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EN LA MIRA | Entre el millenial y el tirano

EN LA MIRA | Entre el millenial y el tirano

Abr 2, 2016

«Don Galaor, hermano de Amadís de Gaula… no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano…»
Cervantes, en El Quijote.

A pesar de que parezca sorprendente en esta economía del desempleo, los millenials (o sea, los nacidos entre 1981 y 1995) se dan el gusto de rechazar trabajos porque interfieren con sus horas de ejercicio, yoga o clases de pintura. Desean horarios flexibles, trabajar en su casa o cualquier otra cosa que no se atrevería a sugerir un aspirante al trabajo de más de 35 años.

Algunos sostienen que los millenials nacieron cansados, otros que simplemente no tienen la necesidad de aceptar un trabajo mal pagado y con pésimas condiciones, porque aún no tienen hijos o aspiraciones patrimoniales. Como sea, la buena mano de obra barata (o casi regalada), que solía nutrir a las organizaciones en las décadas anteriores, ahora es más escasa: o el empleador opta por un millenial caprichoso o contrata a alguien más responsable y viejo, pero que necesita un mayor ingreso.

Entre algunos opinadores, la posición de los millenials revela una dignidad y libertad de la que solían prescindir los empleados en otros tiempos. Para otros, solo revela la crisis de un modelo de pensamiento que repudia las responsabilidades y que, luego de su dorada juventud, condenará a millones a la mediocridad, miseria o irrelevancia. Unos más consideran que la época del subempleo a los jóvenes llegó a su punto crítico.

Todos tienen algo de razón.

El modelo laboral estable, en el que una persona lograba jubilarse después de 30 años de trabajo en una misma empresa, está desapareciendo. No existen incentivos económicos para mantenerlo y los gobiernos ofrecen la flexibilidad laboral (despidos exprés, sin consecuencias) como un elemento para atraer las inversiones. En ese marco inestable, pretender que los empleados mantengan un compromiso total con quien, de un día para otro, los va a cesar, es un planteamiento muy ingenuo (para usar un término amable).

Por otra parte, el desenfado de los millenials no puede reducirse al desparpajo juvenil de la inexperiencia: es resultado de una pésima educación, en la libertad sin responsabilidad, que trae como consecuencia el descuido y holgazanería de aquellos que se creen especialistas en lo que no han estudiado y expertos en lo que no practican. Imaginar que esa generación, la Y, va a dirigir el mundo, debería causar escalofríos a cualquiera que entienda los retos globales.

Pero no todo es negativo en los millenials, como señala Forbes al resaltar seis de sus rasgos: a) Digitales; b) Multipantalla y multidispositivo; c) Nomófobos y appdictos; d) Sociales, e) Críticos y exigentes; y f) Exigen personalización y nuevos valores. A la publicación se le olvidó señalar que son superficiales, flojos, irresponsables e incongruentes, pero ninguna generación es perfecta. El artículo de Forbes sobre las características de los millenials puede consultarse en la siguiente dirección electrónica: http://www.forbes.com.mx/6-rasgos-clave-de-los-millennials-los-nuevos-consumidores/

En suma, ante el dilema de un modelo productivo sin garantías de permanencia, los millenials son la horma del zapato, con su nulo apego a las organizaciones. Mientras los viejos de la Generación X sigan asumiendo las responsabilidades que los millenials alegremente evaden, el sistema funcionará.

Sin embargo, en los siguientes 15 años comenzará el retiro de los hoy cuarentones: la firmeza del esquema trigeneracional, integrado por los baby boomers en las altas directivas, la Generación X como subordinados que «hacen el trabajo» y los millenials como los golden boys que no hacen gran cosa (ante la complacencia y permisividad de los altos directivos), se quebrará por en medio, en su eje: ¿los sobrevivientes de la Generación X, entonces convertidos en altos directivos, tendrán paciencia con la flojera e insolencia de las generaciones posteriores, es decir, tanto la Y como la Z? Parafraseando la canción de John Wetton y Geoff Downes, solo el tiempo lo dirá, pero las expectativas no son buenas…

oscarconstantino@gmail.com