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En la Mira: Justicia bipolar

En la Mira: Justicia bipolar

Ago 12, 2018

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Por Óscar Constantino //

Escuchar la exigencia de perdón «como proceso de justicia» por parte de algunos voceros de AMLO, propicia preguntarse si este sistema utiliza dos barajas distintas: una con la que lincha usando pretextos absurdos y otra con la que pide misericordia para los delincuentes de colores afines.

Si bien en el texto constitucional se dice que nuestro proceso penal es acusatorio y adversarial, la práctica demuestra que los inquisidores gozan de cabal salud. Y no hay nada más miserable y antidemocrático que un sistema jurídico inquisitorial.

A pesar de las barbaridades de la Europa medieval, antes de la Inquisición se castigaba duramente las acusaciones carentes de fundamento: para evitar esa práctica nefasta, «el que acusaba podía ser condenado a la misma pena que le hubiera correspondido al acusado, si lo que afirmaba se demostraba que era falso». La Inquisición borró ese castigo para las acusaciones mentirosas… y, en nuestros días, la sanción por acusaciones falsas es letra muerta.

Debe decirse con todas sus letras: desde hace 500 años, México tiene Inquisición. Y si bien habrá el que sostenga que esa institución desapareció en 1820, de tiempo en tiempo se regresa a sus formas y modos… y así ha sido en los dos últimos siglos. La última regurgitación del sistema inquisitorio fue vigente hasta que la expulsó la reforma calderonista. Como resultado, se regresó al sistema acusatorio, que no se aplicaba desde principios del siglo XX. No obstante, los promotores de la Inquisición siguen saboteando al sistema acusatorio vigente, con la esperanza de reventarlo y así retornar a la basca jurídica que les permitiría seguir haciendo negocios al amparo del poder.

Y una de las formas de mantener viva a la Inquisición —en la que la autoridad es juez y parte, recopila evidencias por largo tiempo, mientras le da al acusado un plazo ridículamente corto para que se defienda—, radica en crear lunares de linchamiento: temas o asuntos en que no se respetan las reglas de prescripción, se tienen sistemas distintos de valoración de pruebas, se fabrican, inducen e incluso se presiona a la formulación de acusaciones y denuncias, para luego dictar condenas conocidas de antemano. Estos lunares o tumores jurídicos son crónica de condenas anunciadas, donde el debido proceso y la presunción de inocencia son sustituidas por las excusas más mezquinas y estrafalarias.

¿Cómo conciliamos esos procesos de vileza con la invitación al perdón y misericordia de rateros, cultivadores de droga y otros delitos que, en la cabeza de algunos, «son culpa de la pobreza»? La incoherencia de impulsar y apoyar movimientos revanchistas y, al mismo tiempo, plantear que hay delitos (incluso de privación de la vida) que deben perdonarse, revela una bipolaridad digna de una visión esquizofrénica y delirante del poder.

Hace apenas unos días, unos mototaxistas de Tlajomulco desnudaron y golpearon a un presunto ladrón, acción que grabaron en video y se conoció por los noticieros. La brutalidad del castigo al presunto infractor sólo adelanta algo que no deben olvidar los sujetos que quieren saltarse el debido proceso a la torera, amparados en ocurrencias: aquel que tuerce al extremo la norma, corre el riesgo de que la respuesta sea de la misma magnitud, pero en sentido contrario. Torcer la ley es violencia y el violentado puede optar por responder con violencia a aquello que legalmente no puede repeler. ¿Quién puede creer que el país está listo para el perdón, si se lincha desde dentro del sistema y también desde fuera?

Sin duda que a México le vendría bien tener menos espíritu revanchista, pero no de los agraviados por secuestros, homicidios, asaltos, desapariciones, robos y fraudes, sino de aquellos movimientos emergentes que pretenden incendiar al país (y ahí entran todos los progres, desde la CNTE hasta los que allanan propiedades y pisotean libertades y derechos «para reivindicar causas sociales»). Debe señalarse con toda puntualidad que México tiene cosas más importantes a resolver que los intereses de grupos que piensan que las únicas pretensiones atendibles son las suyas, sean okupas, grafiteros o radicales de actitudes similares).

El perdón debe ser para todo o no serlo para cosa alguna. Los matices sólo sirven para exterminar a los enemigos y expiar a los aliados… y eso no es justicia: es arbitrariedad vulgar y barata.


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