Portal informativo de análisis político y social

EN LA MIRA: Capitán improcedencia

EN LA MIRA: Capitán improcedencia

Feb 15, 2014

Por Óscar Constantino Gutiérrez —-

En una oficina municipal, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo laboraba un licenciado de los de libro de machotes en escritorio, computadora antigua, jurisprudencia desactualizada y joven notificador.

El ilustre licenciado, cada vez que alguien impugnaba los actos del ayuntamiento, aducía mil y un causales de improcedencia, la mayoría de ellas absurdas e inatendibles, para entorpecer la labor de los tribunales: Que si el juez usa peluquín, que si el actuario hablaba con papa en la boca, que si los actos del gobierno municipal son soberanos, absolutos e incuestionables. En fin, con un poco de maña y bastante más de torpeza, el abogado del Gobierno invocaba hasta las Leyes de Toro con tal de repeler las reclamaciones por ilicitud de multas, permisos, clausuras y otras manifestaciones de la Administración municipal que eran más ilegales que vender el Palacio de Gobierno a un turista. Con su defensa irracional de lo indefendible, el litigante se ganó un mote en el foro: El Capitán Improcedencia (así, con mayúsculas).

Pero hubo un día en que hartó a un juez que, cansado de tenerle que atender sus absurdos pretextos, le desechó sus ocurrencias y lo multó. El Capitán Improcedencia montó en cólera (no tenía caballo ni rucio que montar) y envió un oficio insultando al juez, con lo que se ganó otra multa y que se le abriera un proceso.

A diferencia del Capitán Alatriste, el Capitán Improcedencia no tenía méritos que ensalzar: No era el hombre más honesto ni el más piadoso y además era un falaz, que malvivía como estorbador a sueldo, como agente del abuso de autoridad.

El juez, al procesar al Capitán Improcedencia y sancionarlo, cerró su resolución con la siguiente reflexión, que no se anotó en el acta, pero que fue conocida en todo el poblado:

«¿Cuánto le cuesta a la sociedad que el Gobierno se defienda, como gato boca arriba, en asuntos sin importancia y de monto ridículo que, además, están notoriamente perdidos? A final de cuentas, esas alegaciones absurdas se pagan de los impuestos de todos.

Peor aún, los contribuyentes no sólo pagan la defensa de un gobierno empecinado en cometer actos ilegales, sino la actuación de tribunales que, recargados de asuntos que no deberían existir, no pueden resolver con mayor exactitud y dedicación los procesos que en verdad son relevantes para la sociedad.

Su conducta, señor funcionario, no sólo es una traición al Derecho y a la Ley a la que usted debería servir, también es una traición al pueblo, que no lo eligió para que lo molestara y le hiciera perder su tiempo y dinero, con actos en los que apuesta a que sólo algunos se quejen y que sus autoritarismos queden impunes en la mayoría de los casos, por cansancio o por pobreza de los afectados.

Porque usted sabe, señor malvado y escabroso, que los juicios que se ventilan por su culpa cuestan más al Estado y sociedad que las cantidades que el Gobierno reclama. ¿En qué cabeza cabe que usted, en lugar de corregir esas prácticas ilegales, venga a alegar cuanto disparate puede escribirse? Sólo en la mente obtusa de alguien que, en lugar de ser servidor público, se sirve del pueblo».

Dicen los que atestiguaron el dictado de la sentencia, que el Capitán Improcedencia, con la sonrisa cínica que solía mostrar, respondió: «Recuerde, señor juez, que su cargo no es eterno y que su ratificación depende de mis amigos. Iré a la mazmorra, a cumplir mi sentencia, que la suya a su debido tiempo llegará».

Cualquier semejanza con la realidad, desafortunadamente no es mera coincidencia…

E-mail: oscarconstantino@gmail.com