Portal informativo de análisis político y social

EN LA MIRA | Y el petróleo seguía ahí

EN LA MIRA | Y el petróleo seguía ahí

Feb 6, 2016

Para un sector de la opinión pública resulta sorpresivo que Venezuela haya llegado al punto de importar crudo estadounidense. No es asombroso: basta con recordar que México renunció a producir su propia gasolina desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, por una sugerencia de Pedro Aspe Armella, su secretario de Hacienda.

Si bien el pejismo dialéctico suele lanzar invectivas por esa decisión, lo cierto es que al país le costaba más refinar ese combustible que importarlo. La simple lectura de ese hecho es terrible y peor es la realidad de una nación con las cargas regulatorias, corrupciones e ineficiencias que construyen ese estado de cosas. De tiempo en tiempo, Andrés Manuel López Obrador sostiene que el problema de importar gasolina se resuelve con la construcción de refinerías mexicanas, pero se le olvida que la falta de infraestructura es apenas una parte del problema, donde los factores humano e institucional no son irrelevantes: ni siquiera la tecnología de punta impediría que la gasolina mexicana fuera carísima, porque la burocracia, corrupción e ineficiencia no son ingredientes que se eliminan con química avanzada, sino que son efectos de un grave problema económico y cultural (aunque a algunos amigos les moleste esa definición).

La corrupción prolifera cuando es cómoda para su autor, a esa condición los economistas la llaman costo bajo de oportunidad. Las sociedades más honradas son aquellas en las que el costo de la sinvergüenzada es altísimo, lo que no se logra por decreto, sino que requiere un cambio económico y de hábitos. La pobreza no es causa suficiente para la corrupción, pero una gran desigualdad social facilita que el precio de corromper sea más accesible para quien soborna o paga por la autorización de ilicitudes. Por otro lado, el dolo latino (esa picardía a la que aluden los romanos para denotar la astucia del mercader) fácilmente se convierte en dolo maligno, en pillería, en delincuencia: entre el «vivillo» y el vividor solo existe un breve paso, que hace del marrullero un bellaco. Ese paso es sutil: los mañosos suelen darlo sin percatarse de ello, pero es un estadio más de la práctica de pasarse de listo, de doblar las reglas para que hagan la voluntad del bribón.

Octavio Paz explicó magistralmente ese atributo del mexicano, que se concreta en el verbo más nacional e insultante del vocabulario patrio. Un término multívoco, pero que en todas sus acepciones se vincula a la idea de daño y de tomar ventaja a través de ese menoscabo. Todos conocemos a alguien que se asume listo porque se la pasa ejerciendo ese verbo: su brillantez queda reducida a su capacidad de encontrar maneras de perjudicar a los demás (y, en algunos casos, sacar ventaja de esa conducta nociva). Si se acepta la terminología de Cipolla, ese «listo» oscila entre la maldad y la estupidez, pero su comportamiento no puede ser caracterizado como inteligente: no logra su beneficio sin afectar a los demás, sino que lesiona y, en unos casos, obtiene ventaja… pero en otros no (e incluso llega a lacerarse).

Así que, si se pretende que México produzca eficientemente su gasolina, lo primero es limpiar la casa, respecto a sus personas, reglas e instituciones. Sin embargo, ¿AMLO podrá entender esta cuestión, si él mismo actúa como propietario y regente del partido Morena y dice que «lo quieren borrar», porque lo critican por usar recursos públicos para hacer su campaña anticipada?

En realidad, el Peje no es distinto de los políticos, directivos de Pemex y sindicalistas que tanto condena: le encanta el dinero ajeno, el de los contribuyentes, para financiar sus caprichos y berrinches…

oscarconstantino@gmail.com