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En La Mira: El gran fraude

En La Mira: El gran fraude

Mar 30, 2017

 

 

Por Óscar Constantino Gutiérrez // 

“Cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente”.

Ramón Pérez de Ayala

 

UNO DE LOS PROBLEMAS DEL FIDE ES LA OPACIDAD CON LA QUE MANEJA EL DETALLE DE SUS DATOS: NO BASTA CON DECIR QUE EL “AHORRO DE ENERGÍA SERÍA SUFICIENTE PARA ABASTECER EL CONSUMO ELÉCTRICO DE 602 MIL CASAS-HABITACIÓN DURANTE TODO UN AÑO”

¿Usted, amable lector, ahorra energía con el horario de verano? Si su respuesta es negativa, pertenece a una abrumadora mayoría que no siente en su bolsillo los supuestos beneficios del experimento social de tratarnos como gallinas ponedoras.

Y no solo es una percepción mexicana: Expansión comenta que una encuesta de Rasmussen de 2014 reveló que solo 33% de los adultos piensan que el cambio de horario «vale la pena», cifra que es menor a la de 2013 (37%) y a la de 2012 (45%).

Sin embargo, el Fideicomiso para el Ahorro de Energía Eléctrica (FIDE) sostiene que el Horario de Verano funciona: según el FIDE, durante 2015 México consumió 1,046.47 gigawatts hora (GWh) menos; se tuvo una demanda evitada de 672 megawatts (MW), «que es aproximadamente el equivalente a la capacidad instalada de la planta hidroeléctrica La Yesca, en Nayarit». En dinero, según el FIDE se economizaron 1,470 millones de pesos.

La pregunta es: ¿quién los ahorró? Seguramente usted no, que tuvo que despertar a oscuras y encender la luz, ya que la mañana (en la que naturalmente hubiera recibido luz de día) empezó, por decreto gubernamental, cuando aún no sale el sol.

Uno de los problemas del FIDE es la opacidad con la que maneja el detalle de sus datos: no basta con decir que el «ahorro de energía sería suficiente para abastecer el consumo eléctrico de 602 mil casas-habitación durante todo un año» o que es equivalente «al consumo de energía de 9.18 millones de lámparas fluorescentes compactas autobalastradas (ahorradoras) prendidas las 24 horas durante un año». Los mexicanos no sabemos quién es el que ahorra esas cantidades.

Y, si finalmente alguien consume menos energía porque obliga al resto del país a levantarse a otra hora (y gastar más luz), en Economía eso se llama transferencia de costo, o sea, usted paga más para que alguien pague menos. Dada la enorme cantidad de personas que terminan gastando más energía (porque se despiertan más temprano) para que ahorre un personaje desconocido y fantasmagórico, puede pensarse que el cambio de horario genera un costo social.

Además de la estafa que es vender un ahorro con cargo al esfuerzo y bolsillo de los demás, aún se discute si la modificación de horario repercute negativamente en la salud de las personas, como evidencia que en 2016 haya comenzado una investigación al respecto en la Clínica de Trastornos del Sueño de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Más allá de los resultados que se obtengan de ese trabajo, hay una molestia generalizada por el encaje gubernamental de cambiar hábitos.

Dado que, desde 2011, el sistema constitucional mexicano se centra en los derechos humanos, habría que preguntarse si el cambio de horario atenta contra la dignidad de la persona o si es una medida desproporcionada para los supuestos beneficios que reporta.

Con el Horario de Verano, al igual que con otras reformas, la clase política mexicana apuesta al sistema del doble engaño: cuando implementa sus ocurrencias, pide paciencia al pueblo para que vean los resultados; cuando pasa el tiempo y esos efectos brillan por su ausencia, alegan que las reformas deben mantenerse «porque ya se institucionalizaron, por su largo tiempo de vigencia». O sea, los políticos mexicanos ejecutan la versión lerda del gatopardismo.

Ahora, lo que toca es que la sociedad no se resigne a esta ocurrencia y exija plena rendición de cuentas sobre los beneficiarios de esos supuestos ahorros de energía: mientras en su recibo no se vea reflejado un cobro menor, lo del Horario de Verano no dejará de ser un timo de pillos.