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Daño colateral

La reciente muerte de mi tío Bruno, así como la de mi papá hace casi siete años, y la lectura del nuevo libro de Julio Scherer García, me lleva a estas reflexiones.

Curiosamente, Bruno y Herbert nacieron en fechas históricas de un país del que no tenían la remota idea de su existencia. Ambos en 1928, en Austria, uno el 16 de septiembre y el otro el 19 de noviembre (casi el aniversario de la Revolución). En mi familia abundan rarezas de parentesco, pero primos, hermanos y medios hermanos, han mantenido un mismo lazo sin diferenciaciones. Herbert y Bruno era primos, pero se querían como hermanos. Con sus respectivos padres y hermanos, con un mes de diferencia, llegaron a México en 1942.

Ambos tenían entonces 13 años y eran parte de esas familias exiliadas por la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, ambos trabajaron en áreas de comunicación. Bruno en lo que hoy es Televisa durante casi 50 años, y mi papá en lo que actualmente conocemos como Teléfonos de México, por 40 años. Cada uno dio a sus hijos y demás descendientes el bienestar que se podía.

 

Mis abuelos estuvieron en campos de concentración de los nazis y formaron parte de esa generación que frustró sueños por los desatinos de dos guerras mundiales. Esos abuelos y abuelas murieron en México en edades prontas, para los rangos de la época y actuales. Cambiar de país, idioma, costumbres, por culpas de otros, no es fácil para nadie.

 

Ya más jóvenes y algo adaptados, Bruno y Herbert compartieron el gusto por la actuación, el arte y el ajedrez. Hace poco más de 10 años, ellos –y muchos más– recibieron la novedad que por ser sobrevivientes del Holocausto, recibirían de diversos grupos sociales, una indemnización por la atrocidades nazis.

 

Entre mil peripecias, más que por la cantidad de dinero, esencialmente simbólica, el mensaje fue: no los olvidamos.

Lejos en geografía y tiempo, era reconocer que por circunstancias ajenas a sus voluntades, fueron víctimas de una guerra, en la que no tenían la más mínima participación.

 

Era también una forma de decir que los sacrificios, sueños idos y las vidas de sus padres, no habían sido en vano.

Por otro lado, era admitir el daño colateral.

 

Los 36 mil muertos de la guerra de Calderón superan la cifra de víctimas de otras guerras. Los datos de Scherer marcan que ni la ETA, el ERI, Brigadas Rojas, Sendero Luminoso y otros más, suman menos que los que llevamos aquí.

 

El “¿yo por qué?” forma parte del diccionario cotidiano donde nos puede tocar un enfrentamiento mientras caminamos o comemos una hamburguesa.

Pero lo peor es el desdén.

 

El Gobernador celebra una Casa Jalisco en Chicago (y gasta 67 millones de pesos) mientras que en Guadalajara, en las vías de avenida Inglaterra (donde quiere poner su Vía Expré$) , esperando el tren, se violan los derechos elementales de humanos que esperan el turno para cruzar el territorio que compartimos.

 

En ese mismo tono de desparpajo, el Secretario de Hacienda insulta nuestra inteligencia con sus seis mil pesos mensuales de bienestar, mientras él se embolsa seis mil 800 pesos diarios.

 

Somos víctimas de ese daño colateral que permite pagar 205 mil pesos mensuales a tanta ineptitud.

 

Pero no. Nadie siquiera sugiere que sí hay culpables de que le toque un fuego cruzado a unas niñas o un granadazo a quienes se divierten en un antro.

 

Como a mi papá, tío y demás parentela, fue el recordatorio de que no hay que olvidar los errores de otros.

 

Aunque nunca es tarde para remediar, aquí hemos sepultado el dolor y hemos sido cómplices del olvido.

 

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