Portal informativo de análisis político y social

EN LA MIRA | La política sin clase

EN LA MIRA | La política sin clase

Ene 23, 2016

La Política (con mayúscula) no solo es el arte del gobierno de los Estados, es la vía para hacer que lo público sirva a los intereses sociales. La política, con minúscula, parece exactamente lo contrario, al menos en México: en lugar de ser el arte de hacer posible lo necesario, se ha convertido en la técnica de hacer obligatorio lo inútil.

Ejemplos abundan: desde la torpeza de las aduanas hasta la proliferación administrativa de requisitos que contamina todas las actividades humanas. Pareciera que, como en una frase apócrifa del Quijote, los ciudadanos podrían decir: «con el gobierno hemos topado».

No hay exageración: la intervención regulatoria, siempre invocada «para dar seguridad», «proteger el interés público» o «salvaguardar a las instituciones», solo da seguridades a la clase política y solo protege los intereses del gobierno (que no son equivalentes al interés público). Agregar requisitos y reglas a actividades que operan (o pueden operar) sin ellas, es una muestra de la ineficiencia e ineficacia gubernamental: es el pensamiento que erróneamente cree que público significa «complicar lo que funcionaba bien sin intervención estatal».

Con algo más de perversidad, algún científico de la Política explicaba que los políticos se dedican a crear problemas donde no los hay, para luego ofrecer una solución al mismo daño que (usualmente tras bambalinas) ellos mismos crearon. La vulgaridad del político intrigante, que pone el coco y luego se asusta, es una de las evidencias de que la clase política se ha vuelto una gavilla de políticos sin clase.

Siempre han existido los políticos de baja estofa, medrosos, miserables, vividores. Lo grave es que, en los últimos tiempos, han proliferado, como el despliegue de maldad insolente al que hace referencia uno de mis tangos favoritos. Va un ejemplo, la molestia pública, por el exceso de afirmativas fictas otorgadas, no puede reducirse a un asunto de particulares corruptos y jueces voraces que reciben sobornos: esa visión es ingenua, porque la existencia de negocios de ese tipo requiere del amparo del poder. Sin políticos que impulsen esa forma de proceder, resultaría inexplicable la proliferación de sentencias que insultan la inteligencia de ciudadanos y juristas.

Lo mismo puede decirse de la actividad del Poder Legislativo, donde designaciones, decretos y leyes son creadas con un autoritarismo irracional que avergonzaría al mismo Ludovico Settala. Las iniciativas que se presentan en cada Legislatura parecen confeccionadas desde la puntada o la ocurrencia (eso no cambia). En el colmo de la estulticia, la Casa de las Leyes es el lugar donde pretenden omitir el deber de fundar y motivar sus decisiones, con la excusa lerda de que, según ellos, son soberanos (otra vez, la Razón de Estado por encima de las obligaciones constitucionales que son comunes a todas las autoridades). En un Estado de Derecho, una pretendida soberanía no excluye el deber de fundar y motivar las decisiones. Lo peor es que ni soberanos son (pero eso es tema de otra columna).

Cuando leo opiniones que se indignan por la corrupción rampante, me pregunto si existe conciencia sobre su causa, que siempre es ética y cultural (aunque a algunos amigos no les guste el término): las grandes corrupciones son hijas de las pequeñas sinvergüenzadas, cada vez que se paga un soborno de tránsito o se usan las influencias en los trámites, se alimenta al monstruo corrupto. La verdadera indignación contra la corrupción no es la de rasgarse las vestiduras por la conducta ajena, sino la de apenarse por lo que cada uno hace: para dejar de ser corruptos, los mexicanos primero deben dejar de ser fariseos…

oscarconstantino@gmail.com