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De Frente al Poder: La felicidad como política de gobierno

De Frente al Poder: La felicidad como política de gobierno

Mar 19, 2018

Por Óscar Ábrego //

La felicidad es la más alta aspiración del ser humano. Desde que nuestra especie es consciente de que la vida es un milagro efímero, la incansable búsqueda por alcanzar la felicidad es una constante en la vida de las personas.

No en vano es que la Organización de las Naciones Unidas instauró el Consejo Global de la Felicidad hace cinco años; entre otros asuntos, este órgano es el responsable de aplicar y difundir el Reporte de la Felicidad, que es la encuesta mundial que se realiza año con año a fin de conocer los estándares de bienestar en las distintas regiones del orbe.

Entre otras variables, se consideran en esta medición, la educación, salud, oportunidades de empleo, seguridad, protección ecológica y el crecimiento  de la economía. Y es justo en este sentido que no resulta extraño que naciones como Noruega, Suiza, Finlandia, Holanda, Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Suecia, siempre aparezcan en los primeros lugares desde que existe dicho instrumento de evaluación.

Al respecto, es conveniente señalar que el común denominador en estos países es que sus políticas públicas, de algún modo, están orientadas al bienestar y desarrollo integral de sus ciudadanos. La puesta en marcha de nuevas normas democráticas o la permanente evolución de sus modelos de enseñanza-aprendizaje, se alinean a los requerimientos de la población en general y su visión como país.

Cuando uno analiza, por ejemplo, el sistema educativo de Finlandia o Nueva Zelanda, nos percatamos de que el centro del proceso es la persona. En sus programas de estudio –desde los primeros años hasta los niveles de postgrado- prevalece el respeto a las habilidades y capacidades únicas del estudiante; los estímulos a la creatividad y el respeto a la libertad están latentes en todo momento.

Por su parte, los docentes viven una experiencia de formación basada en el entendimiento del ser humano, por ello consideran que la memorización es mucho menos relevante que la comprensión y el entendimiento de las materias que imparten.

Ni qué decir de sus fórmulas de convivencia social y desarrollo económico. En países en que los estándares de felicidad son muy elevados, la desigualdad  se combate con amplias oportunidades de formación para todos y un sólido sistema de seguridad social. La promoción del deporte, la cultura y las artes,  forma parte de la vida cotidiana de sus comunidades. Y más aún, sus modelos de participación ciudadana e impartición de la justicia son diseñados para inhibir fraudes electorales y actos de corrupción e impunidad.

Así las cosas, y teniendo como marco el día internacional de la felicidad, resulta oportuno lanzar la siguiente pregunta: ¿debe la felicidad ser el eje de algunos programas de gobierno para fomentar el bienestar y desarrollo integral de los ciudadanos? La respuesta es sí.

En caso de que nuestros futuros gobernantes y legisladores asuman con valentía que el gran desafío de México y Jalisco consiste en replantear las políticas públicas con el objetivo de mejorar nuestro convivio colectivo, entonces estaremos atestiguando una nueva manera de hacer historia.    

La experiencia de otras naciones nos dice que comenzaron por innovar en las áreas más sensibles del individuo; es decir, la salud, educación, esparcimiento,  crecimiento económico, deporte,  cultura y el amplio abanico de la seguridad.

Lo único que hasta ahora nos queda claro es que las políticas públicas –desde lo municipal a lo federal- carecen del enfoque al que aquí nos referimos; sólo atienden lo inmediato y obedecen a criterios asistenciales y electoreros, por tanto, no hay dinero que alcance ni cambio profundo y verdadero en la gente.

Si algún presidente municipal, el siguiente gobernador del Estado o el próximo presidente de la República, tiene la audacia de implantar programas de gobierno  pilotos que sean medidos y evaluados, en concordancia con la felicidad, entonces cambiará el destino de miles de ciudadanos, y con ello, estaría dando el primer paso hacia la trascendencia personal e impulsando una  auténtica transformación nacional.

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