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EN LA MIRA | La ilusión de la libertad

EN LA MIRA | La ilusión de la libertad

Ago 8, 2015

La opción y el poder son criterios fundamentales en la vida social, pero opuestos entre sí: o decidimos en común o nos imponen algo. Y este sistema se encuentra presente en las organizaciones de todo tipo: desde la familia hasta el Estado, pasando por la empresa, el club, las iglesias y un largo etcétera. La Historia de la Idea del Mundo es, en parte, el recuento de las distintas formas en que los seres humanos hemos querido conciliar al poder y a la opción.

Todas las corrientes del pensamiento filosófico, político, económico y jurídico, tratan de ubicar los aspectos en que es mejor que el poder se ejerza y los asuntos donde es preferible que decida el consenso. Ninguna omite este tema: desde los que justificaron el poder (porque el hombre es el lobo del hombre y se necesita que alguien ponga orden), hasta aquellos que se construyeron la ficción de una situación idílica (en la que no se necesitaba el gobierno).

En Occidente hemos aceptado que el consenso justifica el poder, ese es el mecanismo de la democracia e, ingenuamente, se creyó que ella bastaba para resolver el dilema: para sus fieles, en la República democrática la botella del consenso encierra al demonio del poder o, lo que es lo mismo, al obedecer la Ley dada por mis representantes, sólo me obedezco a mí mismo. Pronto fue evidente que la representación política era mera ilusión: los congresistas eran comendadores de los grupos de interés que los impulsaban, circunstancia que es aplicable a un senador por Michigan, un diputado tercermundista o un legislador europeo.

Quebrada la ilusión de que la democracia representativa exorcizaba a los monstruos del poder, el realismo político osciló entre el cinismo autoritario y el constitucionalismo: unos defienden que el poder sea como es, sin restricciones (con la peregrina posibilidad de que la efectividad sea su única justificación y límite); otros que se construyan controles auténticos del poder, en el entendido de que los gobernados siempre son más que los gobernantes y que la tesis del poder por el poder mismo solo funciona en el mundo de los cobardes.

Sin embargo, la libertad es constantemente lesionada, con acciones pequeñas y grandes, operadas por los detentadores del poder: las regulaciones que agreden la eficiencia del mercado, los grupos de poder que se asignan privilegios de explotación exclusiva de actividades económicas, las barreras de entrada a bienes y servicios, los impuestos excesivos o desproporcionados (para sólo mencionar a algunas de las más recurrentes), implican encandenamientos múltiples a la autodeterminación y son frenos a la prosperidad (tanto individual como colectiva). El costo social de la intervención no conforme al mercado no suele ser menor: supuestos servicios públicos que sólo sirven a quienes los prestan, de pésima calidad y convertidos en estorbos al bienestar; requisitos que entorpecen la creación de negocios (o que se convierten en ventanas de oportunidad para que inspectores mejoren sus ingresos vía la extorsión o la corrupción); medidas que recompensan la ineficiencia o la incompetencia, usando como pretexto el nacionalismo, la xenofobia o el interés de las clases más débiles. ¿Alguien recuerda la leche con excremento que distribuía Martí Bartres en el DF? Es producto de esas intervenciones gubernativas que, al amparo de una supuesta equidad, sólo entregan basura a quienes menos tienen.

La violencia que algunos poseedores de privilegios despliegan para mantener sus beneficios es una evidencia de que la libertad es una mera ilusión en las sociedades actuales. Una muestra es que un concesionario de taxis fue de los principales auspiciantes del alcalde de Nueva York: ¿sorprende que Bloomberg no resuelva el asunto de Uber? No, porque sus verdaderos patrones no son los ciudadanos…