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EN LA MIRA | La política de la ocurrencia

EN LA MIRA | La política de la ocurrencia

Jul 16, 2016

El brexit y la caída de David Cameron son consecuencia de una puntada del hoy exprimer ministro británico: la de prometer, en campaña, un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

Hoy, la isla está en crisis y Cameron dejó su cargo. Quizá pase a la historia como uno de los peores primeros ministros, solo superado por Neville Chamberlain. Todo por una promesa que estúpidamente hizo en periodo electoral.

Que un egresado de Oxford, con toda la formación política del Primer Mundo, haya puesto en jaque a la economía occidental, solo confirma que la tentación de la irracionalidad no es privativa de las sociedades bananeras: los detentadores del poder toman decisiones espeluznantes en cualquier parte del planeta.

Sin embargo, lo que distingue a las democracias consolidadas es que los políticos sufren las consecuencias de sus torpezas, mientras que la clase gobernante de América Latina suele transitar calmosamente por la impunidad.

Y no, amable lector, no significa que esas tonterías siempre sean delictivas, en muchas ocasiones solo son dañinas, pero la clase política no suele hacer mea culpa de sus malas decisiones sobre los asuntos públicos. Aun en los casos en que esos criterios erróneos les perjudican, un político primero morirá antes de reconocer que su estado actual es consecuencia de una metida de pata (o de su respaldo a una torpeza legislativa, administrativa o judicial).

Ejemplos de esos desatinos se pueden consultar en las noticias de todos los días, pero, usualmente, solo en los libros de historia la estupidez legislativa queda calificada como tal. Por ello resulta fuera de lo común que los gobiernos de Quintana Roo y Veracruz hayan recibido sendos manazos por parte del Ejecutivo federal (que impugnó ante la Corte Suprema los intentos de reformas a modo en materia de rendición de cuentas, inducidos por los gobernadores salientes de esas dos entidades).

Si bien no resuelve el problema, sería deseable que los políticos en México tomaran por costumbre reconocer sus metidas de pata (al menos en los casos en que sus engendros les aplican el efecto bumerang). Ese primer paso, aparentemente poco importante, puede ser el comienzo significativo de un ejercicio responsable del poder.

¿Cuántos monstruos, hijos de la ocurrencia política, existen en nuestro sistema institucional? Muchos, basta con abrir la Constitución para tener un recuento de órganos públicos autónomos, institutos, agencias y entidades variopintas que nacen de la vocación a la creación de plazas para los amigos: colocar lacayos y secuaces es una de las formas más efectivas de incrementar el poder de un grupo. Poco importa si la función del organismo es irrelevante o poco representativa: si el Instituto de Asuntos sin Importancia tiene nómina para albergar grillos, su función política queda cumplida.

Por eso, hasta lástima da escribir sobre política local: cuando los sucesos tienen que ver con filtraciones, trampas, chantajes, extorsiones, calumnias y todo tipo de suciedades para acomodar a los pajes en cargos públicos, ese ejercicio del poder se parece más a la actividad de los animales de carroña, que al noble interés común que (se supone) debería regir a la cosa pública.

Y no hay ingenuidad en el punto, nadie niega que la política es un juego de intereses, pero se trate de los conflictos de la CNTE o la designación de funcionarios públicos, resulta aplicable el viejo dicho popular que recomienda que no sean trompudos los cerdos o, en lenguaje elegante, que la política es fina cuando no atenta contra el sentido común…

oscarconstantino@gmail.com