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EL CIRCO DE OBAMA

EL CIRCO DE OBAMA

Ago 7, 2011

Panem et circenses (“Pan y circo”), la conocida máxima latina inmortalizada en las Sátiras escritas por el poeta romano Décimo Junio Juvenal, describe las prácticas de un gobierno que, mediante la distracción de su masa ciudadana con entretenimiento –generalmente de muy baja calidad (v.gr. Federación Mexicana de Futbol y telenovelas)– y la provisión de alimentos –aunque pobres en nutrientes y a un altísimo precio para la mayoría de la población– pretenden ocultar hechos controvertidos o de impacto profundo para la sociedad misma.

Esta práctica milenaria tiene su origen en el Imperio Romano, cuando los emperadores regalaban trigo y entradas para los juegos circenses, como las carreras de carretas –aurigas o cuadrigas generalmente– en el circo romano y las luchas de gladiadores o representaciones de épicas batallas de las conquistas de nuevos territorios para la expansión del Imperio.

El apogeo del majestuoso entretenimiento romano en la antigüedad comenzó durante el siglo I d.c., cuando el emperador Tito Flavio Sabino Vespasiano (9-79 d.c) mandó construir el original Amphitheatrum Flavium, después conocido como Colosseum (Coliseo) en la capital del Imperio, Roma. El Coliseo llegó a tener un aforo (capacidad para espectadores) para 50 mil personas.

Este coloso del entretenimiento, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980, sigue maravillando a ingenieros y arquitectos en la actualidad por el grado de complejidad de su estructura, mecanismos y funcionamiento que bien podía funcionar como arena para la encarnizada lucha de gladiadores, como un escenario acuático para la representación de batallas navales.

Su inauguración duró 100 días, en los que se ofrendaron tanto las vidas de cientos o miles de gladiadores traídos de los más recónditos lugares del Imperio, como de animales de origen asiático y africano, todo para el beneplácito de la plebe y la legitimación anímica de Vespasiano, ascendido a emperador tras un turbulento período de luchas internas de las cúpulas de poder tras el suicidio de Nerón.

Vespasiano, que había alcanzado el rango senatorial durante la dinastía Julio-Claudia y nombrado cónsul, adquirió un enorme prestigio como estratega militar estando al frente de la invasión romana de Britania al mando de la Legio II Augusta (la cuasi mítica legión militar de élite); comandó también a las legiones romanas que enfrentaron la rebelión judía del año 66.

En la inestabilidad política agravada tras la muerte de Nerón y sus dos fugaces sucesores en el trono, Vespasiano fue proclamado emperador por los ejércitos apostados en las provincias de Judea y Egipto. Seguido de esto se enfrentaría a las tropas leales al emperador Vitelio, designado emperador tras la muerte de sus dos predecesores, Galba y Otón, en el “año de los cuatro emperadores”.

El Imperio Romano a manos de Vespasiano tomó un nuevo rumbo, principalmente debido a la recesión económica como resultado de las guerras intestinas de las élites del poder y su desmedida ambición por la obtención de mayores riquezas. Esto obligó al nuevo emperador a la imposición de nuevos impuestos y resucitación de otros hacía tiempo derogados, así como el aumento del tributo de las provincias y la estrecha vigilancia de los administradores del tesoro.

En las provincias del Imperio, como Egipto, comenzaron a estallar protestas como consecuencia de la política fiscal del nuevo emperador –la de Alejandría, por ejemplo– que causaron que el envío de granos a Roma se detuviera y la población de la capital del Imperio, a punto de desfallecer por la inanición, amenazara la tambaleante estabilidad del gobierno de Vespasiano, además de las guerras civiles en varios de los territorios conquistados.

A su arribo a Roma, en el año 70 d.c., Vespasiano tomó una serie de medidas para consolidar y legitimar su posición como líder del Imperio, algunas en lo político y otras como parte de su campaña propagandística:

Ofreció regalos a ciudadanos y en especial al ejército a fin de evitar el amotinamiento.

Reestructuró el Senado, colocando en posiciones estratégicas a sus más allegados aliados, eliminando a sus enemigos y opositores.

Propago la idea de su divinidad, nacida en Egipto, y logró que circularan por todo el Imperio.

La acuñación de nuevas monedas proclamaban sus victorias militares y la paz lograda por él en el Imperio.

Construyó en el Foro Romano el Templo de la Paz.

