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Columna invitada | ¡No hay límites al crecimiento!

Columna invitada | ¡No hay límites al crecimiento!

Jun 27, 2015

Por Ángel Palacios Zea

La encíclica del papa Francisco, Laudato si —sobre el cuidado de la casa común— evalúa aspectos relevantes en torno a la crisis civilizatoria que enfrenta la humanidad. En el tema central que le ocupa, se parte de la necesidad de conjuntar voluntades para superar un enfoque unilateral: «es necesaria una ecología económica, capaz de obligar a considerar la realidad de manera más amplia. Porque la protección del medio ambiente deberá constituir parte integrante del proceso de desarrollo y no podrá considerarse en forma aislada. Pero al mismo tiempo se vuelve actual la necesidad imperiosa del humanismo, que de por sí convoca a los distintos saberes, también al económico, hacia una mirada más integral e integradora. Hoy el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma, que genera un determinado modo de relacionarse con los demás y con el ambiente». (LS, 141).

Además, en otro pasaje, se vincula el principio del Bien Común a lo anterior. «La ecología humana es inseparable de la noción de bien común, un principio que cumple un rol central y unificador en la ética social. Es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral». (LS 156).

Al mismo tiempo, el Pontífice vuelve a poner el dedo en la herida, al retomar su vehemente repudio a la financerización descontrolada de la economía, plasmado en la exhortación apostólica Evangelli Gaudium.

«La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente curación. La crisis financiera de 2007–2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía». (LS 189).

Es un llamado a reflexionar en profundidad la crisis del mundo contemporáneo —vacío de grandes metas y valores— con «una comprensión humanista y rica de sentido que otorguen a cada sociedad una orientación noble y generosa. (LS 181).

Por lo anterior, nos corresponde añadir algunas observaciones necesarias. La raíz de la crisis actual se remonta a la hegemonía que mantuvo el poderío colonial angloholandés, a partir del final del siglo XVII, fundamentado en la matriz religiosa de la predestinación calvinista, origen del excepcionalismo adoptado por la oligarquía estadounidense más que nada en el siglo XX. En el centro de ese conjunto valores encontramos el concepto venenoso de «límites» a la perfección del hombre y su consecuente relación con la naturaleza, lo que se traduce en la cuestionable idea catastrofista de la escasez de recursos naturales, necesarios para garantizar niveles de vida dignos a la población mundial que crece.

Existe una doctrina económica hermanada con el colonialismo, o creada por él. Es ejemplar la Escuela de Haileybury instituida por la odiosa Compañía Británica de las Indias Orientales, cuya premisa fue la falacia de la escasez de recursos y el juego de la rebatinga de sus poseedores. Dado que las coincidencias no son tan fortuitas, uno de los primeros profesores fue el reverendo Thomas Malthus, quien inventó el conveniente sofisma que le dio la gloria, de la disparidad entre el crecimiento poblacional y los recursos naturales. David Ricardo también se graduó ahí.

Nuevas formas de colonialismo se han inventado, pero su núcleo de embustes maltusianos continúa idéntico. Así, a pesar de los evidentes avances científicos y tecnológicos y el mejoramiento de los niveles de vida de la población mundial, aquella es la ideología que mueve al ambientalismo radical moderno. Este nos habla de la «capacidad de carga» del planeta, que no aguantará que el nivel de vida que se ha alcanzado el mundo desarrollado se intente generalizar a toda la población mundial.

Resulta que el cuerpo de la Doctrina Social de la Iglesia a partir de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII (1891) ha incorporado una decidida oposición al maltusianismo. Por eso, fue una sorpresa constatar que la encíclica de Francisco Laudato si trata con demasiada benevolencia las tesis de los maltusianos modernos que, entre otras, se han fanatizado con la propuesta de acelerar la descarbonización de la matriz energética mundial, aunque esto implique frenar el desarrollo.

Más estremecedor fue la presencia, en el lanzamiento oficial de la encíclica, al lado del cardenal Peter Turkson, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, del físico alemán Hans-Joachim Schellnhuber, maltusiano de hueso colorado, uno de los principales propagandistas de la fraudulenta hipótesis del calentamiento global presuntamente provocada por el uso de combustibles fósiles. Miembro hiperactivo del tristemente célebre Club de Roma, espina dorsal del maltusianismo contemporáneo, defiende la descabellada e inmoral tesis de que la población máxima del planeta no debe superar la cifra de mil millones de seres humanos —nivel alcanzado a principios del siglo XIX. Coherente en su militancia, es un ardiente adepto de la creación de mecanismos impositivos supranacionales para dirimir asuntos ambientales, o sea, un gobierno mundial. Sus propuestas abarcan una Constitución de la Tierra, un Consejo Global, y un Tribunal Planetario, todas encaminadas a enfrentar lo que considera la amenaza del calentamiento global.

Por eso, el boletín de prensa del Club de Roma sobre la Encíclica afirmó: «El Papa hizo consideraciones que no se distinguen de las que el Club de Roma ha hecho durante años».

En realidad, la visión del mundo de la oligarquía en el poder, que considera tanto a los seres humanos como a la naturaleza meros objetos de uso, es la mayor amenaza al futuro del Hombre. Los avances de la ciencia y de la tecnología y las instituciones comprometidas con el bien común permitieron que la población mundial creciera de 1.6 mil millones, al inicio del siglo XX, a los actuales 7 mil millones de personas, al mismo tiempo que la expectativa de vida saltó de 40 a 75 años. No existen límites físicos para que todos los pueblos del planeta puedan disfrutar, en menos de dos generaciones, niveles de vida medios comparables a los que hoy se disfrutan en los países industrializados.

El hombre, imagen viva de Dios, y la sociedad organizada en torno de esta poderosa Idea motriz judeo-cristiana, tiene la responsabilidad de cultivar los avances y descubrimientos de las leyes el universo físico que posibiliten, por medio de una economía justa y solidaria, distribuir sus beneficios a la población en general. Para citar al gran economista estadounidense Henry C. Carey (1793–1879), la gran tarea de nuestro tiempo es «sustituir el detestable sistema conocido como maltusiano por el verdadero cristianismo».