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EN LA MIRA | Administradores cuadrados

EN LA MIRA | Administradores cuadrados

Sep 12, 2015

Una de las tragedias de la burocracia es la rigidez, aquella vocación a acomodar el 1 antes del 2 y del 3 (y hacer cortocircuito cuando les cambian ese orden). La tirria que las empresas y particulares tienen contra la burocracia deriva de esa característica, la de no poder pensar las cosas de forma distinta a la que dice su manualito.

En un enfoque económico, la rigidez burocrática implica una transferencia de costo: la inflexibilidad del administrador la paga el empresario, el ciudadano, el gobernador. En los países sajones, aún en el siglo XIX, la burocracia era vista como una extravagancia del formalismo francés. Por ejemplo, cuando la reina Victoria le preguntó a su primer ministro Palmerston qué significaba burocracia, él sólo atinó a responder que «se refería a un fenómeno exclusivamente continental, desconocido en Inglaterra».

Lo cierto es que en México esta rigidez burocrática es motivo de dos fenómenos opuestos: la ineficiencia y la corrupción. Cuando la rigidez burocrática se aplica (bajo el muy juarista principio de que «la ley a secas es para los enemigos»), el perjudicado es el gobernador y es en su bolsillo (patrimonio, tiempo, comodidad, molestia) en donde se cargan los errores del mal diseño de la regla de gobierno. En contraste, la ineficiencia de la burocracia puede esquivarse con «la facilitación del corrupto», ya que, en este país, es bajísimo el costo de oportunidad de evadir la ley.

Así, la rigidez burocrática incentiva la corrupción y permite el trato discriminatorio (la excepción para los cuates, para los influyentes): entre más desquiciada sea la regla o el trámite, existen más oportunidades para que el burócrata opere con discrecionalidad o deshonestidad.

Ahora, que el debate público está en las licitaciones y contratos de gobierno, la pregunta es si la vocación a la rigidez formalista debería dar paso a la racionalidad material o, en español más claro, si ya es tiempo de que la Administración atienda más al fondo que a la forma. La simplificación administrativa, que ya tiene treinta años de que supuestamente empezó, no tiene resultados contundentes. Asuntos tan básicos, como que el servicio de limpia de Zapopan pase todos los días a recoger la basura, o que las calles se encuentren plenamente iluminadas, simplemente no suceden. La situación se complica si se trata de solicitar permisos, pedir información pública o pactar contratos con el gobierno.

El principal obstáculo para erradicar la rigidez administrativa es el poder del burócrata: disciplinar al funcionario necio, inepto, corrupto u obtuso requiere mucho tiempo y esfuerzo (y el resultado es incierto): para efectos prácticos, el pequeño burócrata es soberano. Como el Uróboros, el problema es que la falta del Estado de Derecho conlleva la ausencia de controles efectivos y rápidos para corregir a un burócrata cabezón, esa falta de controles hacen que el costo de oportunidad de la corrupción sea más bajo que el de cumplir con trámites tontos y engorrosos. En consecuencia, los beneficios de la corrupción generan incentivos para que la clase política no permita reformas que supriman ese modelo ineficiente (o no apruebe que se incorporen remedios contra la rigidez poco inteligente).

Los malos burócratas confunden rigidez con organización u orden. Quizá habría que recordarles que la organización sirve a las necesidades de la gente y no al revés: las inflexibilidades y formas sólo funcionan cuando son los medios más adecuados para beneficiar a la gente. Si no cumplen con ese objetivo, las rigideces son meros pretextos de administradores cuadrados para detentar irracionalmente el poder.   

oscarconstantino@gmail.com