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De Frente al Poder: Legislar contra los orates

De Frente al Poder: Legislar contra los orates

Feb 26, 2018

Por Óscar Ábrego //

Desde hace algunos años, sostengo que la principal reforma que requiere este país es la reforma mental. Todos, sociedad en general y la clase política, ya no podemos continuar transitando por las avenidas de la impunidad, la corrupción, la violencia, la intolerancia y la fantasía.

Los cimientos de todas las instituciones presentan fisuras tan pronunciadas que sus columnas ya son demasiado frágiles; la familia, la iglesia, el ejército, y por supuesto, los entes públicos, atraviesan por una fase impredecible y de pronóstico reservado.

En un escenario en el que a diario los noticiarios y las redes sociales dan cuenta de gigantescos desfalcos financieros de quienes ejercen el gobierno, o de que algunos actores del poder asumen posturas hitlerianas y de pronto se ubican en el jet set de los orates, quienes nos mantenemos más o menos en el plano de los cuerdos, haríamos muy bien en impulsar una legislación que obligue, a quienes aspiran a altas posiciones políticas o espacios clave en la función gubernamental, a que se sometan a evaluaciones psicológicas y las hagan del conocimiento público.

Ya es tiempo de despojarnos de tanta ingenuidad. Las mujeres y hombres que buscan arribar al poder suelen ocultar su verdadero propósito; ahora que ya inició la temporada electoral, resulta pertinente deliberar sobre este asunto. 

Los votantes merecemos conocer las condiciones mentales y emocionales de todos aquellos que buscan nuestro voto. Hay suficiente evidencia en el mundo y nuestro país –Jalisco incluido-, que nos grita al oído de que algo anda mal en la cabeza y el corazón de muchos personajes de la vida política.

No es un asunto menor. En un buen número de países las pruebas de control de confianza, como el que se aplica en México, son instrumentos obsoletos porque carecen de un profundo rigor psicológico. 

Recordemos que el poder no cambia a las personas, sino que sólo las desenmascara. Es por eso que a la hora de colectar las simpatías de los votantes, los políticos suelen mostrar un rostro que nada tiene que ver con lo que se oculta detrás de su gesto humilde y amable.

Estoy convencido de que podemos inhibir, por la vía de un instrumento legislativo, la llegada de otro fantoche al Congreso del Estado o el arribo de un nuevo pillo a alguna secretaría o presidencia municipal.   

Legislar para aplicar evaluaciones psicológicas a quienes ansiosamente pretenden alcanzar un sitio en las estructuras del poder público, no sólo es posible, sino imperativo. En lo personal me inquieta que entre quienes nos gobiernan, imparten justicia, o hacen  las leyes, continúen infiltrándose sociópatas, psicópatas, acomplejados o personas con serios déficits de inteligencia emocional.  

Claro que una norma de esta naturaleza no garantizaría que los apetitos eróticos, económicos y de poder absoluto, desaparezcan de quienes ocuparían un lugar en la función pública; sin embargo, lo que sí, es que la sociedad tendría acceso a una información fundamental para conocer el verdadero yo que se esconde en la sonrisa o el abrazo afectuoso de los candidatos.

De lograrlo, nos evitaríamos sorpresas, decepciones y sobre todo, muchos enojos.

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