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FUERADEJUICIO | Murphy en la comunicación

FUERADEJUICIO | Murphy en la comunicación

May 2, 2015

Si las autoridades han caído en la desafección política, existe el riesgo de que los usuarios de herramientas emergentes como la Internet repitan sus errores, con daños incalculables en el ejercicio de gobierno. Pero no aprendemos ni experimentamos en cabeza ajena.

Y es que el fin de semana que seguía por las redes sociales la información relacionada con los 90 minutos de zozobra que vivió Jalisco apareció un video que grababa desde un vehículo en circulación por la avenida Mariano Otero y concluía con una humareda escandalosa en el hotel Riu.

El video existe, pero no es del fin de semana, es un video de febrero del 2011 pero que en el contexto del fin de semana engaña a cualquiera como si fuera parte de los hechos violentos de ese fin de semana y el hotel estuviera incendiándose en ese momento, producto de los ataques de la delincuencia organizada.

La mecánica es sencilla: se toma el elemento de escándalo, se agregan algunos datos del día como “dicen”, “aseguran” o “alguien vio” y se espera el momento adecuado para lanzarlo a las redes sociales donde alguien lo impulsará.

La consecuencia: la zozobra y el caos es incontrolable.

Por acciones de este tipo los gobiernos, sean del partido que sean, cayeron en la desafección política.

La filósofa española Amelia Valcárcel define la “desafección política” como la falta de confianza de la gente en sus instituciones públicas, principalmente las políticas y el siguiente paso es caer en el caudillismo, cuyos síntomas los vemos aquí en Jalisco y en España, con la aparición del Partido Podemos.

Cierto es que la falta de información, sobre todo cuando no satisface nuestras necesidades particulares, es propicia para fomentar el rumor y precisamente por eso debiéramos cuidar las nuevas herramientas, porque, insisto en que si la mayoría ya no cree en las autoridades, qué pasará cuando tampoco crean en los ciudadanos que tratan de cubrir esos huecos informativos.

Otro dato curioso fue la percepción (digo percepción porque no he sistematizado la información): la mayoría eran ataques a las autoridades, por su falta de respuesta, por su falta de información, por su incapacidad y no faltó quien pidiera las cabezas de funcionarios.

Esa percepción tampoco la hemos logrado cambiar y muchos siguen viendo a la delincuencia organizada como un pretexto para atacar pero a las autoridades. Pocas fueron las críticas a la delincuencia organizada.

En esa línea, o por la emergencia que se vivió, se perdió la dimensión de hasta dónde le podemos exigir a la autoridad la seguridad a que está obligado el Estado para con sus ciudadanos, mientras que a los ciudadanos sólo se les puede reclamar y, si acaso, cambiar de canal. Pero no todos pueden cambiarse de ciudad o de estado.

Pero demostramos debilidad como organizaciones civiles.

Tampoco se trata de darle la vuelta al problema, sería ocioso a estas alturas, por parte de las autoridades, o asegurar que vivimos en un país de “mentira”, por parte de los ciudadanos, porque sería negarnos a nosotros mismos y negar incluso nuestro pasado.

El punto medular es cómo cuidarnos de que los ciudadanos dejen de creer en los ciudadanos, que es el segundo paso de la desafección política y me atrevería a etiquetarla como la desafección ciudadana, si doña Amelia Valcárcel me lo permitiera.