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EN LA MIRA: La cultura de la bronca

EN LA MIRA: La cultura de la bronca

Dic 21, 2013

Por Óscar Constantino Gutiérrez —-

Están en todos lados, como las cucarachas: Desde el bravuconcito que grita “¿qué me ves?” hasta los delincuentes profesionales del pleito, la confrontación y el escándalo prefabricado. Son lacra y, como los demonios de las Escrituras, son legión.

¿Por qué los aguantamos? Porque el costo de oportunidad de bajar la mirada, cerrar la boca o hacerse tonto suele ser menor que el de la confrontación directa. Los mexicanos no solemos aplaudir que se les dé su merecido a los bullies, bravucones, porros o matones. Censuramos la legítima defensa, la demanda contra la calumnia, la denuncia contra el ratero. Una parte sustancial del ambiente de corrupción e impunidad que padecemos tiene su causa en el círculo vicioso de la cobardía-comodidad-censura. Pocos tienen el valor de frenar a los arma broncas y, los pocos se animan, se enfrentan a la gavilla de felizólogos y estólidos profesionales que siempre piden cordura al agredido, en lugar de exigir castigo para los agresores.

“No somos machos, pero somos muchos” es el lema que guía a quienes buscan por la satisfacción de sus intereses por la vía de la violencia, el bloqueo, el panfleto, la marcha o el plantón. No importa si son profesores del CNTE, grupos altermundistas, porros disfrazados de ciudadanos decentes, supuestos indignados o vulgar carne de cañón. La autoridad (con una mezcla de miedo, dolo y estulticia consistente) los tolera o incluso respalda: “Es que son muchos, ¿qué se puede hacer, sino otorgarles lo que piden?”, No importa si sus exigencias son absurdas, injustas, perpetúan prebendas y canonjías, son más infundadas e ilegales que el juicio contra Alfred Dreyfus o son un pliego de linchamiento que haría sonrojar al CGH y al “Mosh”. La primer ayuda que tienen los porros suele venir desde el poder: un político o un burócrata suele ser el respaldo de aquellos que hacen de la violencia su mecanismo de supervivencia.

El problema no es protestar, sino que, como todo en este país, es una actividad que se encuentra monopolizada: Es un derecho que rara vez es ejercido por quienes deberían hacerlo valer.

Mucho es el miedo y poca la recompensa. Cuando vándalos, agitadores o causa problemas son sancionados, salen defensores de todos los espacios: Que si el castigo es autoritario, que no son graffiteros, calumniadores, destructores de instalaciones públicas o pandilleros. Son angelitos o, cuando la trayectoria de estos personajes hace imposible sustentar que son gente decente, siempre queda la excusa de que es la primera vez que roban, mienten, destruyen o infaman.

Y, de repente, el jovencito que rayaba paredes, rompía ventanas, firmaba escritos con difamaciones, hacía plantones y bloqueaba vialidades, se transforma en un héroe del progresismo, acomodado por un partido político en un cargo público o función burocrática. Ya no es un porro que roba refrescos, revienta cátedras o daña edificios de gobierno, ahora, por magia de la amnesia selectiva, es académico: Publica ensayos, columnas y dicta conferencias (que otros le escriben, porque nunca aprendió a conjugar y aún pierde la atención después de leer tres líneas seguidas).

Y ese vándalo con corbata, ese porro adecentado, es el que se sienta con empresarios y líderes del sector privado para tomar acuerdos sobre políticas públicas. Y unos capitanes de negocios hacen acopio de paciencia y deciden hacer que no recuerdan que enfrente tienen al sujeto que robaba sus compañías o rayó sus casas. Otros, menos avispados, no se percatarán del gángster que tienen enfrente. Lo cierto es que, por cálculo o por torpeza, lo atenderán e incluso aparecerá en las secciones de sociales de los diarios, celebrando los 15 años de su hija, sus bodas de plata o el bautizo de alguno de sus nietos.

Y sus hijos repetirán la misma vía: Quizá no serán porros de zapatos rotos y parientes en la cárcel, tal vez serán ladies y mirreyes, pero con la misma dosis de impunidad, abuso y daño de sus progenitores.

Desafortunadamente, los porros de segunda generación suelen no ensuciarse las manos, toman congresos y atemorizan gente a través de peones tontos, herramientas del linchamiento que hacen méritos en la carrera de la delincuencia política.

Ese tipo de personas son como las higuerillas: Florecen en la basura, nada aportan, sólo estorban y, si se les tolera, se vuelven grandes y difíciles de cortar….

E-mail: oscarconstantino@gmail.com