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En la Mira: La ceguera de los fanáticos

En la Mira: La ceguera de los fanáticos

Jun 4, 2018

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Por Óscar Constantino Gutiérrez //

¿Por qué ha generado tanto odio el mensaje de los grandes empresarios, en el que piden que la gente piense muy bien su voto en las próximas elecciones? Porque los acólitos de López Obrador creen que todos los que no piensan como ellos son privilegiados ilegítimos.

Esa creencia chaira se basa en mentiras.

Todo contribuyente decente aplaude que las empresas grandes paguen sus impuestos sin perdones abusivos (porque los demás sí sufragan 32% de ISR). El capitalismo de cuates no es algo que avale corriente política alguna, el problema a debate es el asistencialismo que incentiva la cultura parasitaria, del ciclo papá gobierno-lumpen llorones.

El asunto es si, todo lo que los chairos llaman «beneficiar a los ricos» y «servirse con la cuchara grande» en realidad califica como de esa forma. Los críticos del discurso morenista de odio antiempresarial no avalaron las exenciones de obligaciones generales (que algunos reciben), ni las licitaciones chuecas, concesiones ineficientes, ni las asignaciones directas a amigos.

Todos los que producimos estamos enojados por el desastre inflacionario, el cobro selectivo de impuestos, el manejo corrupto de asuntos públicos, las tasas de interés fijadas a lo estúpido por Banxico y la ineficiencia gubernamental. El asunto es que AMLO promete más de lo mismo… y de peor manera.

No veo a un solo candidato prometiendo:

  • Bajar los impuestos.

  • Invertir en Investigación y Desarrollo lo recomendado por la OCDE.

  • Unificar leyes, regulaciones, procedimientos y tribunales.

  • Eficientar servicios públicos y controles hechos por autoridades.

  • Suprimir privilegios.

No, todos los candidatos juegan a las promesas de dar, cuando lo que se necesita es que el gobierno ya no nos quite.

¿Por qué ningún candidato ofrece homologar requisitos, para que en México se necesite un solo día para abrir un negocio, como en Canadá? ¿Por qué ningún candidato ofrece un sistema fiscal que premie el ahorro, en lugar de incentivar la fuga de capitales?

¿Por qué ningún candidato dice que México no puede tener más cupos para profesiones de escritorio y que necesitamos más ingenieros, científicos y médicos? ¿Por qué ninguno tiene la tantita progenitora para reconocer públicamente que muchos no deben estudiar licenciaturas, porque no tienen aptitudes para ellas?

¿Por qué ningún candidato acepta que este país requiere de la nueva gobernanza (que incluye a empresas, generadores de conocimiento, sociedad civil y universidades) para tener la infraestructura que necesita México, si se pretende, sin demagogias, abatir la pobreza?

¿Por qué ningún candidato tiene la honestidad de reconocer que tenemos un «Derecho Penal a la moda», que castiga (hasta con saña) a los delitos que hoy tienen la atención e interés de «los indignados», pero no sanciona con fuerza a los ilícitos que son realmente más graves?

¿Por qué ningún candidato reconoce que este país necesita Estado de Derecho efectivo, lo que implica menos leyes (pero mejores), menos juicios e instancias (pero muy rápidas y eficaces) y un servicio profesional en todo el sector público, en lugar de una nómina a modo para el político en turno?

La respuesta es la misma a todas las preguntas: porque no es popular decir que tenemos que enseñar a pescar, en lugar de dar pescado.

Y AMLO es el peor de los candidatos porque es El Gran Embaucador, es El Demagogo Supremo: todo su rollo es de dar, no de facilitar que hagamos. Quiere revivir a la peor de las versiones del papá gobierno… y los otros candidatos le siguen la corriente, porque «es lo popular».

La pésima calidad de esta contienda electoral es culpa del discurso cachavotos del Peje, que obliga a la promesa fácil, carente de factibilidad y pertinencia. Por eso Anaya copia las pejendeces y Meade no se anima a hacer mea culpa de las fallas de este gobierno y proponer remedios a estos errores.

Pero los chairos seguirán creyendo «en el cambio» prometido por Andrés Manuel, cuyo paraíso no es factible (y se demuestra con pura aritmética), porque no quieren razonar su voto: lo suyo es la fe en su Ayatolá. Donde no hay razón, toma asiento el fanatismo. Allá ellos: a los demás nos toca salir a votar e impedir que este país se vaya al abismo.


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