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EN LA MIRA: Comales y ollas

EN LA MIRA: Comales y ollas

Feb 25, 2017

 

Por Óscar Constantino Gutiérrez

«Todos tenemos una doble vida. Siempre quisimos esta doble vida».

Gustavo Cerati.

LA BANDERA DE MÁS DE UN PARTIDO MEXICANO ES «ACABAR CON LA CORRUPCIÓN», PERO SUS OBRAS (POR LAS QUE LOS CONOCERÉIS) EVIDENCIAN QUE SON LOS MENOS INDICADOS PARA ENCABEZAR ESAS CAUSAS.

Defensores de derechos humanos que leen correos de sus subordinados (historia real), adalides de la Constitución que espían con cámaras a todo el mundo, políticos que critican el nepotismo y colocan a sus hijos en cargos del partido que regentean: el discurso hipócrita y moralino contamina todo el espectro público, ninguna ideología se salva de la maldición de la incoherencia.

La situación es tan lamentable que el mismo Papa Francisco señaló el escándalo de la doble vida, la de los que se dan golpes de pecho, pero su vida no es cristiana, no les pagan salarios justos a sus empleados, explotan a la gente, hacen negocios sucios, «lavan» dinero, de los que se suele decir «para ser católico como él, mejor ser ateo».

Pero la hipocresía rebasa al mundo religioso, la política es el campo habitual de los que hacen una cosa y dicen otra. El pleito entre Miguel Ángel Yunes y Andrés Manuel López Obrador parece una reedición de la canción del comal y la olla: un par de burros que hablan de las orejas del otro.

Y no se trata, estimado lector, del tema de los vicios privados y las virtudes públicas (que es asunto de cada persona, porque la exigencia de santidad es una estupidez rampante), sino de sujetos que pontifican sobre honestidad financiera, democracia y respeto a los derechos fundamentales, pero en realidad meten la mano en las arcas públicas, son intolerantes al disenso y solo en el discurso respetan los derechos.

El desencanto de la gente con la política comienza con la falsedad de candidatos y partidos: la confianza, que es el valor que construye crecimiento y prosperidad, no puede realizarse en un entorno donde todos mienten sobre los asuntos públicos. Nuevamente, no se trata de imponer la moralina cretina que reclama ascetismo en la vida privada, sino de la exigencia racional de que los gobernantes y políticos no sean bandidos con placa o cargo oficial.

Por ello, todos los actos políticos son tomados con escepticismo por los ciudadanos: ¿quién les cree a unos diputados opositores que reclaman el gasolinazo, cuando los gobiernos emanados de ese mismo partido subieron el impuesto predial? ¿Alguien puede tomarse en serio la honestidad del partido de López Obrador, cuando Ricardo Monreal es el contratador de amigos más rápido del Oeste (de su norteña delegación)? ¿Los escándalos y raterías de Oceanografía, los Bribiesca, los Duarte, Ebrard y Borge, así como del resto de esa gavilla de bribones, otorgan alguna credibilidad a la clase política? Pareciera que hacer negocios al amparo del poder, desfalcar, realizar malas obras públicas, robar, despojar y falsificar fueran las cartas credenciales de un currículum político mínimo para ingresar a la Sociedad del Crimen.

La bandera de más de un partido mexicano es «acabar con la corrupción», pero sus obras (por las que los conoceréis) evidencian que son los menos indicados para encabezar esas causas. La situación no es mejor en la arena social: también abundan los organismos no gubernamentales señalados por parcialidad, sectarismo, fondeos opacos, manejo inexacto, negligente y poco científico de sus estudios y argumentos (¿o ya se olvidó al Instituto de la sociedad civil que tenía marcado, como indicador de transparencia, a la cantidad de solicitudes de información por dependencia?).

En este país de comales y ollas, pareciera que la política es solo un mitote que sirve como mecanismo de escape de la realidad: el Peje, Anaya, Yunes, Monreal y el resto de pillos e incapaces pueden calificarse como una bola de argüenderos, payasos de un circo que le apuesta al estímulo de corto plazo, al escándalo distractor, a la declaración barata… y esa es la tragedia nacional: la de la política como broma (una que es muy mala y nociva).

E-mail: oscarconstantino@gmail.com

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