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Correcciones de mentiras

Recientemente tuve un encuentro con el gobernador, Emilio González Márquez. Hace tiempo que no lo veía pues diferentes circunstancias, algunas que explicaré más delante, nos alejaron. No puedo decir que Emilio y yo seamos amigos, creo que no lo somos y además no tendríamos por qué serlo por nuestra condición: yo de periodista y el de servidor público. No obstante, en el camino de la política, en el que este servidor no escogió estar, pero que el destino se empeñó en empujar hacia allá, coincidí con Emilio desde hace muchos años. Conozco a su esposa –a quien considero una magnífica persona– y creo que él conoce a la mía –aunque creo que ni la ubican–.

 

La mejor época de nuestra relación fue cuando yo era director de noticias de una televisora y él dirigente del Partido Acción Nacional, allá por los noventas. A Emilio siempre le gustó el debate y, debo reconocerlo, era bueno para la guerra de las palabras e ideas. Como dirigente, no se caracterizó por su habilidad para negociar con las demás fuerzas políticas, pero ni falta que hacía porque tuvieron en su periodo en la lona al PRI y el PRD casi ni existía.

 

Todo esto viene a colación en mi memoria a propósito de ese reciente encuentro en Casa Jalisco, la de Manuel Acuña, donde estábamos varios directores de medios de comunicación, y entre broma y broma, sarcásticamente –típico de Emilio– dijo: “Aquí está el que más me quiere de los periodistas”, refiriéndose a este servidor.

 

Debo reconocer que he sido duro con algunas de las críticas que he hecho a acciones del gobernador González Márquez, pero estoy cierto de que nunca he mentido. Sigo pensando que ha hecho cosas que en otros sitios, no digamos países, le hubieran costado la chamba a cualquier político de medio pelo, no digamos al gobernador de un estado, comenzando por la mentada de madre, siguiendo con el donativo a la Iglesia y terminando con el más reciente episodio de la borrachera que culminó con la visita a la casa particular de Raúl Padilla, líder moral de la Universidad de Guadalajara, en cuyas piernas terminó el “político más importante de Jalisco” (creo que así le llaman a los gobernadores).

 

Emilio ha perdido muchas perspectivas de la vida. Es normal, el poder puede llevar a las personas a perder la noción del tiempo y el espacio y en ocasiones la diferencia entre el bien y el mal, o mejor dicho, lo que está bien y lo que está mal. Emilio perdió la noción entre lo personal y la crítica, si, esa critica que tanto le favoreció en tiempos electorales y lo llevó a superar a un candidato que le llevaba 20 puntos de ventaja.

 

Sacar a relucir en este momento la mentada de madre de hace tres años a muchos nos sorprendió. No venía al caso revivir el asunto que más dañó su imagen en el momento en el que aspira a ser candidato a presidente. Pero lo hizo, lo sacó a relucir, mintiendo, inventando una historia de un supuesto reportero al que se la dedicó por sus críticas al tema del donativo para el Santuario de Los Mártires. Obligando a los medios de comunicación a sacar las grabaciones del fatídico día y evidenciando que, primero, Emilio estaba ebrio, pero de eso no dijo nada, segundo, las cosas no fueron como dijo, y tercero se sigue “cilindreando” como dice él cuando se le va la lengua sin poderla parar.

 

Emilio lo que mejor sabe hacer es ser candidato. Lo peor, es corregir errores, y lo aún peor es mentir. Ojalá mejor no lo hubiera sacado a relucir porque como dice mi compadre “el que se sube se pasea”.

 

E-mail: alfonso_@hotmail.com