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En la mira: Debates sin adjetivos

En la mira: Debates sin adjetivos

May 5, 2012

El candidato menos favorecido en las encuestas se hizo la víctima: “Sus seguidores me han comparado con Franco, con Pétain, con Laval, incluso con Hitler y usted no ha dicho nada”. Su contendiente, favorito en los sondeos, le respondió: “No se haga la víctima. La patria está herida, dividida, y muchas veces se ha sentido así por sus palabras, por su actitud”. Esta escena no viene de un capítulo de la serie “Boss”, procede del último debate entre François Hollande y Nicolas Sarkozy por la Presidencia de Francia. Mientras Hollande piensa que Sarkozy es un tipo sucio, el otro considera a Hollande un político nulo, incapaz de sacar adelante a la nación gala. Y la opinión pública no se rasga las vestiduras por el trato que se dan estos dos políticos.

 

Un debate es una “discusión” de opiniones contrapuestas entre dos o más personas y “discutir” es contender y alegar razones contra el parecer de alguien. Punto. No hay debates “buena onda” o sin discusión, eso sólo cabe en nuestra mentalidad tapatía, tan reacia a la confrontación y temerosa del conflicto. Basta con ver el último debate de Hollande y Sarkozy para ver la intensidad de una contienda de posiciones muy distintas.

 

Las normas de México y Jalisco no facilitan un modelo de debate de primer mundo. Confundimos la civilidad con la timoratez e implementamos modelos de presentación acartonada de discursos, pero eso no evita que alguien se pase de listo, violente las reglas, juegue sucio y lance ataques personales a sus contrincantes. Ese tipo de conductas, usar la mugre para arrebatar por la mala lo que no se supo ganar por la buena, es típico de las derechas en todo el mundo: lo uso vilmente Sarkozy contra Hollande y el PAN lo aplicó en el debate a gobernador. Contra ese tipo de prácticas, la única solución –tanto en París como en Guadalajara– es expulsar del juego al marrullero.

 

Resulta claro que faltó profundidad y seriedad en las propuestas de los candidatos a la gubernatura que “debatieron”. No se trata de convertir institutos culturales en museos si la gente no los visita o que todo el mundo estudie licenciaturas en un país donde el título ya no garantiza empleo o ingresos dignos. Las propuestas de implementar empresas de base tecnológica brillaron por su ausencia, nadie estableció el compromiso de dedicar a Investigación y Desarrollo (I+D) los porcentajes que recomienda la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Vaya, sólo la candidata de Nueva Alianza propuso reformar la nefasta Ley de Información Pública (LIP) y su afán se redujo a modificar la criminalización de los informadores, tema ya tratado y analizado a profundidad por especialistas y que sólo es la punta del iceberg de un monumento a la opacidad y burocratización como es la vergonzosa LIP.

 

Sin embargo, el ganador de un debate no es necesariamente unbuen gobernante. Tal vez sea un gran orador, un notable polemista, alguien que convence a la masa, pero eso no construye buenas políticas públicas. Quien haya oído o visto las arengas de Hitler y Mussolini sabe que grandes discursos y buen gobierno no son sinónimos. La oratoria debe disfrutarse por su carácter artístico y estético: el triunfador de un debate suele ser agudo e inteligente, pero las calles no se pavimentan con comentarios agudos y el crecimiento económico no se obtiene del aplastamiento del contrincante electoral.

 

Démosle su justo valor a los debates, no les colguemos adjetivos que no les corresponden: los debates demuestran quién se prepara mejor, tiene mejores aptitudes para enfrentar imprevistos, así como la capacidad de los aspirantes para convertir las crisis en oportunidades, pero no son un mecanismo racional para seleccionar al candidato por el que se votará. En un formato de participación de tres minutos no se puede construir algo mayor a un conjunto de frases de impacto, por lo que sería iluso suponer que el plan de gobierno de un candidato se puede conocer a través de una colección de promesas enunciadas contra reloj. Sin embargo, en un país donde la gente lee menos de tres libros al año –según el mismo Alonso Lujambio–, no puede esperarse que los ciudadanos dediquen tiempo a examinar decenas o cientos de páginas de plataformas electorales y programas de gobierno –la mayoría de ellos redactados de la peor forma posible–. El mecanismo de convencimiento electoral en una país de analfabetismo funcional es el spot, que apela a la emoción, al sentimiento, a la mochería, a las ilusiones aspiracionales.

 

Perdieron quienes apostaron a demeritar el debate, las encuestas y todo lo que no les beneficia en esta contienda electoral. La gente quiere saber cómo logrará el próximo gobernador –o presidente de México– que aumenten sustancialmente los ingresos de la mayoría, los servicios se optimicen, el Estado sea más seguro y que en suma la calidad de vida sea mejor: si el candidato puede llenar un inexorable minuto con 70 segundos de propuestas reales, pertinentes y concretas, tendrá el gobierno y todo lo que éste implica, y –lo que vale más– será un político de verdad –con perdón a RudyardKipling–.

 

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