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En la mira: Dante y la política

En la mira: Dante y la política

Mar 10, 2012

Me regalaron un Gran Danés, junto con el Mastín Napolitano son mis perros favoritos. El cachorro de cinco meses ya pesa más de 40 kilos y tiene la estatura de un adulto. Por su manto arlequín lo nombré Dante y, cada experiencia con él me recuerda el papel que tenemos los ciudadanos en esta democracia canina.

 

Mi perro es un gigante noble: muy agresivo con los extraños pero un ángel con mis sobrinos. Como aún es un cachorro, le encanta jugar, pero cuando lo paseo no falta el que asume que es un adulto y pretende tratarlo como tal. Y ahí es donde su vida se empieza a parecer a la de cualquier ciudadano mexicano, que tiene exigencias mayores cuando el sistema no le da condiciones para que disfrute su crecimiento.

 

A Dante lo suelen confundir con un dálmata (así es la gente, ya qué), como el Gobierno nos suele confundir con algo distinto a lo que somos: nos ve como sus hijos (cuando se porta paternalista autoritario) o como su pilmama (cuando es incompetente y espera que le resolvamos todos sus problemas). Entre quienes desean montarlo “porque está grandote” y quienes desean usarlo de pie de cría (aunque es muy joven aún), mi can se enfrenta a la incomprensión, igual que los ciudadanos, a quienes los políticos desean usar de transporte o de proveedores financieros de todas sus ocurrencias. La situación me causa comezón (y yo no puedo usar collar antigarrapatas, como Dante).

 

El cachorrito come cuatro veces al día, como le corresponde a un perro en crecimiento. Depende de sus amos para estar bien alimentado, igual que nosotros dependemos del Estado para defendernos. La diferencia es que Dante recibe su comida puntualmente y a nosotros nos deben la seguridad pública y la tranquilidad. Los ciudadanos somos más parecidos a los canes de la calle y, al igual que ellos, la legítima defensa nos la castigan, cuando el Gobierno no hace su parte en los dos casos: no cuida la venta y control natal de perros y gatos (pero los mata en el antirrábico), así como no nos protege de los criminales (pero es muy efectivo para encarcelar al que se defiende de un ratero o delincuente).

 

A los perros los suelen querer mucho cuando son cachorros, pero los echan a la calle cuando dejan de parecer ositos (la plaga de Golden Retrievers y Labradores en las calles de Guadalajara confirman este lamentable hecho). A los ciudadanos nos aman y adoran durante el tiempo de campañas, pero los políticos nos echan al olvido cuando ganan las elecciones.

 

E igual que los canes, aunque los políticos nos den de palos con su actuar opaco y corrupto, siempre regresamos a escucharlos (y tolerarlos). En conclusión, en México los políticos dan a los ciudadanos una vida de perros. Seguramente Dante opinaría lo mismo…

 

E-mail: oscarconstantino@me.com

 

Twitter: @oscarconstantin