Vespasiano falleció víctima de males intestinales en el año 79 d.c. y sus últimas palabras fueron: “Vae puto deus fio..!” (“Vaya, creo que me estoy convirtiendo en Dios”).

Así, las costosas representaciones circenses de origen romano, han servido infaliblemente –hasta ahora– a los gobiernos que han utilizado estas estrategias de control y contención social hasta nuestros días. Para ejemplo más reciente está la pomposa representación del drama económico-financiero de Estados Unidos con el mediáticamente engrandecido “riesgo de suspensión de pagos” de su deuda soberana acaecido en días pasados, en el que la trama –aún de consecuencias impredecibles en la realidad– ha sido, hasta el día de hoy (cierre de la presente edición de Conciencia Pública) la degradación de la calificación de los bonos emitidos por el Departamento del Tesoro estadounidense por la empresa calificadora Standard and Poor’s (S&P) por primera vez en su historia desde 1917, cuando se comenzó a realizar este tipo de evaluaciones de solvencia crediticia, siendo la firma Moody’s –una de las tres que conforman ese oligopolio– quien otorgó dicha calificación, seguida de S&P cuando se fundó en 1941.

La calificación de S&P de los bonos estadounidenses, que había sido siempre AAA (la más alta calificación, fiable y estable) respecto a su grado de factibilidad de inversión, se vio disminuida a AA –todavía en el grado de inversión–, pero que resulta bastante precaria ante las posibilidades de recuperación de la economía del país, como se vio de manera inmediata en la caída de la Bolsa de Valores de Wall Street tras el anuncio de la degradación calificatoria, teniendo la peor semana en dos años, tras una fugaz recuperación tras el anuncio del acuerdo entre legisladores republicanos y demócratas para subir el techo de la deuda del país “más poderoso” del mundo, de 14.3 billones de dólares –alcanzado en la primera mitad del 2011–.

De manera inmediata, al lograrse el acuerdo tan mediáticamente buscado por la administración del presidente Barack Obama, la autorización de endeudamiento sube en 900 mil millones de dólares, a los que se añadirán otros 1.5 billones el año próximo. Esto permitirá que cuando menos en el mediano plazo el gobierno pueda seguir operando de manera “normal”, cuando menos hasta pasado el proceso electoral del 2012 en el que Obama buscará su reelección. Por otra parte, se buscará reducir el gasto gubernamental en al menos 2.1 billones de dólares durante los siguientes 10 años. Para finales del 2011 un comité bicameral (Representantes y Senadores) y bipartidista (republicanos y demócratas) definirá otras áreas de gasto del gobierno, cuya eliminación o su recorte permita bajar otros 1.2 billones de dólares el déficit federal.

Desafortunadamente para la población norteamericana, estos recortes en el gasto corriente del Gobierno serán en detrimento de su bienestar general. Una bola rápida que el poder detrás del gobierno tenía preparado “entre bambalinas” del espectáculo principal, anunciado, iniciado y actuado por el actor político –en sentido literal– del momento, Barack Obama –Premio Nobel de la Paz 2009–.

En la mira de los ambiciosos planes de los maquinadores de la inminente nueva crisis económica están las masas ciudadanas. Para los ejercicios 2012 y 2013 el financiamiento discrecional aprobado se divide en dos categorías: las “vinculadas a la seguridad” y las “no vinculadas a la seguridad” (alimentación, vivienda, Medicare, Medicaid), donde esta última se verá gravemente afectada, con la consecuente repercusión en la calidad de vida del ciudadano promedio pero que, aunado a esto, traerá como consecuencia el crecimiento del descontento social y sus manifestaciones de inconformidad cada vez más severas que, de no ser controladas y suprimidas oportunamente, acelerarán la caída del Imperio Estadounidense y, de tener éxito, prolongarán por algún tiempo más, la detención del poder absoluto en Estados Unidos por los oligarcas mundiales a través de la imposición de un régimen neofascista –creciente a todas luces–.

A fin de cuentas, para bien o para mal, la historia siempre se repite. El circo de Obama, emulando al romano, tiene abiertas y funcionando todas sus pistas, ya será decisión de los estadounidenses el dejarse seducir –manipular– por el aparatoso espectáculo, en el que, de comprar sus entradas, sus cabezas sean las que rueden por la arena del moderno Coliseo, ahora mediáticamente virtual, pero más devastador y cruel que el del emperador Vespasiano.

 

E-mail: albertogomez.consultor@gmail.com