmente enfocada a Estados, para ahora incluir de forma particular a los actores no estatales y enfrentarlos en lo que se considera la guerra contra el terrorismo.

La guerra contra el terrorismo es la relación entre un actor conocido y una abstracción que permite tener una relación flexible de atribución-retribución. Es decir, es una herramienta retórica que faculta a un Estado a confrontar actores no estatales, por mencionar algunos ejemplos: al-Nusra, al-Qaeda o el Estado Islámico que hoy se coloca como el principal grupo por su control territorial, estructura e impacto, tanto a nivel militar como psicológico.

Por ello, los ataques del 9/11 nos dejaron importantes lecciones en torno al uso de fuerza militar que mantienen al día de hoy su vigencia. En las relaciones internacionales, el uso de la fuerza tiene dos escenarios o niveles posibles que deben ser analizados: a nivel internacional y a nivel doméstico. A nivel internacional, es importante comenzar afirmando que la amenaza del uso o el uso de la fuerza está prohibido en las relaciones internacionales como podemos encontrar en el Artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas.

Dicha prohibición tiene dos excepciones. Una de ellas es la legítima defensa, regulada en el Artículo 51 de la Carta como un derecho inherente de los Estados para responder a los ataques armados o, por práctica estatal, cuando éstos sean inminentes. La otra excepción es una autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSONU) cuando determina la existencia de una amenaza a la paz y seguridad internacionales (Artículo 39 de la Carta) y autoriza el uso de la fuerza «genérica» (Artículo 41 de la Carta) y fuerza militar (Artículo 42 de la Carta). Sin embargo, este marco jurídico es aplicable a un escenario de guerra «convencional», entre Estados y difícilmente incluiría una relación entre actores no-estatales y Estados, más allá de sanciones y un mecanismo de derecho penal internacional. Por ello, el ejercicio de la legítima defensa en contra de Afganistán fue fundado en un criterio de “falta de voluntad o falta de capacidad” que le atribuye su relativa cooperación con los ataques del 9/11.

A nivel doméstico, las restricciones constitucionales en Estados Unidos en torno al uso de la fuerza militar son similares alas nuestros—el Congreso tiene la facultad expresa sobre su autorización. En 2001, el Congreso autorizó al presidente Bush a hacer uso de la fuerza mediante el instrumento conocido como “AUMF 2001”, que permitió utilizar la fuerza necesaria en contra de cualquier nación o personas que se determine planearon, autorizaron, cometieron o asistieron los ataques terroristas del 9/11. Esta herramienta facultativa en el derecho interno de Estados Unidos permitió la respuesta en ejercicio de la legítima defensa, pero jamás se especifica Estado alguno o inclusive individuos. Es decir, es una autorización muy amplia para el uso de fuerza militar en contra de entes desconocidos a los que discrecionalmente se les puede atribuir algún vínculo al ataque en contra de las Torres Gemelas. De hecho, el Ejecutivo de Estados Unidos ha estirado los límites interpretativos y sus facultades con base en una autorización para responder a los ataques ocurridos hace trece años. De esta forma se justifican los ataques selectivos con vehículos aéreos no tripulados o drones (UAV, por sus siglas en inglés) en Paquistán, Yemen y Somalia, ocasionando áreas grises en el sistema internacional por no ser escenarios de guerra convencional entre dos Estados (por ejemplo: Estados Unidos vs. Paquistán), ni tampoco implica la existencia de paz.

El pasado 10 de septiembre, en la víspera del aniversario del 9/11, el presidente Obama anunció una serie de nuevas medidas para contener la creciente amenaza del Estado Islámico que están ancladas en el AUMF 2001. Por ende, la parte compleja de la justificación es si dicha autorización tiene un efecto continuado; es decir, si permiten una respuesta permanente en contra de una «amenaza». Por ello, Obama, en su discurso apeló a la probabilidad de que dicho grupo comenzara a exportar terrorismo y se minara a las entrañas de Occidente y sucediera otro ataque terrorista.

En el escenario internacional, la fundamentación que permitió el ejercicio de la legítima defensa en respuesta a los ataques del 9/11 difícilmente es aplicable a una versión 2.0 de la misma abstracción. Por ello, el esfuerzo norteamericano de ganar legitimidad en foros como la OTAN en ausencia de autorización del CSONU, que sería la justificación legal para ejercer el uso de fuerza militar en contra del Estado Islámico. Por otro lado, a nivel doméstico en Estados Unidos.

El uso de la fuerza militar debe estar limitado en el escenario internacional, y una de las principales lecciones del 9/11 es la ligereza con la cual se adoptan operaciones con base en justificaciones débiles que pueden traer implicaciones importantes en el largo plazo en cuanto al orden mundial. Por ello, valdría la pena redimensionar las amenazas y premiar la cooperación internacional para dar respuestas integrales, pero con base en fundamentos jurídicos que permitan mayor certeza y estabilidad a la comunidad internacional.


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