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EXTREMA PROMESA

EXTREMA PROMESA

Ago 20, 2011

En la extrema promesa de cada trienio o sexenio, abundan las mismas frases sacadas –pareciera– de la edición de bolsillo de un motivador profesional: “vamos”, “sí se puede”, “saldremos de ésta”, “mi compromiso es contigo”… y demás fórmulas del diccionario del absurdo. El hartazgo o ¡Hasta Aquí! del ciudadano se expresa en el desdén de tirar basura en la calle, escapar de un retén, violar el alcoholímetro, retar la foto infracción y/o estacionarse en rampa para discapacitados.

Con desorden administrativo y de liderazgo, la respuesta es el caos social. Contrario a lo que muchos suponen, el antídoto es la libertad. En muchas ciudades, por ejemplo, el cruzar la calle por las esquinas no es ni por obligación o reglamento, es que entre más orden, más libertad; en ese factor, por lo tanto, entra más desorden, más libertinaje. Por ello es indispensable generar el cauce de entre más acciones, más resultados. No necesitamos que Calderón nos diga que “somos campeones del mundo”, sino serlo.

En la era del destape en lugar de que esas frases célebres motiven, desencantan. De ahí la necesidad de crear una agenda de acciones que pasen del voluntariado político al quehacer cotidiano. He aquí unos casos:

Los motociclistas deben usar casco. Punto. No hay aval. Ni justificación. Ni castigo, ni multa. Simplemente así es. No es una orden, es un punto de acuerdo social que no se negocia ni se premia.  Jalisco, es tercer lugar en VIH. Entonces, se usa el condón como medida preventiva. Punto. La convivencia es un asunto de conveniencia en el sentido que es un conjunto de normas que se expone sin que medie la tramitología, el partidismo o las cuotas. No todo se consulta ni todo pasa por la contabilidad. Es como las reglas de ortografía o las fórmulas químicas o el álgebra: existen, coexisten y ya. Pero algo tan simple tiene que pasar por el enredijo de la complejidad. Un paso adelante se ha convertido en una ruta de reversa. Me refiero a la llamada Ley Salvavidas.

Los casos Pablo Mora y Florencia Cortés Barajas expone las deficiencias de algo que a todas luces nos conviene: disminuir accidentes y evitar muertes. Pero no. Todo tiene que ser un botín político y paradójicamente un choque de intereses. Las medidas cautelares como radares y fotos, generan un cambio de conducta al conducir, pero ante la inminente ilegalidad de las multas, el razonamiento carece de fundamento. Si sólo paga la infracción el 14 por ciento, y a quienes lo han hecho les pueden regresar el dinero, entonces puedo hacer lo que se me dé la gana.

Si conducir ebrio me lleva a la cárcel, sobre todo cuando esa acción provoca víctimas mortales, entonces hay una advertencia. Pero como resulta que la prueba de alcoholemia no es obligatoria (más si se es influyente) entonces no hay delito qué perseguir. Lo peor viene a la hora de poner la estrellita en la frente por buena conducta, y los niños políticos se pelean por aparecer en el cuadro de honor. Todos son papás cuando hay cifras alegres y todos carecen de mamá al momento de las mentadas.

La acción civil organizada ha sido más eficiente. Ha partido del fundamento del convencimiento, el razonamiento y la organización; tres principios de los que carecen los políticos que sólo buscan plataformas de campañas. Si a esa libertad de hacer y dejar hacer se le enuncian determinaciones, entonces hay orden sin ordenamientos. Se cumple por un principio básico de convivencia/conveniencia. Un caso de más éxito que fracasó es la prohibición de fumar, ahora ya hasta en terrazas al aire libre de restaurantes: se hace y punto. Tal vez sea demasiado complejo ser simple.

 

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