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EN LA MIRA | Es la seguridad, estúpido

EN LA MIRA | Es la seguridad, estúpido

May 9, 2015

Estas campañas electorales prometen ser las más aburridas y sucias de la historia reciente. Cada partido ha diseñado su mensaje en función del tipo de consumidor que quiere seducir: desde la ingenuidad de los micropartidos, hasta el cinismo de algunos de los grandes institutos, las elecciones parecen un gran mercado popular, donde no siempre se ofrece lo que el comprador quiere.

Cuando un partido político se promociona como «uno que no está formado por políticos», la ofensa es doble: por ofrecer una campaña malhecha (pagada con recursos públicos) y por insultar la inteligencia de los ciudadanos. Peor es la desvergüenza de los partidos, vinculados a sobornos y tráfico de permisos, que ahora invocan la honestidad y combate a la corrupción.

El discurso del «partido diferente, porque es honesto», solía vender en este país, lo usa el PAN, el lopezobradorismo y el Partido Movimiento Ciudadano. La bandera de la honestidad y el combate a la corrupción eran atractivas porque, en los comienzos de la alternancia, era una promesa sin posibilidades de prueba: sus promotores no habían gobernado y tenían enfrente a un partido hegemónico y desgastado, después de 80 años de administraciones emanadas de la Revolución Mexicana.

Igual que cuando se comercializan refrescos, ropa o computadoras, con la primera venta se puede engañar al consumidor electoral, pero con la segunda no: los «_moches_» del panismo, los escándalos de Bejarano y Ponce en las huestes de AMLO, así como la urbanización deficiente y el carísimo edificio municipal de Tlajomulco, demuestran el divorcio entre la publicidad y la calidad real del producto político. Por tanto, los partidos que ya han estado en el poder e invocan letanías morales, carecen de credibilidad entre el electorado: demostraron ser iguales (o peores) que los sujetos de su crítica.

Y, a pesar de que elección tras elección, los estudios de opinión confirman que a la gente le preocupan, principalmente, la economía y la seguridad, los políticos siguen con sus propagandas centradas en una honestidad que sólo sus amigos respaldan, o en la lucha contra una corrupción que en los hechos nunca han combatido efectivamente.

Los bloqueos en Jalisco cambiaron la percepción pública: ahora la gente cree que su comunidad es más insegura que nunca.

Pero, más allá de las declaraciones oportunistas (algunas proferidas en los momentos más delicados de la última crisis de seguridad), lo cierto es que los partidos de oposición no hicieron propuestas estructuradas y pertinentes en esta materia.

No, siguen con sus propagandas chafas, en la que se describen como santones, hombres nuevos, parsifales impolutos que vienen a construir la nueva política.

O sea, se obstinan en usar una mercadotecnia cursi y alejada de las inquietudes sociales.

El ciudadano, angustiado por los vehículos incendiados y la crisis, bien podría responder a esas campañas: «la honestidad es importante, pero necesito saber cómo lograrás que la ciudad vuelva a ser segura, qué medidas vas a tomar para que tengamos mejores ingresos y estabilidad, lo demás es rollo».

Sí. Rollo. Vil y vulgar rollo.

Lo cierto es que nadie tiene la fórmula mágica para que los demonios regresen a su caja. El asunto es multifactorial y multidimensional, es un hijo más de la ausencia del Estado de Derecho: es un brazo más del cáncer mexicano, no es un lunar autónomo.

Pero confundir a la corrupción con la falta de Estado de Derecho es confundir a un efecto con el diagnóstico de la enfermedad. La corrupción es una consecuencia del incumplimiento rampante de las normas, no es la causa: asumirla como «origen del mal» es parte de una visión gazmoña y estulta del mundo.

La seguridad es el tema… y los políticos no lo entienden. Como suele pasar con todo lo demás.