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EN LA MIRA | ¿Venganza o gobernanza?

EN LA MIRA | ¿Venganza o gobernanza?

Jun 20, 2015

La alternancia en Jalisco ha tenido distintas explicaciones en los últimos días, que se agrupan en el término «hartazgo». Sin embargo, el esclarecimiento de ese fastidio ciudadano parece incomprensible para la clase política. En realidad tiene una explicación muy sencilla: nadie aguanta ya gobiernos ineficaces y autoritarios.

En el viejo pacto corporativo, cada segmento de la sociedad recibía una «tajada» del bienestar: esas cuotas permitían la gobernabilidad. El primero en romper ese pacto corporativista fue Miguel de la Madrid Hurtado, con lo que se dio el primer cisma del sistema, el de los que no aceptaban un modelo de política neoliberal, alejado de la intervención gubernamental con interés social (pero altamente ineficiente, inflacionaria y corrupta). Las migraciones de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, que terminaron fundando el perredismo, fijaron una izquierda social, que reclamaba el quiebre de una parte del antiguo pacto político.

Carlos Salinas de Gortari terminó de romper ese acuerdo corporativista, al liquidar varias instituciones propias del modelo posrevolucionario: el ejido perpetuo, el proteccionismo económico y el anticlericalismo pasaron a ser estampas de Historia antigua. Lo moderno era el libre comercio, la competencia global, la coexistencia de iglesias y Estado. La racha triunfadora de Salinas se quebró por la reacción de los grupos que habían sido expulsados del viejo esquema revolucionario: zapatismo, perredismo y activismos de izquierda desgarraron la imagen exterior de paz y prosperidad que había vendido el salinato. A ese coctel se agregó el asesinato de un candidato presidencial y, en una broma irónica del destino, los mercados, que adquirieron más poder durante el salinato, le dieron un severo golpe a la economía mexicana, mismo cuya paternidad niegan Zedillo y Salinas: cada uno le echa la culpa al otro de ese descalabro.

Zedillo se dedicó a desmontar lo que quedaba del viejo aparato político y a allanar el camino a la alternancia presidencial. Desde 1997 dejó de gobernar con un Congreso a modo y logró entregar la presidencia sin que le instalaran comisiones de la verdad o fiscalías que examinaran su vida, patrimonio y obras. Dos gobiernos panistas, el de Fox y Calderón, demostraron que el cambio de partidos no transforma la realidad política, ya que la sociedad es la misma y, si no está dispuesta a una transformación cultural, los vicios políticos encuentran el sendero para seguir su andar.

La crisis de seguridad sepultó las esperanzas del PAN de gobernar a México por un tercer periodo consecutivo. Regresó el PRI y logró reformas (de derecha, hay que decirlo) que habían estado empantanadas por doce años. La izquierda más radical las consideró regresivas y antipatrióticas, pero cualquier posible fruto de estas enmiendas se perdió en una repetición de la mala suerte del salinismo: en 1994 fueron el zapatismo y el asesinato de Colosio los que frustraron el proyecto priista, actualmente lo liquidaron las matanzas, los desaparecidos de Ayotzinapa y lo errores de gobierno.

En casi 30 años, los problemas de economía y seguridad no han disminuido. Cada vez es más difícil que los ciudadanos tengan estabilidad en sus ingresos y que el crimen no sea una sombra permanente, que sigue a las personas en cada momento de su vida. El mayor error de todas las fuerzas políticas es creer que el autoritarismo podía regresar y ser tolerado. El reto de los gobiernos es lograr que los ciudadanos capten las diferencias, por ejemplo, que se percaten de lo que hace bien el gobierno de Jalisco (o sea, los tres poderes) y que no lo confundan con la labor de los ayuntamientos.

Sin embargo, si los gobiernos no entienden que su porción de «hacer las cosas bien» debe aumentar, no con metas ridículas e imposibles, sino con acciones concretas y eficientes, el hartazgo aumentará. Ante la venganza electoral del voto de castigo, lo que corresponde es mayor gobernanza: autoridades más efectivas y eficientes, alejadas de la prepotencia, el gobierno ilusión y el abuso de poder.

La ciudadanía es proclive a comprar falsos profetas y decepcionarse cuando ven su realidad. Por eso votaron por Fox o llevaron a una diferencia mínima las votaciones entre López Obrador y Calderón en 2012. Los ídolos de barro, carentes de gobernanza, pero revestidos de mucha propaganda, no tienen garantizado el respaldo ciudadano: si en los siguientes tres años no gobiernan bien, se podrían ir como llegaron. Habrá que ver hasta dónde alcanza la «tlajomulquización» del Área Metropolitana de Guadalajara.

Si no se acepta que lo que falló es la gobernanza, la venganza regresará en 2018. Y con mayor fuerza.