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Fracasado sistema educativo

En verdad ¿están funcionando los cursos pedagógicos mensuales o sólo sirven para alargar los puentes?, le cuestioné durante una comida al secretario de Educación, Alonso Lujambio. Él suspiró, guardó silencio por un momento y con un tono de decepción, me respondió: “Eso es muy complicado”.

Después me dijo que en algunas escuelas sí se ha visto compromiso por la capacitación de los maestros, pero en otros planteles, simplemente hacen como que se juntan un ratito y luego se van a descansar. “El problema educativo en México no es de cobertura, sino de calidad”, agregó convencido.

El artículo tercero de la Constitución dice que “todo individuo tiene derecho a recibir educación preescolar, primaria y secundaria” que conforma la educación básica obligatoria. La legislación vigente también apunta que “la educación que imparta el Estado tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano”, después agrega los aspectos de laica y gratuita.

Por lo tanto, el fracaso de nuestro sistema educativo es mayúsculo cuando evaluamos la calidad de maestros, ya no digamos de los alumnos. Profesores capaces me refiero de forma integral: perfil psicológico, competencia académica y amor a la profesión. Habilidades que debieran tener los maestros en instituciones públicas, pero también privadas, porque es vergonzoso que en ambas llegamos a encontrarnos a “profesionales” que escriben “imno” en lugar de himno… y esos son los que dan clases, imagínese los alumnos.

Ante este decepcionante escenario, nos convencemos que inscribir a nuestros hijos en una escuela privada no tiene que ver con pertenecer a grupos sociales de alcurnia, sino al deseo de dejarle al menos fundamentos académicos sólidos, que complementados con la educación de valores en casa, les permitan convertirse en personas competitivas ante la vida, sea en el ámbito personal o laboral.

Últimamente he visto detalles fuera de toda lógica, por ejemplo, padres que acuden a solicitar una beca para su hijo a bordo de camionetas de lujo y último modelo; en contraste, también he observado a familias que sacrifican lujos y esparcimiento, con tal de completar la mensualidad en la escuela privada, para que su pequeño no interrumpa su desarrollo intelectual, pues su coeficiente rebasa el programa que mantiene la educación pública.

Muchos cuestionan que si la deducción fiscal a las colegiaturas tiene una motivación oculta, como detectar a quienes no están en el padrón hacendario y también que las escuelas pagarán impuestos, ya que estarán obligadas a otorgar facturas, no lo sé, pero lo que me queda claro es que la desigualdad educativa y social no cambiará ni para bien ni para mal con la deducibilidad; simplemente quienes optaron por la educación privada podrán al menos reportar a dónde se va la mitad de su sueldo, sino es que más, en ocasiones el nivel de preescolar cuesta lo mismo que estudiar una licenciatura o maestría.

La mayoría de los padres quisiera dar educación de calidad a sus hijos pero no puede pagar, aquí sólo espero que el Gobierno asimile –ahora que le será más fácil identificar los montos que una familia invierte en educación– el nivel del fracaso que ha tenido por años la “educación pública” ya sea por negligencia, intereses y aceptar o incluso alimentar, la corrupción magisterial.

En realidad, brincos diéramos porque no fuera necesario pagar la educación como marca la legislación y que nuestros hijos se beneficiaran de instrucción académica de calidad, con horario completo y además que disfrutarán de alimentación nutritiva durante su estancia. Eso es apostarle a la educación, pero aquí en México nos quedamos en el mero discurso de politiquería barata.

Lujambio insistió que se han multiplicado las becas durante la administración de Calderón porque se ha visto que un estudiante beneficiado es raro que abandone sus estudios. En niveles de secundaria, preparatoria y licenciatura es donde se disparan los índices de deserción.

Lamentablemente la inequidad escolar permanecerá, al igual que la deficiencia educativa, porque no con deducir las colegiaturas se dará por arte de magia, un éxodo de alumnos de escuelas públicas a privadas, al contrario, con la caída estrepitosa en el poder adquisitivo de las familias, seguirá incrementándose la demanda de estudiantes en las instituciones públicas.

Cómo quisiera que comprendiéramos a Pitágoras cuando decía que “educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”, al final la verdadera educación nos obliga a identificar dónde está nuestra ignorancia.

* Es periodista multimedia

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