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DEL SUEÑO AMERICANO

DEL SUEÑO AMERICANO

Oct 15, 2011

En la consecución de los planes del movimiento social “Ocupa Wall Street” (Ocuppy Wall Street) está implícito el generar réplicas de este en todo el país norteamericano. El público estadounidense se ha dado cuenta -acorde a la fortaleza con que el movimiento social ha ido creciendo –que para la posibilidad de un verdadero cambio se necesita, como ingrediente principal, la voluntad de hacer un cambio y, segundo, tener fe en ellos mismos para generarlo.

Es bien sabido por los mexicanos el dicho que “la FE mueve montañas”… ¿será posible que estas creencias de las que hablamos, puedan transformar toda una cultura de la explotación y semi-esclavitud de las mayorías, a las que controla menos del 0.0001 por ciento de su población?

El “American Dream”, ha agotado todas sus argucias de las que se ha valido estas más de seis décadas para implantar modelos políticos y económicos que sólo benefician a un puñado de familias e individuos, a costillas de las carencias y sueños rotos de todos los no nacidos en tales círculos del poder.

Si bien el crecimiento de la economía más poderosa del mundo aún –claro está, a su decir, más no en la realidad– y su posicionamiento como la primera potencia mundial se los debe a la gran diversidad multicultural a la que durante muchos años les abrió los brazos en franco recibimiento, que generó la enorme riqueza en todos los ámbitos posibles (educativa, cultural, científica, tecnológica, social, de valores como la tolerancia, el respeto, le hermandad, la honestidad, el trabajo arduo y honesto), ahora, después de siglos, su incongruencia es su mayor debilidad, que inevitablemente los llevará a una estruendosa caída desde lo más alto que pudieran haber llegado.

La incongruencia a la que me refiero no es en cuanto a su gente, sus habitantes, su pueblo, sino la de quienes hace algunas décadas lograron colarse, lenta, sistemática y funestamente en el aparato gubernamental y las posiciones privilegiadas que llevan las verdaderas riendas de un país, de una sociedad que, distraída por la cuasi genial estrategia de enajenación y alienación cultural ha estado aletargada por muchos años, por el ensoñador canto de las sirenas del consumo desenfrenado, que todos miraban como el máximo logro de su autorrealización, claro, aunque todo estuviera con cargo su tarjeta de crédito, un invento por demás innovador y reveladoramente profético de que lo sería años después de su invención para garantizar la consolidación de la clase socioeconómica reinante en Norteamérica: la financierista.

Según manifiesta Bernie Sanders, senador por el estado de Vermont –el único político de izquierda en el senado de Estados Unidos–: “Hasta el presidente de la Reserva Federal (FED), Ben Bernanke, reconoció cuando le interrogué esta semana en una audiencia del comité económico conjunto que Wall Street “corría demasiados riesgos”. Bernanke declaró también que los manifestantes consideran “con cierta justificación” responsable al sector financiero de “embrollarnos en este desbarajuste”, y añadió: “Y no les culpo por ello” (Sin Permiso, 13/10/11).

Las multitudinarias manifestaciones de “Ocupa Wall Street” tienen en claro que la economía y las leyes actuales del Gobierno favorecen arbitrariamente a las seis más grandes instituciones financieras de su país (Citigroup, Bank of America, Wells Fargo, Morgan Stanley, JP Morgan Chase y Goldman Sachs –la más grande y poderosa de todas–) y que después de toda esta debacle financiera iniciada –abiertamente– desde finales del 2008, son estas las que poseen actualmente, en términos absolutos, más del ¡60 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) de los Estados Unidos…!! Los cuatro bancos más grandes son emisores de dos tercios de las tarjetas crediticias de aquel país –y de una muy buena cantidad de las emitidas en México, directa, o indirectamente– así como más de la mitad de las hipotecas y, además, resguardan el 40 por ciento de todos los depósitos bancarios, mismos que usan para seguir otorgando créditos, hipotecas y financiar sus cabildeos –sobornos– y negociaciones a su favor, como es su costumbre y que nada ni nadie se los impide.

