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EN LA MIRA | La Plaza de maniqueos

EN LA MIRA | La Plaza de maniqueos

Jul 18, 2015

«So I start a revolution from my bed».
Noel Gallagher-Don’t look back in anger

 

En su novela La Plaza, Luis Spota se atrevió a secuestrar a uno de los responsables de la represión de 1968, encerrarlo en una jaula, formar un tribunal de víctimas, someterlo a juicio, ejecutarlo y dejar su cadáver en la Plaza de las Tres Culturas. Ninguno de los valientes autores que escribieron sobre este tema, tanto protagonistas del Movimiento como testigos de los hechos, osaron escribir algo tan audaz.

Sin embargo, no faltan los imbéciles que sostienen que la novela de Spota «es una diatriba en contra del Movimiento», que la obra «trató de disculpar la conducta del gobierno mexicano en 1968» o que La Plaza «exhibió a Spota como un novelista a sueldo del sistema».

Si alguien considera que es «una pluma pagada por el Estado» aquella que escribe una ficción donde encierran como animales a gobernantes, los juzga el pueblo y los matan como a perros, el criterio de tal «analista» lo califica para hacer purgas con Stalin o formar parte de la Inquisición española.

Los ataques que generó La Plaza, una novela escrita apenas tres años después de la matanza de Tlatelolco, son parte de un maniqueísmo que sigue vigente en México. Corregido y aumentado.

El pasado 13 de julio se cumplieron 90 años del natalicio de Spota y este 2015 fue el trigésimo aniversario de su fallecimiento. No le tocó el salinismo, la muerte de Colosio, el zedillato, la alternancia panista, el regreso del PRI, ni Ayotzinapa. Sin embargo, al leer los libros de Spota, se puede apreciar que la cultura política mexicana no ha cambiado mucho en las últimas seis décadas.

El ataque a Spota por La Plaza no es diferente de los «maldyto peñavoot, muere» que en redes sociales se espetan a los que no aceptan ciegamente el discurso lopezobradorista, la propaganda sobre Ayotzinapa o cualquiera de las arengas de la izquierda.

En su novela sobre los sucesos de 1968, Spota le da la oportunidad al político de defenderse, de todos modos es sentenciado como culpable y ejecutado: ese derecho de audiencia, el dar las dos versiones del asunto, fue el pretexto para agredir al escritor. Hoy, que muchos estiman que hay inconsistencias o incongruencias en los discursos de las izquierdas, se repite el patrón: o estás incondicionalmente con nosotros o eres un vendido del sistema.

Con ese pensamiento talibán, cualquier diálogo y consenso parece imposible. Y esa cerrazón violenta e ignorante no es privativa de la izquierda: cualquiera que se haya topado con un yunquero, militante provida o fauna similar (lo mismo, pero más barato), sabe que tan intolerante es el chairo genérico como el derechairo.

Ahora, que se requiere un debate racional, democrático y liberal de los asuntos públicos, parece que la plaza sigue llena de maniqueos. Umberto Eco se quejaba del exceso de opiniones ignorantes y mensas en las redes sociales: su argumento es que, en el mundo predigital, las peroratas tontas se filtraban fácilmente, mientras que en la actualidad conviven en Twitter las razones de un premio Nobel y de un tipo que considera que la ortografía es opcional en la escritura.

Si en 60 años no hemos logrado construir una realidad menos autoritaria e intolerante, sino que la tecnología se volvió un medio más para ejercerlas, sociedad y gobierno tienen un problema serio: mientras no logremos comunicarnos civilizada y racionalmente, la comunidad teledirigida será el único modelo posible. Uno en el que el rating, los retuits, followers y favs marcarán lo que prevalece: es un escenario deprimente.

oscarconstantino@gmail.com