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En la mira: Ocurrencias

En la mira: Ocurrencias

Abr 15, 2018

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Por Óscar Constantino //

Hace unos días, estuvieron a mi vista dos afirmaciones de coyuntura sobre las ocurrencias, una de Macario Schettino y otra de José Fernández Santillán. El primero manifiesta que «cuando en lugar de procedimientos tenemos ocurrencias, la productividad se desploma» y el segundo explica que el marketing político es «un mecanismo que ha distorsionado a nuestra democracia (…) y las ocurrencias han suplido a las ideas».

Para concluir la triada, refiero a Julio Franco Corzo, quien atinadamente recuerda que las políticas públicas existen para evitar las ocurrencias en la atención de los problemas públicos. En conclusión, se hable de la totalidad del marco económico, de procesos electorales o de acciones de gobierno, las ocurrencias son una gran lacra.

¿Qué es una ocurrencia? En pocas palabras, es una idea desatinada, errónea. Su vínculo con la improvisación, la ignorancia e irracionalidad es directo. Se plantean ocurrencias porque no se sabe (o, peor aún, no se sabe que no se sabe), por la falta de análisis y reflexión, por anteponer la emoción a la razón. E implican mucho dinero: en 2017, la Asociación Mexicana de Transporte y Movilidad señaló que «las congestiones vehiculares cuestan a la Ciudad de México 60 mil millones de pesos al año y 33 millones de horas de trabajo»; a Cataluña, las ocurrencias independentistas le cuestan 5 mil 800 millones de euros anuales, de acuerdo a la entidad Sociedad Civil Catalana; por su parte, el Registro Nacional de Usuarios de Telefonía Móvil (Renaut), causó el desperdicio de más de mil millones de pesos, «por una “buena idea” de un legislador federal», como refiere Franco Corzo en su libro de diseño de políticas públicas.

Apelar a la emoción es una de las herramientas esenciales de la demagogia: el demagogo halaga los sentimientos elementales de la gente, para conseguir el poder —o mantenerlo—. La otra arma principal de esa práctica política es el otorgamiento de favores al pueblo (exenciones, dispensas, amnistías, regalos, perdones, indultos). La demagogia, al apelar a la emoción, suele proponer ocurrencias… como sucede al plantear la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) o al proponer matrícula universal en la educación superior.

En políticas públicas uno de los casos típicos de estudio sobre acciones de gobierno fracasadas es el de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Esta institución fue creada en 2001 —por Andrés Manuel López Obrador— para que se inscribieran las personas que no fueron aceptadas en universidades públicas y que no podían cursar una carrera en una institución privada. A pesar de tener más de 50 mil alumnos inscritos en su historia, al 30 de marzo de este año sólo tenía mil 453 titulados de licenciatura y 228 de posgrado. No sólo se titulan pocos, Reporte Índigo explica que la UACM gastó más por alumno de licenciatura que la misma UNAM: 60 mil 900 pesos frente a 72 mil 400 pesos («UACM: institución cara y con pocos egresados», 2 de diciembre de 2017).

Y ni qué decir del perfil de los inscritos: en 2011, la segunda rectora de la UACM, Esther Orozco, «consideró que el resultado de la formación de los estudiantes es un fracaso. Señaló que 52% de los estudiantes que han ingresado a la UACM entre 2001 y 2009, tienen un coeficiente de desempeño menor al 2.5 en una escala de cero a diez» (Franco Corzo, Julio, Diseño de Políticas Públicas, IEXE, citando a Grupo Fórmula, 2011).

En suma, cuando alguien tuvo la ocurrencia de abrir una institución universitaria para todos los que no pudieron ingresar a la UNAM, el resultado fue funesto. Peor sería que esa puntada fuera replicada en las entidades federativas, cuando urge dedicar más recursos a Investigación y Desarrollo —para, al menos, alcanzar los niveles recomendados por la OCDE—.

Los problemas públicos, como la educación, requieren políticas públicas diseñadas con método que realmente ataquen las causas de esos problemas «y que no sean un disfraz para cubrir intereses de ciertos grupos de poder», como explica Franco Corzo. Lo demás son demagogia y ocurrencias.


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