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En la Mira: El odio de los tontos

En la Mira: El odio de los tontos

Sep 30, 2018

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Por Óscar Constantino //

¿Entenderá León Larregui que solicitar que cuelguen al presidente Peña y a toda su familia, así como que fusilen “a todos sus compinches”, constituye un delito? La indignación no habilita la violación de la ley, algo que el cantante parece no comprender.

El discurso de odio funge como una salida emocional de los que se creen superiores moralmente: “mire, yo propongo que asesinen a la familia del presidente, porque yo soy bueno y ellos no”. A pesar de que es evidente la torpeza del argumento, el vocalista de la banda Zoé se dejó llevar por su ira santa en Twitter.

Y ahí está el primer error: para tener ira santa, hay que ser santo. Y ningún humano lo es en vida. El pedestal de virtud, edificado en la ocurrencia de creer que los defectos propios están ocultos, es una de las manifestaciones más patéticas de la estupidez contemporánea: no, no hay seres virtuosos que estén legitimados para reclamar castigos excesivos (y a veces ilegales). Quien hace esas exigencias suele ser un hipócrita o un tonto (a veces ambas cosas).

Los casos son variados y abundan: porros, de esos que acreditan sus estudios por lástima o corrupción, instalados como inquisidores de la conducta ajena; activistas vividores que hacen de la aviaduría y el tráfico de influencias su modus vivendi, metidos a linchadores; artistas, beneficiarios de la libertad total de nuestros tiempos, operando como represores de los derechos de los demás; políticos de incontables vicios privados, actuando como censores de la conducta ajena. En todos los supuestos, portadores de vigas en los ojos actúan como críticos de las pajas en los ojos ajenos o son malas copias de un vigilantismo ramplón, tan vulgar y corriente como sus ejecutores.

Para remate de su mentecatez, León Larregui le dijo maricón a Andrés Manuel López Obrador por no castigar a delincuentes. A un presidente electo, que aún no está en funciones, le dedica un insulto homófobo. Recapitulando:

León Larregui no debió pedir el fusilamiento, asesinato o ejecución de persona alguna. Por menos que eso hay prisión.

Es una torpeza discriminatoria que Larregui use la palabra maricón para referirse a la cobardía.

AMLO no está en funciones, lo racional es que Larregui le exija ya que tome posesión.

La fauna como Larregui abunda: hacen de la reacción desproporcionada su modo de operación y de la doble moral su criterio de conducta. Quieren ver a sus adversarios o sujetos de odio sumidos en la miseria, muriendo bajo un puente devorados por las ratas o en un pelotón de fusilamiento o el patíbulo de una horca. No importa que no sean culpables o que sus supuestas  faltas no ameriten esos castigos: los reclaman por el odio, porque se ostentan como santos aunque sean basura, porque creen que nadie ve sus verdaderos colores, que creen ocultos en sus autoimpuestas túnicas de pureza.

Creen que sus raterías, amasiatos, tráficos de influencias, prevaricaciones, currículos forjados, deshonestidad o incompetencia no son visibles o que no serán descubiertas. Por eso actúan como los fariseos, sepulcros blanqueados que contienen podredumbre peor que la que condenan.

A Larregui lo obligaron a recular los simpatizantes de López Obrador, pero mucho nefasto se siente amparado en la impunidad de no recibir consecuencias de su imitación barata de Torquemada. Sucede en Puebla, en Veracruz, en Jalisco, en la Ciudad de México, ninguna parte del país se libra de estos sucesores de Anás y Caifás.

Más que peticiones desproporcionadas, lo que se necesita es la crítica honesta y el debate libre dentro del marco de la Constitución y las leyes. Actuar como horda indignada rebaja a la sociedad, se requiere un comportamiento inteligente, no de revanchas.

No hubo reacción del gobierno federal a los exabruptos de Larregui. Como país, necesitamos que el odio de los tontos no siga expandiéndose, porque el fantasma del Talión recorre México y aquellos que actúan como inquisidores pueden terminar en la hoguera. Le pudo pasar a Larregui por su indignación contra Peña y AMLO, también puede sucederle a funcionarios públicos metidos a la misma cultura del vigilantismo, así como a otro tipo de políticos y agitadores que no han comprendido que la Tercera Ley de Newton también tiene su equivalente en los asuntos sociales: a toda acción corresponde una reacción de la misma magnitud, pero en sentido opuesto. Ojalá no lo entiendan demasiado tarde…


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