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En la Mira: Ensalada de locos

En la Mira: Ensalada de locos

Abr 23, 2018

Por Óscar Constantino //

El primer debate presidencial tuvo un formato menos rígido que en otras ocasiones, pero sin la agilidad brillante que sí tienen, por ejemplo, en Francia. Sin embargo, la mayoría de los candidatos no estuvieron a la altura del reto.

Como era previsible, Jaime Rodríguez «El Bronco» formuló ocurrencias y apeló a las emociones. Su presencia fue de lo ridículo a lo absurdo, como si Ionesco y «El Piporro» hubieran tenido un hijo inepto. Margarita Zavala tuvo momentos brillantes, pero necesita profundizar en los cómos de sus propuestas, para los misóginos que predijeron una participación meramente testimonial, la candidata les cerró la boca.

Ricardo Anaya fue la revelación del debate: se preparó muy bien, fue lo suficientemente agresivo para que sus adversarios quedaran raspados y demostrar que tiene la marca panista del buen debate. No obstante, no logró disipar las dudas respecto a su patrimonio y la legitimidad de su ascenso a la candidatura.

José Antonio Meade estuvo bien, demostró que es el candidato con más capacidad para gobernar, pero no logró dar la estocada, como se dice en tauromaquia. El auditorio menos dispuesto al pensamiento elaborado seguramente lo sintió denso en algunos momentos. Meade tiene la obligación de fulminar a sus adversarios: el reloj avanza y en el primer debate pudo hacer más: debió ser más duro al ataque y más preciso en la defensa. Si quiere salir del tercer lugar, necesita meter el acelerador a fondo y no perder oportunidades.

El gran perdedor de la noche fue Andrés Manuel López Obrador: tenía claro que era el enemigo a vencer y no salió de su repertorio de frases prefabricadas y desgastadas: «soy peje, pero no lagarto», «la mafia del poder», «la corrupción se barre como las escaleras» y un largo etcétera de tonteras. Su voto duro no se moverá un milímetro, pero los indecisos tienen más razones para dudar de él. ¿Veremos cambios importantes en las encuestas? Soy escéptico: a pesar de que AMLO se enojó —como lo evidencia que se retiró sin despedirse de moderadores, ni de candidatos—, las críticas a su falsedad, nepotismo, demagogia y falta de realismo no son nuevas… y antes no tuvo pérdidas. Cuando se le baje el enfado, AMLO se dará cuenta de que su gallo —o zopilote— aún no pierde plumas.

Lo cierto es que, más allá de las consecuencias en las preferencias electorales, el primer debate deja una preocupación: si estos personajes muestran tanta incapacidad para un asunto tan sencillo como debatir, ¿cómo podrían dirigir un país? No sólo son las propuestas demagogas y carentes de inteligencia —como la que hizo «El Bronco» de mutilar a los ladrones—, sino las iniciativas huecas, impertinentes y poco innovadoras del resto de los contendientes. Nadie presentó un proyecto de Estado que verdaderamente resuelva —o, al menos mitigue— los problemas públicos fundamentales del país.

En una sociedad donde el poder adquisitivo cada día es menor —pero el crédito y la carga fiscal suben constantemente—, donde la inseguridad es terrible —la palabra no es exagerada— y existe un desastre regulatorio, no es válido que todos los candidatos ofrezcan tonterías e inutilidades. La búsqueda descarnada por el poder hace que los aspirantes no quieran afectar los pactos corporativistas y que forjen alianzas que harían ruborizar a Maquiavelo. Y no, no sólo es el caso de AMLO, sino del resto de los candidatos. Pareciera que estos políticos asumen que sobrellevar el desastre es labor suficiente, si llegan a la silla del titular del Ejecutivo de la Unión.

Para el ciudadano informado, este debate debió ser deprimente. A México le urge crecer económicamente, contar con un auténtico Estado de Derecho y que el gobierno sea factor de prosperidad, no un estorbo que saquea: para estas exigencias sociales, no hubo una sola receta factible. El uso deshonesto de la manipulación emocional puede dejar la jefatura de Estado en manos de un inepto, un demagogo, un pillo con ganas de emparejarse en los latrocinios o de alguien que no está auténticamente convencido de que el gobierno se ha equivocado mucho en sus acciones, medios y fines. Esta ensalada de locos no es graciosa, como la televisiva, sino que es un bodrio incomible. Pobre México…

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