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EN LA MIRA: DE LA NECEDAD Y OTRAS TARAS

EN LA MIRA: DE LA NECEDAD Y OTRAS TARAS

Nov 26, 2011

Necio es aquel ignorante que no sabe lo que podía o debía saber, que es imprudente o falto de razón, o sea que es terco y porfiado en lo que hace o dice. Cuando algo es realizado con necedad sobresale la ignorancia e imprudencia de la acción. Lo neciamente ejecutado causa daños y la mayoría de las ocasiones no reporta beneficios al autor de la conducta tercamente orientada.

 

La necedad es hermana de la soberbia, de la presunción. Un refrán popular afirma que el oro hace soberbios, y la soberbia, necios. Ordinariamente el que actúa neciamente se siente poseedor de la verdad absoluta, iluminado por la razón natural aunque no entienda de razones y se considere más sabio que el médico que lo atiende, el abogado que lo asesora o el ingeniero que construye su casa. Por ello decía Esopo que el consejo dado a un necio es como perlas arrojadas al muladar.

 

Sin duda los necios son dañinos, como se señala al principio de esta columna. Para apreciar el profundo menoscabo social que causan los tercos siempre resulta útil recordar las cinco leyes de la estupidez formuladas por el economista Carlo M. Cipolla, profesor emérito de Historia Económica en Berkeley:

 

Siempre subestimamos el número de gente estúpida. La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la persona. Una persona estúpida es alguien que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de gente, sin conseguir ventajas para ella misma –o aun resultando dañada–.

 

La gente no estúpida siempre subestima el poder de causar daño de la gente estúpida. Constantemente se les olvida que en cualquier momento, y bajo cualquier circunstancia, el asociarse con gente estúpida invariablemente constituye un error costoso.

 

Una persona estúpida es la persona más peligrosa que puede existir. Me parecen particularmente relevantes las leyes tercera, cuarta y quinta, ya que la necedad es una de las formas de la estupidez y regularmente minimizamos el peligro de tolerar la obstinación. Hasta que sufrimos los daños causados por el necio ponderamos sobre la necesidad de poner límites a tal fuerza destructiva.

 

Otra peculiaridad de la contumacia irracional es su carácter internacional y plural: No respeta raza, credo, posición social, género o preferencia. Igual se encuentra esta peligrosa tacha en un alto prelado eclesiástico, que en un político, un padre de familia, un profesor, juez o médico. Lo mismo la tiene un importante empresario que el aspirante fallido a serlo, afecta tanto al empleado burócrata como al obrero de una gran transnacional. Nadie se libra de su terrorífica presencia, sea por que se detenta la necedad o porque se es destinatario de ella: en pocas palabras, la necedad es universal.

 

No hay porfías menos graves que otras, tan pernicioso es un gobernante que firma un mal tratado internacional movido por su empecinamiento como lo es el parroquiano que, movido por su testarudez, pacta un acuerdo poco provechoso. No es menos disculpable la terquedad de un gobernante que cierra vialidades, porque quiere, que un político que calumnia a sus enemigos porque se le pega la gana no vencerlos en las urnas. De la misma manera, tan nocivo es un funcionario que cree que cumplir la ley es un asunto modulado por la simpatía popular como aquel que elabora leyes absurdas y espera que sean aceptadas sin chistar. Tan dañoso es aquel que invoca la ley sin entenderla como aquel que la considera prescindible.

 

No significa esto que todo aquel que se equivoque sea necio, bien distingue la sabiduría popular china al señalar que el sabio puede sentarse en un hormiguero, pero sólo el necio se queda sentado en él. La obstinación es la marca de la necedad, la condición poco humilde de actuar sin preguntar o bien de desechar cualquier recomendación ajena. Incluso un personaje tan orgulloso como Napoleón Bonaparte indicaba que los sabios son los que buscan la sabiduría; los necios piensan ya haberla encontrado.

 

En estos días en que nuestra sociedad parece imbuida por un espíritu de necedad, hacemos votos porque la inteligencia ilumine a todos aquellos que toman decisiones para que no se haga infalible la descripción del carácter inagotable de la tontería que pronunció el ilustre Don José Ortega y Gasset: El malvado descansa algunas veces; el necio jamás. Ojalá y, si son católicos, pidan al Espíritu Santo que los ilumine, si son de cualquier otra religión pidan inspiración a su dios y si no son creyentes invoquen a la razón; pero en cualquier caso lo deseable es que rogáramos por no ser necios, seamos miembros de la autodenominada sociedad civil, gobernantes, burócratas o simplemente Juan Pueblo.

 

Twitter: @oscarconstantin

E-mail: oscarconstantino@me.com