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En la Mira: La cultura de la forja

En la Mira: La cultura de la forja

Sep 18, 2018

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Por Óscar Constantino Gutiérrez //

La cuestionada tesis doctoral de Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, es el último episodio de una tragicomedia de situación que exhibe la simulación académica de los políticos.

Lo de menos es que el jurado de Sánchez sea bastante peculiar, que haya decidido mantener oculto el texto hasta que una investigación del diario ABC lo expusiera o que una tesis de posgrado de 342 páginas sólo tenga 9 de conclusiones. Lo más delicado es que se señale que alguien más escribió el documento que Sánchez presentó como trabajo recepcional de su doctorado.

En un análisis serio no debe prevalecer la ingenuidad: es claro y evidente que los políticos no elaboran todo lo que expresan. De hecho, resulta comprensible y transparente que los discursos, fichas y programas, que presenta un líder de gobierno, sean elaborados por su equipo de asesores.

El problema se da cuando los políticos pretenden pasar por polímatas, hombres universales, eruditos que harían ver como palurdos a Leonardo da Vinci o a Bertrand Russell.

Y la visión del líder como hombre superior, con profundas raíces en el totalitarismo, permanece hasta las sociedades políticas actuales: el hombre del poder que debe ser deportista, culto literato, refinado caballero de la diplomacia, gourmet, filósofo, conocedor de todos los temas, formidable anfitrión y destacado académico.

Y, si no lo es, hay que inventarle esas cualidades de las que carece.

Así comienza la forja del superhombre de mentiritas: que tenga libros (que no escribe), posgrados (que no cursa), dicte conferencias de temas variopintos (de los que no sabe), participe en maratones (que no corre) y simule todo lo demás que se le ocurra al asesor de imagen. El punto es aparentar ser lo que no se es.

De un político sólo deberían esperarse dos cosas: 1) que tomara decisiones inteligentes a favor de la sociedad; y 2) que no fuera un miserable. Todo lo demás es betún, ornamento que carece de sentido, si adorna un pastel de porquería.

Pero el mito del rey filósofo subsiste en la propaganda política: los sicofantes alegan que, para ser gobernante, hay que ser un superhombre, un Doc Savage Región 5 o un Kalimán de carne y hueso. El argumento pseudorracional que respalda esa posición es que el candidato merece ser electo por tener cualidades superiores a sus electores en todos los temas y asuntos… cuando los únicos talentos necesarios del político son los ya mencionados en el párrafo previo: no tomar decisiones tontas y no ser un sujeto vil.

Lo peor es que esa vocación por el disfraz distrae de los asuntos más relevantes: en lugar de cuestionar si el político plagió sus tesis o alguien se la confeccionó, la opinión pública debería examinar si el fondo de su ejercicio gubernamental es adecuado.

Y no, no es que no importe que el político se ostente como erudito cuando no puede escribir ni una carta de amor, sino que el pastel de porquería termina criticándose porque el betún está hecho con colorante artificial y no porque el relleno es un asco.

Incluso en el sector privado —o semipúblico— el complejo de enano del tapanco es mal visto: a Donald Trump le afectaron las sospechas de que El Arte de la Negociación no fuera una obra de su autoría. Su escritor fantasma, Tony Schwartz, declaró a The New Yorker: «le puse lápiz de labios a un cerdo» y afirmó que sentía «profundo remordimiento» (Mayer, Jane. «Donald Trump’s Ghostwriter Tells All». The New Yorker, 25 de julio de 2016, consultable en la dirección electrónica https://www.newyorker.com/magazine/2016/07/25/donald-trumps-ghostwriter-tells-all).

La cultura de la forja no es exclusiva de la política gubernamental, la simulación es un problema en todos los círculos de la sociedad. Detrás del uso de los escritores fantasma no sólo está el afán de simulación o la urgencia de hacer negocios —como en los casos del editor de Tom Clancy o de Bob Kane—, sino un profundo complejo de inferioridad, que se explica en la incapacidad de aceptar las limitaciones e incompetencias.

De Pedro Sánchez —y el resto de los simuladores— sólo se espera que hagan su trabajo con eficacia. Su vida privada no importa, a ella pertenecen sus talentos e ineptitudes. Lo irónico del asunto es que un personaje público, que se apropia de los productos intelectuales ajenos, pierde toda legitimidad y capacidad efectiva de hacer condenas éticas o morales: para un político, eso es casi tan malo como una muerte en el ostracismo.


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