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En la Mira: Selectividad a la carta

En la Mira: Selectividad a la carta

Sep 2, 2018

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Por Óscar Constantino Gutiérrez //

Eugenio Raúl Zaffaroni es, sin lugar a dudas, uno de los juristas más elocuentes y brillantes de América. Hace unos días, veía una exposición de este genial penalista, en el canal de YouTube de Miguel Carbonell. Hablaba sobre los estereotipos y prejuicios en la persecución de los delitos, así como del divorcio entre la realidad y lo que dice la ley.

Zaffaroni señala a la selectividad como uno de los contrastes entre los hechos y la norma: los legisladores se la pasan inventando delitos y penas sobre múltiples conductas, para que las policías y agencias estatales persigan sólo un pequeño segmento: el de los ilícitos cometidos usualmente por la gente débil y pobre.

Esta selectividad resalta que las personas reciben trato desigual en todos los sistemas jurídicos del mundo. Si a eso se agrega que establecer más figuras delictivas aumenta el riesgo de abusos de autoridad y debilita el Estado de Derecho, resulta que el aumento de conductas sancionables no sólo es inútil: resulta pernicioso, contraproducente.

Si la función penal ha demostrado su poca utilidad, la otra cara del problema es la cultura histérica y criminal del linchamiento. Por un lado tenemos un sistema penal que pretende castigar casi todo (pero sólo sanciona a quien no puede defenderse), por el otro padecemos a la turba social que castiga sin pruebas y de forma salvaje.

En México, la selectividad está alterada por los grupos de interés: al presionar que se castiguen ciertas conductas, incluso desde la irracionalidad y la legalidad a modo, esos grupos en realidad son entidades criminales, lobos con piel de oveja. Buscan que se ponga especial interés a sus caprichos, con lo que los recursos y personal, que deberían dedicarse a castigar delitos más graves, terminan aplicados en ilícitos de menor relevancia.

Frente a la presión mafiosa de los grupos de interés, la masa —término que les irrita a los tontos inútiles— ejecuta por mera sospecha: lincha inocentes.

De hecho, lo que hacen los grupos de interés, al presionar a las autoridades hacia la selectividad de los delitos que a ellos les ofenden, también es un linchamiento, pero ejecutado al amparo del poder.

Lo cierto es que el dilema no cambia: ¿la solución está en disminuir figuras penales o en ampliar la infraestructura represiva? Menciono aquí algo que Zaffaroni ha recordado: la pena es un hecho político. Corresponde al gobierno encontrar el camino para que se delinca menos: ¿la vía debe ser de reeducación, no sancionatoria? ¿Se debe insistir en castigar? ¿Es un tema de costos de oportunidad, de hacer más atractivo cumplir la ley?

El México bruto, ignorante y prejuicioso, también es delincuente: no le importa reeducar, conciliar o premiar la buena conducta. Quiere castigar sin proceso,  con pruebas subjetivas o ridículas, tumultuariamente, porque «siente», «le vibra» que alguien es culpable de una grave infracción. Usa la multitud como escudo para sus fechorías… y las autoridades no tienen el arrojo y determinación para procesar multitudes. Nuevamente, los gobiernos son rigoristas con los débiles y son excesivamente indulgentes con la masa delincuencial: violencia gubernamental contra el indefenso, lenidad con la Fuenteovejuna.

Los linchamientos de los últimos días son una consecuencia de la cultura de la selectividad a la carta, artificial, construida desde la pataleta, no desde el consenso social. La interpretación boba, facilona, es que los linchamientos tienen su causa en la impunidad. Curiosamente, esa supuesta exención también es artificialmente selectiva: la multitud no se molesta con la ausencia de castigo, sino con la falta de sanción a lo que ellos les molesta: irónicamente, esperan impunidad para sus conductas ilícitas.

En suma, el sistema penal mexicano no funciona: su contenido legal es excesivamente extenso, pero en la práctica sólo se castiga a aquellos que los grupos de interés buscan sancionar, la sociedad se irrita porque la selección de conductas castigadas no coincide con sus convicciones y las multitudes ejecutan personas, amparadas en que su salvaje comportamiento no forma parte de la selección de acciones sancionadas en la práctica.

Qué horror de gente y de sistema…


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