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En la Mira: La panacea del tonto

En la Mira: La panacea del tonto

Jun 17, 2018

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Por Óscar Constantino Gutiérrez //

Suelo escuchar varias ocurrencias sobre la corrupción, desde las que sostienen que «su causa es la impunidad» (cuando es una de sus especies) hasta las que afirman que se resuelve con la honestidad valiente del caudillo. Adelanto: la corrupción es hija de la ineptitud.

En economía el costo de oportunidad (CO) es el que se paga al escoger entre dos opciones. Si alguien tiene veinte pesos y con eso puede comprar dos cafés o dos gansitos, comprar los dos cafés implica que su costo de oportunidad fue de dos gansitos. El CO es fundamental para predecir conductas.

El costo de oportunidad no sólo es aplicable a la adquisición de mercancías, sino que sirve para evaluar si una regla o norma será cumplida. Una persona puede optar entre no robar o cometer un hurto y eso dependerá de qué tan costoso le resulte cada opción.

Por ejemplo, una sanción muy desagradable y altamente probable es más costosa que las sanciones pequeñas y probables… o las sanciones muy altas pero poco probables.

Gary Becker, premio Nobel de Economía, explicó que las sanciones son disuasorias de conductas cuando el castigo no sólo es alto, sino que es altamente probable de aplicarse. Si no hay una alta probabilidad de sanción, el escarmiento previsto en la norma no desalienta la infracción.

Y ahí es donde comienza la confusión de los ocurrentes. La impunidad no es causa de la corrupción, es una consecuencia de que es más atractivo no cumplir la ley que acatarla, o sea, hay impunidad porque primero hubo corrupción, no al revés.

La corrupción no es otra cosa que el costo de oportunidad menor de sacar provecho ilícito de algo. La definición es muy amplia porque así es la corrupción: siempre que alguien se beneficie del desvío de la finalidad de un bien o atribución, hay corrupción.

Alguien dirá: «pues la poca probabilidad de sanción es impunidad, por eso hay corrupción». Y se responde: la impunidad hace atractivo el delito, pero la corrupción no equivale a todo tipo de delito y, cuando se cometen actos corruptos y se castigan, su comisión se desalienta.

Y antes de que alguien más se salga por la tangente sosteniendo que el ciclo corrupción-impunidad es la serpiente que se muerde la cola (ουροβóρος), lo cierto es que la corrupción se da con o sin impunidad, pero sólo permanece como corrupción cuando queda impune.

Que la impunidad sea consecuencia (de la corrupción) no significa que la impunidad no facilite la permanencia de la corrupción: la impunidad es un tipo de corrupción, no una de sus causas.

Este error de secuencia surge de confundir impunidad con falta de Estado de Derecho: no son lo mismo. Y va un ejemplo actual: los berrinches de los chairos, porque sostienen que «son legales» las adjudicaciones directas hechas por AMLO a la empresa Riobóo, demuestran que la corrupción existe con ley cumplida (aunque con falta de Estado de Derecho, porque la ley es tramposa y, por ende, corrupta).

Pero señalé al principio de este texto que la corrupción es hija de la ineptitud. Esto es así porque la incompetencia hace muy costoso cumplir con las reglas: la gente se corrompe porque es incapaz (o se le dificulta mucho) hacer las cosas bien.

El costo de oportunidad de una conducta no se obtiene sólo de la amenaza probable de un castigo (incentivo negativo), sino, obviamente, de otros conceptos de costo, los que incluyen los intrínsecos de actuar bien.

Aquí recupero a otro economista, Carlo Cipolla. Para efectos de facilidad, señalo las tres conductas principales que menciona: inteligentes, malvadas y estúpidas. Adelanto: la corrupción se da entre malvados y estúpidos.

El malvado obtiene un beneficio dañando a los demás y el estúpido causa daño a los demás sin beneficiarse (o incluso dañándose). El inteligente se beneficia con su conducta y beneficia a los demás. Y ahí va la pregunta central: ¿cuánto cuesta ser inteligente? Mucho.

Pongamos el ejemplo de un inventor de un medicamento que cura una enfermedad grave (de esos científicos que los cuatro candidatos no supieron mencionar en el tercer debate, porque creen que ciencia es gadgets e Internet). ¿Cuánto tiempo, dinero y esfuerzo requiere una invención?

Las conductas inteligentes requieren mucha dedicación e inversión. Ser tonto implica el mínimo esfuerzo: sólo cuesta a posteriori.

Mucha gente no paga bien sus impuestos por la dificultad, prefieren acreditar sus cursos de forma chueca porque no saben estudiar, otros tienen dificultades para llevar trámites complejos y escogen darles la vuelta. El precio de la trampa suele ser menor al de la corrección.

En varios casos, el sujeto que busca una adjudicación directa lo hace porque sabe que no es el mejor y en una licitación pública perdería: su ineptitud lo lleva a ofrecer «el moche» para la autoridad que decide la contratación. Es corrupto por torpe y también es malvado.

Esta conclusión se refuerza por el hecho de que la mejora regulatoria desalienta la corrupción: en la medida en que es más fácil cumplir la ley, aumenta el costo de oportunidad de la trampa. La impunidad pasa a segundo plano en estos casos.

¿Hay corruptos malvados, que no son ineptos? Sí, usualmente son los agentes que se benefician de la desesperación del mentecato. Pero, incluso, esos malvados carecen de las capacidades para obtener los mismos beneficios con conductas inteligentes: son un mixto de tonto y malo.

Por tanto, «acabar con la corrupción» no es un asunto de «poner el ejemplo de honestidad» (como sostiene el Ayatolá de Macuspana): para acabar con la corrupción en México, primero hay que erradicar la estupidez e ineptitud (y eso se ve imposible con AMLO en la presidencia).


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