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En la mira: Sealtiel y los moralistas

En la mira: Sealtiel y los moralistas

Feb 18, 2012

Sealtiel Alatriste cometió el pecado más grave en el mundo del rigor intelectual: usó citas ajenas sin dar el respectivo crédito a sus autores. La falta ya le acarreó tres grandes castigos: la pérdida del respetadísimo Premio Xavier Villaurrutia 2012, su renuncia a la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM y el desprestigio público como escritor.

 

La sanción fue bíblica: al ciento por uno de su infracción. Hay quienes se regodean y felicitan por el “castigo ejemplar” que se le propinó al novelista. Sin embargo, ese moralismo escandinavo demuestra el doble, triple o cuádruple estándar de una sociedad que, por un lado magnifica la indignación por estupideces y, por el otro tolera, con amplia ceguera los secuestros, grandes peculados, negocios contrarios al interés público construidos al amparo del poder, asaltos y crímenes de odio. Bajo la lógica de los castigos impuestos a Sealtiel Alatriste, en este país los delitos deberían sancionarse con pena de muerte y negación de sepultura al cadáver.

 

No exagero, mucho menos defiendo el error de Alatriste: apropiarse de las creaciones ajenas es una vileza cuando se hace dolosamente y es una enorme torpeza si se comete por ignorancia o descuido. El problema radica en la ceguera selectiva de una sociedad que se rompe las vestiduras ante una falta menor (sí, es una falta menor, aunque Guillermo Sheridan y Gabriel Zaid opinen lo contrario), pero guarda cómodo silencio ante la pérdida de la vida o el patrimonio que aflige a millones de mexicanos. México es el país de las causas políticas correctas e irrelevantes: exigimos cárcel para un padre que le grita a sus hijos que se portan mal, pero no decimos pío por los miles de levantados, los millones de pesos gastados en tonterías o los miles de agredidos por el crimen organizado.

 

Para esos casos (que ya no tienen remedio, por eso no los atendemos, ¿verdad?), lo único que hay son protestas chiquitas, muy genéricas, de plano realizadas para no quedar como omisos, pero que se hacen con la muy cobarde intención de no irritar a los barones del crimen o a los políticos que aún resuelven sus controversias a la veracruzana (salvo el honorable caso de Javier Sicilia, los opinadores públicos son comentadores de ocasión). Para hacernos los valientes, para actuar como miembros del Comité de Salud Pública del Terror y pedir la guillotina, están los destinatarios que no pueden defenderse de los ataques farisaicos: los intelectuales, los padres de familia de bajos ingresos, los académicos, los funcionarios de nivel medio para abajo, los albañiles y los taxistas.

 

La situación en Jalisco es más complicada, ya que los primeros moralistas de la conducta ajena ¡son plagiarios o ladrones del conocimiento ajeno! Actúan pedantemente, con miradas desaprobatorias para quienes consideran moralmente inferiores, hacen juicios, desacreditan trayectorias o destruyen reputaciones, cuando no son más que vulgares rateros, rijosos profesionales o fraudes intelectuales: ayer eran electoralistas, hoy se dedican a la Propiedad Industrial, mañana son fiscalistas o diseñadores de Políticas Públicas y pasado mañana son transparentólogos. Censuran cualquier falta o error como si fuera santos, cuando son ángeles… pero caídos, igual de soberbios que su líder Luzbel, tan incongruentes como Robespierre. Son lo buenos para nada que rabiosamente exigen resultados a los demás, cuando ellos mismos son incompetentes hasta para dar órdenes; son los extremistas que piden castigos para todos, pero que lloran cuando los exhiben en sus faltas. Que se aplique toda la dureza de la ley, pero en los demás, parece que fuera su lema.

 

En México, la gravedad de las faltas no depende de las conductas objetivas, sino de la persistencia de su difusión en los medios. Si un tipejo plagia información en su tesis de posgrado y eso se dice una sola vez en una columna periodística, seguramente podrá instalarse cómodamente en su papel de Caifás moderno. Por el contrario, si un escritor conocido comete la tontería de no dar crédito a las citas de autores renombrados, una camarilla mediática lo linchará día con día hasta que reviente, como le pasó a Sealtiel Alatriste.

 

Hoy tenemos en la piedra de sacrificios la cabeza de un escritor, mientras se pasean impunemente los que alcanzan cargos públicos a través del tráfico de influencias y el peculado, así como reptan felizmente los plagiadores consuetudinarios, que se ostentan como especialistas cuando han hecho su modus vivendi del robo de documentos ajenos. Malcom se enfrentó a los eunucos, Alatriste a los moralistas… y perdió. Cualquier semejanza con la realidad no es mera coincidencia.

 

Hago una sola cita en esta columna: “¿Quién vigila a los vigilantes?”. Esta expresión, tomada de la Sátira VI de Décimo Junio Juvenal, es perfectamente aplicable a los moralistas: ¿quién vigila a esos pecadores, que suelen esconder en su armario esqueletos más grandes que los que acostumbran señalar?

 

Twitter: @oscarconstantin

Correo electrónico: oscarconstantino@me.com