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Análisis: Tiempos de cambio…sin saltos al vacío

Análisis: Tiempos de cambio…sin saltos al vacío

May 6, 2017

Por Carlos Anguiano //

México, es un país con una democracia joven, donde las elecciones han servido para mejorar bajo presión el desempeño político y la eficacia del gobierno, la gran virtud que venimos arrastrando desde inicios de este siglo, es que nadie puede estar seguro de ganar la siguiente elección y acertadamente, nadie puede tener seguridad de que gozará de impunidad al concluir su mandato.

Los mexicanos se han vuelto agudos, escépticos, incrédulos y desconfiados en los ámbitos federal, estatal y municipal. La crítica y la oposición no siempre conllevan una evaluación objetiva de resultados ni de desempeño de nuestros gobernantes.

En sentido útil, evaluar al gobierno estratégicamente debería pretender conocer el impacto de las políticas públicas implementadas, la utilidad de los programas sociales ejecutados, en qué y cómo se dispone de los recursos del erario, la calificación que se le brinda a los servicios públicos, la calificación que los gobernados le otorgan a los servidores y funcionarios públicos, así como  la confianza que se tiene en las instituciones.  

Ha sido un acierto y gran progreso el que la sociedad mexicana vaya logrando cada vez más atar las manos, haciendo saberse observados a los políticos, inhibiendo las prácticas que debemos erradicar.  Se ha avanzado lento en contener los abusos, los excesos del poder. Todo ello está bien y es muy útil, aunque insuficiente. La nación necesita mucho más que criticar a quienes hacen, como lo hacen y hacia dónde van. Lo que la nación requiere es rumbo, visión colectiva, una nueva ruta planeada que no dependa de los partidos políticos, de sus candidatos y de quien encabece el esfuerzo de gobernar. Lo que sigue es mejorar paulatinamente en evaluar los gobiernos en turno y elegir a futuro mejores perfiles para que se gobierne mejor, procurando que sea pensando en el bienestar colectivo como interés superior. 

Se necesita cambiar la cultura política de la gente, entendiéndola como la representación de factores tales como los conocimientos, las creencias, los valores, la moral, las leyes, las costumbres y los hábitos adquiridos por el ciudadano como miembro de una sociedad, y en base a ello modificar drásticamente cómo se involucra el pueblo en la toma de decisiones y en el actuar del gobierno. Algunos rasgos de nuestra cultura que describió desde 1950 Octavio Paz, en su exquisita obra El Laberinto de la Soledad (1950), prevalecen y deberían ser modificadas para vencer resistencias  y transformar nuestra nación, puesto que el mexicano aún:

·      Toma en cuenta más el valor del puesto que el valor de la persona.

·      Trabaja para vivir, no vive para trabajar.

·      Puede improvisar, crear; es inmensamente imaginativo.

·      Cuando es pobre, gasta ostentosamente para lograr posición.

·      No es jugador de equipo. 

·     Percibe la vida de tal forma que para él el pasado no está muerto, el presente lo vive intensamente y el futuro lo ve como fatalismo.

·      Vive en la fiesta, haciendo catarsis. 

DENTRO DEL LABERINTO

El terrible laberinto que enfrentamos,  siguiendo a Octavio Paz, nos condena: se dice que el mexicano se refugia en su soledad negando su identidad, la asocia con una historia de fracasos, derrotas, violaciones, abusos, opresión, dominación y el mismo desconocimiento de estos eventos históricos lo hunde profundamente. 

Me parece muy peligroso que entre la fiesta, las máscaras, la imaginación y la gran creatividad de la idiosincrasia mexicana, seguimos creyendo que la política es sólo una agencia de colocaciones, una ocupación de elites, ajena a lo cotidiano, y que el nivel de participación a nuestro alcance es sólo como seguidores, aplaudidores, viviendo de la esperanza, soñando, criticando, envidiando, sin participar activamente en las cosas que repercuten directamente sobre nuestra vida comunitaria, nuestra vida social, nuestra vida familiar. No preocuparnos por que se gobierne mejor, es la principal omisión de nuestro pueblo. El 5% de los mexicanos decide. Otro 15% aspira a decidir y se pone en agitación intentando desbancar y sustituir a los caídos del primer 5%. El resto, viaja a la deriva. Respalda verdades mediáticas, consignas mercadológicas. Se come todas las cabezas de los diarios sin indagar ni explorar fuentes, datos ni hechos veraces.

El momento socio político actual se caracteriza por mostrar un mundo bizarro donde el simplemente exige cambios, que rueden cabezas, deseando que unos pierdan sin prever que harán los que ganen. Cambiar sin proyecto de nación es temerario.  Todo cambio debe hacerse con la intención de mejorar. Cambiar sin ruta, sin proyecto definido antes, es un salto al vacío que fácilmente puede desembocar en crisis. El deseo nacional de cambio sigue insatisfecho, aunque vivimos ya la transición nacional hacia el PAN, el regreso al PRI, personajes fortalecidos de la izquierda que mantienen varios lustros de denostación profesional y actualmente se alienta a buscar el poder por la vía independiente.

En forma ideal, partidos, candidatos, aspirantes y sociedad en general, deberían procurar encontrar puntos de coincidencia, discutir racionalmente acordando agenda común, delineando un proyecto asertivo de futuro, para hacerlo realidad, partiendo de la necesidad de cubrir asuntos amplios, de beneficio colectivo, para devolverle a México certeza en el próximo gobierno donde exista mayor confianza en los gobernantes, provengan del partido que sean o independientes si llegara a ser el caso.

MÁS ALLÁ DE EJERCER EL VOTO

Nuestra cultura política debería ampliarse y cultivarse. Comprender que el voto emocional no aporta nada a la solución de los problemas y retos nacionales; difundir que es necesario trabajar en conjunto para alcanzar logros comunes y superar los retos que exigen respaldo de sociedad y gobierno.

La participación ciudadana no debe de darse únicamente al votar, sino trazando camino, señalando deficiencias y proponiendo soluciones, coadyuvando en hacer posible superar los rezagos y mejorar el ejercicio del gobierno, dejando atrás lastres dolorosos como la corrupción, la prepotencia, el abuso y el servirse a sí mismo al gobernar, en lugar de servir a la colectividad. El riesgo de vivir engañados, simulando que cambiamos pero quedando igual, es latente. El futuro se define desde ahora. Construir la democracia implica hacer ciudadanos libres, pensantes, pro activos, informados, involucrados en el pensar, el decir y el hacer público. Sólo así los cambios tendrán sentido, rumbo y utilidad.

http://www.inteligenciapolitica.org

@carlosanguianoz en Twitter