Es esta fuerza –del dinero– la que les convierte (a las instituciones financieras) en un poderoso grupo político. En el término de 10 años, entre 1998 y 2008, con el objetivo de revocar leyes, como la Glass-Steagall (Banking Act –que controla la especulación, separa la banca de depósito y la de inversión–) y derogar otras reformas de ley de regulación financiera y corporativa, invirtieron más de cinco mil millones de dólares (¡!) entre cabildeos y financiamiento de campañas políticas. Gastaron también cientos de millones en echar abajo la ley Dodd-Frank –que implicaba reformas regulatorias financieras– el año pasado. Esto es lo que les permite hacer su enorme poder económico.

¿Qué se debe hacer a partir de ahora para resolver estos apremiantes problemas de fondo?

A decir del senador Sanders: “Para empezar, deberíamos deshacer las instituciones financieras mastodónticas. Dejadas a sus propios medios, los banqueros de Wall Street seguirán jugándose el dinero de los demás. Tarde o temprano, cuando se tuerzan sus envites, volverán al Congreso pidiendo ser rescatados de nuevo. ¿Por qué no cortar esto de raíz? Existe, por ende, un argumento económico sólido en contra de que haya demasiado pocos que poseen más que demasiado. La idea de que las seis gigantescas instituciones financieras puedan ejercer un control tan enorme sobre la economía debería aterrorizar a cualquiera que crea en un sistema de mercado libre y competitivo. Buenos presidentes republicanos como William Howard Taft y Teddy Roosevelt deshicieron Standard Oil, los “trusts” del ferrocarril y otros monopolios hace un siglo.

Es hora de acabar ya con la oligarquía financiera que tan destructiva ha sido para nuestra economía. Si un banco es demasiado grande como para venirse abajo, es que es demasiado grande para existir.

La reforma de Wall Street también debe enfrentarse a la poderosa y hermética Reserva Federal. Una auditoría de la Oficina de Responsabilidad del Gobierno (Government Accountability Office) que yo solicité descubrió que el banco central proporcionó 16 billones de dólares en préstamos rotativos a bajo interés a todas las instituciones financieras de envergadura de este país, a corporaciones multinacionales y a algunas de las personas más acaudaladas del planeta. La Fed ayudó incluso a rescatar a otros bancos centrales del mundo. Cuando Wall Street estaba a punto de derrumbarse, la Fed actuó con audacia. Hoy, con la clase media cayendo en picado, la Fed debe actuar con la misma energía.

Y mientras el desempleo no disminuye –con índices reales de un 16 por ciento y en algunas zonas de más del 20– y sigue aumentando la cifra de más de 46 millones de norteamericanos en la pobreza, la distancia entre ricos y pobres se hace mayor, mostrándonos uno de los mayores ejemplos –sino el que más– de desigualdad en el mundo, en el país de donde se exportó al resto del mundo su “exitoso” modelo económico neoliberal.

La Reserva Federal tiene la autoridad ante la ley, para remediar muchos de estos males que aquejan a los estadounidenses regulando las tasas de interés y comisiones bancarias, suministrando préstamos e incentivos para las pequeñas y medianas empresas –generadoras de la mayor parte de los empleos en cualquier país del mundo– para poder salir de la recesión en que la economía se encuentra; sin embargo, nada de esto se manifiesta o se vislumbra en el horizonte. Lejos de lo anterior, la Fed está, en la práctica, para velar por los intereses de los grupos detrás del poder político y defender, a ultranza, el modelo económico que ellos mismos crearon y que sigue martirizando a miles de millones en el mundo.

El senador Sanders, un ejemplo de valentía, sensatez y sensibilidad política de la nueva izquierda mundial –y en constante crecimiento–, podría convertirse en un importante baluarte de la nueva democracia estadounidense que parece empezar a bocetarse dentro de toda la hecatombe actual.

 

E-mail: albertogomez.consultor@gmail.com