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En la mira | El burro y el modelo

En la mira | El burro y el modelo

Ago 13, 2016

Las omisiones (intencionales o no) en la declaración «3 de 3» de Andrés Manuel López Obrador confirman dos cosas que hemos señalado en colaboraciones anteriores: 1) ese sistema de rendición de cuentas es ineficaz; y 2) para AMLO la transparencia es una molestia (como suele pasar con la mayoría de los políticos de su camada).

El poco creíble modo de vida franciscano, que se desprende de las declaraciones fiscales y de patrimonio del caudillo del partido Morena, ha sido calificado como una burla a la sociedad. Sin embargo, al darle al Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. (IMCO) la facultad de validar las declaraciones «3 de 3», de hecho se le ha convertido en un metapoder (o, en la terminología de Loewenstein, se ha asentado como un detentador informal del poder): es político transparente solo aquel que el IMCO avale.

No existe duda de que el descuido y guandajez con la que López Obrador llenó su declaración «3 de 3» retrata de cuerpo entero la poca importancia que le da al tema. Pero, que AMLO haya podido entregar un documento así de incompleto y poco creíble, también pinta las fallas de los formatos y procedimientos implementados por el IMCO para hacer la «3 de 3». Dado que Andrés Manuel es un político muy conocido, la opinión pública inmediatamente resaltó las fallas de sus declaraciones… ¿pero qué pasa cuando el declarante es un Juanito de la Covadonga, mundialmente desconocido? ¿Depositamos nuestra fe en que el IMCO actúe como el gran auditor y no deje pasar ni una? O, peor aún, ¿esperamos que la candorosa contraloría social detecte las omisiones y falsedades cometidas por los burócratas de bajo rango?

Como ya habíamos comentado en columnas anteriores, el principal problema del sistema de declaraciones es su punto de partida: el supervisado es el que entrega la información para revisarlo. Bastante tiempo y esfuerzo se ahorraría si el examen de las situaciones patrimoniales y fiscales partiera del acceso automático a los archivos y cuentas que detallan sus condiciones económicas, en lugar de pedir al potencial corrupto que, en un acto de honestidad, ponga la verdad en una declaración que puede exponer sus raterías.

La candidez del sistema «3 de 3» merece otro nombre, que por respeto al lector dejamos a su imaginación.

En suma, el asunto de López Obrador expone al burro y al modelo: burro el que diseñó el modelo y burro el que se quiso pasar de listo al declarar fantasías.

Otro burro con modelo: el caso de los uniformes mexicanos en los Juegos Olímpicos de Río solo confirma que ya es hora de que Alfredo Castillo no solo deje la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), sino de que responda civil y penalmente por la vergüenza e indignidad con la que humilló a México y a sus atletas. Resulta terrible que el pesista Bredni Roque haya tenido que salir a competir con un uniforme regalado por Estados Unidos, parchado para que no se vieran las insignias de ese país: el quinto levantador de pesas del mundo, con un uniforme tan pirata como el organismo deportivo mexicano y su nefasto titular.

¿No hay dinero para uniformes olímpicos? Por favor, lo que se necesita es que un organismo civil administre esos recursos de forma transparente: que todos nos enteremos (muchos meses antes de las competencias) los nombres de los deportistas, así como de los uniformes y equipos con los que cuentan. No es la primera vez que los atletas mexicanos padecen esta desatención imbécil de los dirigentes deportivos, valga un in memoriam para Soraya Jiménez, medalla de oro halterofilia en Sídney… quien murió olvidada por un país cuya gente se dedica a exigir triunfos… y no levanta ni la basura que tira al suelo….